Autor/a
Sandra Mateos
Categoria
Relat lliure
Una sola parada
El tren se pone en marcha con el habitual bamboleo de los ejes. Eva guarda el móvil por enésima vez. No tiene ninguna notificación. Eso es que no le cancela la cita. Buena señal.
Levanta la cabeza. Desde que entró en el tren con la vista clavada en el teléfono, no ha revisado el mundo que la rodea. Al echar un vistazo alrededor, se percata de que es la única persona que no tiene la cabeza gacha. Ya sea por los móviles —la gran mayoría—, por un libro a medio devorar o por el cansancio acumulado del día, la gente va absorta en sus vidas y no repara en ella.
Gracias a la oscuridad de las ventanas puede fijarse en su reflejo. Un reflejo muy diferente del que un día le devolvió su antigua nevera. Este le gusta más, aunque todavía no se adapta a la total elasticidad de su nueva piel. El movimiento de su pierna se disimula como un eco anticipado de las vías del tren.
El tren avanza. Siempre hacia delante. Las luces del interior se reflejan en el cristal, intentando ocultar el paisaje exterior: ciudades llenas de muros grises, calles abarrotadas, caras sin nombre. Eva deja de intentar distinguir dónde está exactamente. No le importa. El trayecto es corto.
A su alrededor, el vagón tiene su propia línea espacio-tiempo. Tos contenida, el roce de unas manos por un descuido, la música que sale del teléfono de alguien que no sabe que existen los auriculares. Nadie habla. Todos parecen tener prisa. Eva deja de mover las piernas, apoya firmes los pies en el suelo y afloja los dedos alrededor del bolso.
Piensa en todo el tiempo que vivió con los ojos vendados. Para no molestar. Para no alterar el equilibrio. Es curioso cómo, estando el vagón lleno de gente, nadie la mira, nadie repara en ella. A nadie le importa lo que ella ha dejado atrás o lo que pueda depararle el futuro. Solo existe, igual que el resto.
El aviso de la próxima parada suena con voz metálica. No se mueve. No todavía. Deja que el sonido se disuelva en el aire del vagón, mezclado con el traqueteo y el bombeo inestable de su corazón. Necesita esos segundos para respirar. ¿Seguro que es lo que quiere? El tren acelera. No le queda tiempo para pensar. Eva acompaña la velocidad con el miedo necesario para el cambio. No quiere pensar en lo que vendrá después. El trayecto es solo eso: un espacio intermedio, suficiente por ahora.
Cuando el vagón recupera su ritmo y el balanceo vuelve a ser regular, Eva siente que el cuerpo se le acomoda de nuevo. Y, por primera vez en mucho tiempo, no tiene la sensación de estar llegando tarde a ningún sitio.
Levanta la cabeza. Desde que entró en el tren con la vista clavada en el teléfono, no ha revisado el mundo que la rodea. Al echar un vistazo alrededor, se percata de que es la única persona que no tiene la cabeza gacha. Ya sea por los móviles —la gran mayoría—, por un libro a medio devorar o por el cansancio acumulado del día, la gente va absorta en sus vidas y no repara en ella.
Gracias a la oscuridad de las ventanas puede fijarse en su reflejo. Un reflejo muy diferente del que un día le devolvió su antigua nevera. Este le gusta más, aunque todavía no se adapta a la total elasticidad de su nueva piel. El movimiento de su pierna se disimula como un eco anticipado de las vías del tren.
El tren avanza. Siempre hacia delante. Las luces del interior se reflejan en el cristal, intentando ocultar el paisaje exterior: ciudades llenas de muros grises, calles abarrotadas, caras sin nombre. Eva deja de intentar distinguir dónde está exactamente. No le importa. El trayecto es corto.
A su alrededor, el vagón tiene su propia línea espacio-tiempo. Tos contenida, el roce de unas manos por un descuido, la música que sale del teléfono de alguien que no sabe que existen los auriculares. Nadie habla. Todos parecen tener prisa. Eva deja de mover las piernas, apoya firmes los pies en el suelo y afloja los dedos alrededor del bolso.
Piensa en todo el tiempo que vivió con los ojos vendados. Para no molestar. Para no alterar el equilibrio. Es curioso cómo, estando el vagón lleno de gente, nadie la mira, nadie repara en ella. A nadie le importa lo que ella ha dejado atrás o lo que pueda depararle el futuro. Solo existe, igual que el resto.
El aviso de la próxima parada suena con voz metálica. No se mueve. No todavía. Deja que el sonido se disuelva en el aire del vagón, mezclado con el traqueteo y el bombeo inestable de su corazón. Necesita esos segundos para respirar. ¿Seguro que es lo que quiere? El tren acelera. No le queda tiempo para pensar. Eva acompaña la velocidad con el miedo necesario para el cambio. No quiere pensar en lo que vendrá después. El trayecto es solo eso: un espacio intermedio, suficiente por ahora.
Cuando el vagón recupera su ritmo y el balanceo vuelve a ser regular, Eva siente que el cuerpo se le acomoda de nuevo. Y, por primera vez en mucho tiempo, no tiene la sensación de estar llegando tarde a ningún sitio.