Autor/a
Txema
Categoria
Relat lliure
El bus de las 7:42
Cada mañana, a las 7:42, el autobús llegaba a la parada de la Diagonal, delante del Centro Comercial Glories, con aquel chirrido de frenos que parecía anunciar el inicio del día. Era uno de esos rojo y blanco de TMB, ya medio lleno de gente que aún llevaba el sueño pegado a la cara. Algunos miraban el móvil; otros, simplemente, se dejaban llevar por el traqueteo del vehículo.
Él subía siempre por la puerta delantera. Mochila negra algo gastada, vaso de café de cartón y ese aire de estudiante que aún no ha terminado de despertarse. Estudiaba ingeniería y, aunque a veces quedaban asientos libres, prefería quedarse de pie cerca de la puerta central.
Ella empezó a aparecer unos días después. Pelo recogido deprisa, auriculares blancos y una carpeta que parecía a punto de desbordarse de apuntes. Estudiaba historia del arte. Al principio él apenas se fijó. Era solo una cara más dentro del pequeño universo repetido del autobús.
Pero los trayectos diarios tienen algo curioso: la gente empieza a formar parte de una rutina silenciosa.
Una mañana el autobús frenó con un tirón más brusco de lo normal por culpa de un coche que quería girar. Ella perdió el equilibrio un instante. Él levantó el brazo casi por reflejo para sujetarse mejor a la barra y evitar que ella se golpeara.
—Perdona —dijo ella, quitándose un auricular.
—No pasa nada.
Nada más. Dos frases y el autobús siguió avanzando entre semáforos, motos que se colaban y el timbre ocasional de parada solicitada.
Pero a partir de ese día empezaron a conocerse.
Primero fue una mirada breve al subir. Luego una pequeña sonrisa que ninguno de los dos podía evitar. Algo sencillo, casi automático, como si el trayecto tuviera ahora un punto de referencia.
Durante semanas apenas hablaron. A veces coincidían sentados. Otras veces viajaban de pie, balanceándose con las curvas mientras el autobús cruzaba la ciudad aún medio dormida.
Hasta que una mañana el tráfico estaba especialmente lento. Ella leía un libro apoyada en la ventana. Él miraba de reojo intentando descifrar el título.
—Si quieres te lo dejo cuando lo termine —dijo ella de repente.
Él parpadeó.
—¿Tan evidente era?
—Un poco —respondió ella sonriendo.
Hablaron todo el resto del trayecto. De sus carreras, de profesores imposibles, de cafeterías baratas cerca de la universidad y de lo absurdo que era madrugar tanto para llegar siempre con sueño.
Desde entonces, cada mañana el autobús seguía llegando a las 7:42. El mismo conductor, las mismas paradas, el mismo ruido del motor al arrancar.
Pero ahora el viaje era distinto.
Porque, entre frenazo y frenazo, siempre había una conversación esperándolos. Y algunas mañanas, cuando el autobús iba lleno y no quedaban asientos, ella se apoyaba ligeramente en su hombro para no perder el equilibrio.
Ninguno de los dos supo exactamente cuándo empezó a enamorarse.
Solo sabían que, si algún día perdían ese autobús, el trayecto hasta la universidad ya no tendría sentido
Él subía siempre por la puerta delantera. Mochila negra algo gastada, vaso de café de cartón y ese aire de estudiante que aún no ha terminado de despertarse. Estudiaba ingeniería y, aunque a veces quedaban asientos libres, prefería quedarse de pie cerca de la puerta central.
Ella empezó a aparecer unos días después. Pelo recogido deprisa, auriculares blancos y una carpeta que parecía a punto de desbordarse de apuntes. Estudiaba historia del arte. Al principio él apenas se fijó. Era solo una cara más dentro del pequeño universo repetido del autobús.
Pero los trayectos diarios tienen algo curioso: la gente empieza a formar parte de una rutina silenciosa.
Una mañana el autobús frenó con un tirón más brusco de lo normal por culpa de un coche que quería girar. Ella perdió el equilibrio un instante. Él levantó el brazo casi por reflejo para sujetarse mejor a la barra y evitar que ella se golpeara.
—Perdona —dijo ella, quitándose un auricular.
—No pasa nada.
Nada más. Dos frases y el autobús siguió avanzando entre semáforos, motos que se colaban y el timbre ocasional de parada solicitada.
Pero a partir de ese día empezaron a conocerse.
Primero fue una mirada breve al subir. Luego una pequeña sonrisa que ninguno de los dos podía evitar. Algo sencillo, casi automático, como si el trayecto tuviera ahora un punto de referencia.
Durante semanas apenas hablaron. A veces coincidían sentados. Otras veces viajaban de pie, balanceándose con las curvas mientras el autobús cruzaba la ciudad aún medio dormida.
Hasta que una mañana el tráfico estaba especialmente lento. Ella leía un libro apoyada en la ventana. Él miraba de reojo intentando descifrar el título.
—Si quieres te lo dejo cuando lo termine —dijo ella de repente.
Él parpadeó.
—¿Tan evidente era?
—Un poco —respondió ella sonriendo.
Hablaron todo el resto del trayecto. De sus carreras, de profesores imposibles, de cafeterías baratas cerca de la universidad y de lo absurdo que era madrugar tanto para llegar siempre con sueño.
Desde entonces, cada mañana el autobús seguía llegando a las 7:42. El mismo conductor, las mismas paradas, el mismo ruido del motor al arrancar.
Pero ahora el viaje era distinto.
Porque, entre frenazo y frenazo, siempre había una conversación esperándolos. Y algunas mañanas, cuando el autobús iba lleno y no quedaban asientos, ella se apoyaba ligeramente en su hombro para no perder el equilibrio.
Ninguno de los dos supo exactamente cuándo empezó a enamorarse.
Solo sabían que, si algún día perdían ese autobús, el trayecto hasta la universidad ya no tendría sentido