Autor/a
Tahini
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Andén vacío

La niña mira la papelera desbordada.
—No está.
—¿El qué? —pregunta su padre encorvado sobre el móvil.
El viento que precede al metro sacude su falda.
—El señor que limpia.
Pero el ruido de la máquina borra sus palabras. La niña se aferra a su padre mientras la marea humana los atraviesa. Se acomodan entre los cuerpos y el pitido anuncia el cierre de puertas. La niña alarga el cuello buscando su figura.
El martes es un café volcado. El jueves, una bolsa pisoteada.
—¿Y si le ha pasado algo?
—¿A quién?
—Al señor que barría.
—Habrán cambiado el personal —responde distraído.
Se abren las puertas. La niña se queda quieta.
—Vamos —le dice estirando su mano.
La niña se suelta y da un paso atrás. Su imagen se pierde entre la gente. El padre se gira, aparta hombros abarcando el andén con sus ojos.
—No vuelvas a hacer eso —le grita—. Te podrías haber perdido.
—Tenemos que ir a buscarlo.
—No. Tenemos que irnos.
La niña cruza los brazos y frunce el ceño. El viento vuelve a inundar el andén.
—¿Y el colegio? ¿Y el trabajo?
—¿Y si le ha pasado algo? —repite.
Él abre la boca para responder, pero la cierra con un suspiro. Mira el reloj. El gesto obstinado de su hija y le indica las escaleras.
En la taquilla, el vendedor los recibe con los ojos gastados.
—Buscamos a un hombre. Un empleado de la limpieza.
—El del chaleco amarillo —puntualiza la niña.
—Aquí llevan mono, no chaleco.
—Siempre barría el andén.
—Ah, García. —El hombre mira la cola que crece tras ellos—. No trabaja aquí. Se jubiló hace años y no hubo forma de sacarlo. Tampoco hacía daño a nadie.
—Ya no viene —dice la niña afligida.
El vendedor suspira.
—Vive aquí al lado, Argenter 8, 2º. No se lo he dicho yo.
La humedad los golpea cuando entran en el portal. Las escaleras ascienden en semipenumbra. En el segundo piso —que es en realidad un cuarto— el padre presiona el botón dorado. El interior sigue en silencio. La niña patea el felpudo.
—No hay nadie.
Antes de que el padre pise el primer escalón, la puerta se abre y deja entrever un rostro ajado que sonríe al reconocer a la niña. Se escucha la cadena de seguridad deslizarse.
—Pasad.
El hombre recorre paso a paso el pasillo. Cuadros empolvados llenan las paredes. En el salón, el hombre se sienta con un quejido en la butaca frente al televisor encendido.
—¿Por qué no vas al metro?
—Estoy enfermo.
Cubre con el brazo unos tubos transparentes que guían la vista del padre hasta una máquina de oxígeno.
—Vamos, cariño, no deberíamos molestar.
—¿Dónde está tu familia?
El anciano sonríe, pero mira con tristeza una fotografía granulada sobre la mesita.
—Mi mujer murió hace mucho. Y ellos… tienen sus propias vidas.
El padre cambia el peso de una pierna a otra.
—¿Te gusta vivir aquí solo? —pregunta la niña.
El hombre piensa unos segundos.
—Antes, lo único que quería era un poco de silencio al volver del trabajo. No sabía que el silencio podía ser tan estridente.
La presentadora da paso a los anuncios y una alegre sintonía llena el salón.
—Por eso me gusta buscar tu sonrisa entre la gente.
La niña sonríe.
—Esa misma. Gracias por la visita, pero ¿no deberías ir al colegio?
La niña se acerca al sillón, se alza de puntillas y le da un beso en la mejilla. La puerta se cierra despacio.
—¿Vamos? —pregunta a su padre que se ha quedado inmóvil.
Vuelven a la parada en silencio. En el andén el padre mete la mano en el bolsillo. Frena en seco. Mira a la niña. Saca la mano y se la extiende. Entran en el metro. Al cerrarse las puertas, aprieta la mano de su hija.