Autor/a
Nenu
Categoria
Relat lliure
BS Trafalgar-Badalona
YBS Trafalgar/ Badalona.
¿Qué hora es?, pensé.
El reloj exterior de la oficina de La Caixa marcaba las cinco, hora de salida del BS.
El viento que bajaba por la calle Junqueras se clavaba en mis piernas como agujas finitas.
Alcé el cuello del abrigo azul, regalo de reyes de la abuela María. En aquel momento me
parecía corto y las botas no eran lo bastante altas para cubrirme. Me encogí de hombros
dentro de él, apresuré el paso y me coloqué detrás de la última señora que había llegado
con un carro de la compra cargado. Se veían unas manzanas rojas por la abertura que
dejaba la tapa mal cerrada a presión.
Miré hacia la parada del autobús de la calle Trafalgar. Al menos tendría que esperar al
siguiente BS para que todos los que estábamos en la fila subiéramos. Deseaba que viniera
uno de los nuevos, más rápidos, articulados, con una plataforma que de pie cargaba a
muchos pasajeros. Con suerte, en una hora larga llegaríamos a Badalona; pero si nuestro
coche no era de los nuevos y tenía avería, entonces se haría casi de noche por el camino.
Olía a leña quemada y a castañas del quiosco de la esquina de Vía Layetana, Una pareja
de estudiantes vestidos de negro se acercaron a la cola con un cucurucho de papel de
periódico en la mano. Ella llevaba el pelo teñido de azul lavanda casi a juego con sus ojos.
- “¿Quieres?”, me ofreció.
- “Sí”. Me saqué el guante y tomé una castaña que me calentó la mano. Les sonreí
agradecida.
La gente empezó a avanzar apresurada. Había llegado otro autobús. Se movían a
empujones. Nosotros tres les seguíamos dando buena cuenta de las castañas antes de subir
al coche.
Sucedió lo mismo aquel noviembre de hacía ya bastante tiempo, cuando me vino a ver mi
amigo André. También cogimos el BS para ir a casa de la abuela y también comimos
castañas.
- “¿Qué pone en el autobús?”, la señora del carrito le preguntó al estudiante.
Oía lo que decían a fuera; pero yo seguía con mi relato interior. Mi amigo André hacía
cinco años que había dejado su casa en Orán por una guerra que le rompió por dentro.
Recuerdo su mano, como la diestra del David de Miguel Ángel. Cuando me la dio por
primera vez sentí calor y su nomeolvides de plata. Me sorprendió que llevara pulsera. En
la otra muñeca tenía un reloj de los que usan los submarinistas.
- “Debe de ser una publicidad”, le respondió la chica del pelo azul mientras arrugaba el
papel del envoltorio de las castañas y lo dejaba en la papelera.
No seguía su conversación. Avanzaba en la fila sin estar presente porque pensaba en
André: en cómo escuchaba siempre que podía los últimos discos que había traído de
Francia; cuando se estiraba al sol en el murete del jardín del Don Pancho y andaba
descalzo por el suelo de tierra de la pineda con unos pies grandes y planos, muy planos.
Y ¡cómo se reía a carcajadas de las bromas que hacía.
Me llegó la risa de alguien que estaba delante del anuncio del autobús. Yo estaba cerca de la parada; pero no podía ver qué sucedía. Qué pasaba?
Saqué el dinero para pagar el billete al revisor.
-"Sube?", un empujón en la espalda me hizo caer de la mano un par de monedas. Fuí a recogerlas cerca de la pared y cuando me giré, vi la publicidad escrita en el larteral del BS:
ANDRÉ DE SALOU CHERCHE NENU
Qué???,?André me buscaba?
De golpe aterricé en el presente. Ahora el BS nos había reencontrado.
¿Qué hora es?, pensé.
El reloj exterior de la oficina de La Caixa marcaba las cinco, hora de salida del BS.
El viento que bajaba por la calle Junqueras se clavaba en mis piernas como agujas finitas.
Alcé el cuello del abrigo azul, regalo de reyes de la abuela María. En aquel momento me
parecía corto y las botas no eran lo bastante altas para cubrirme. Me encogí de hombros
dentro de él, apresuré el paso y me coloqué detrás de la última señora que había llegado
con un carro de la compra cargado. Se veían unas manzanas rojas por la abertura que
dejaba la tapa mal cerrada a presión.
Miré hacia la parada del autobús de la calle Trafalgar. Al menos tendría que esperar al
siguiente BS para que todos los que estábamos en la fila subiéramos. Deseaba que viniera
uno de los nuevos, más rápidos, articulados, con una plataforma que de pie cargaba a
muchos pasajeros. Con suerte, en una hora larga llegaríamos a Badalona; pero si nuestro
coche no era de los nuevos y tenía avería, entonces se haría casi de noche por el camino.
Olía a leña quemada y a castañas del quiosco de la esquina de Vía Layetana, Una pareja
de estudiantes vestidos de negro se acercaron a la cola con un cucurucho de papel de
periódico en la mano. Ella llevaba el pelo teñido de azul lavanda casi a juego con sus ojos.
- “¿Quieres?”, me ofreció.
- “Sí”. Me saqué el guante y tomé una castaña que me calentó la mano. Les sonreí
agradecida.
La gente empezó a avanzar apresurada. Había llegado otro autobús. Se movían a
empujones. Nosotros tres les seguíamos dando buena cuenta de las castañas antes de subir
al coche.
Sucedió lo mismo aquel noviembre de hacía ya bastante tiempo, cuando me vino a ver mi
amigo André. También cogimos el BS para ir a casa de la abuela y también comimos
castañas.
- “¿Qué pone en el autobús?”, la señora del carrito le preguntó al estudiante.
Oía lo que decían a fuera; pero yo seguía con mi relato interior. Mi amigo André hacía
cinco años que había dejado su casa en Orán por una guerra que le rompió por dentro.
Recuerdo su mano, como la diestra del David de Miguel Ángel. Cuando me la dio por
primera vez sentí calor y su nomeolvides de plata. Me sorprendió que llevara pulsera. En
la otra muñeca tenía un reloj de los que usan los submarinistas.
- “Debe de ser una publicidad”, le respondió la chica del pelo azul mientras arrugaba el
papel del envoltorio de las castañas y lo dejaba en la papelera.
No seguía su conversación. Avanzaba en la fila sin estar presente porque pensaba en
André: en cómo escuchaba siempre que podía los últimos discos que había traído de
Francia; cuando se estiraba al sol en el murete del jardín del Don Pancho y andaba
descalzo por el suelo de tierra de la pineda con unos pies grandes y planos, muy planos.
Y ¡cómo se reía a carcajadas de las bromas que hacía.
Me llegó la risa de alguien que estaba delante del anuncio del autobús. Yo estaba cerca de la parada; pero no podía ver qué sucedía. Qué pasaba?
Saqué el dinero para pagar el billete al revisor.
-"Sube?", un empujón en la espalda me hizo caer de la mano un par de monedas. Fuí a recogerlas cerca de la pared y cuando me giré, vi la publicidad escrita en el larteral del BS:
ANDRÉ DE SALOU CHERCHE NENU
Qué???,?André me buscaba?
De golpe aterricé en el presente. Ahora el BS nos había reencontrado.