Autor/a
Armonía
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Antes de que me baje

El vagón del metro de la línea 5 temblaba con un ruido que, al principio, era molesto, pero que, después de unas pocas estaciones, se volvía imperceptible. Clara viajaba sentada cerca de la puerta, con una carpeta apoyada en el pecho y la mirada perdida en el reflejo oscuro de la ventana, mirándose a sí misma, mientras la ciudad de Barcelona corría bajo sus pies.
La gente a su alrededor miraba sus teléfonos con la cabeza inclinada, con los dedos moviéndose rápidamente sobre la pantalla. Solo un hombre mayor doblaba un periódico y un chico leía un libro de tapa blanda, con las esquinas dobladas. Clara no se dio cuenta de él hasta que vio la cubierta del libro. Un castillo en medio de la niebla, un jinete pequeño y un bosque de cuentos de hadas.
Sintió una punzada suave. La imagen le recordó a su infancia, cuando leía con su hermano pequeño historias de fantasía, convencida de que el tiempo se detenía en esos momentos. Sonrió sin darse cuenta.
El chico levantó la vista un segundo, arqueó una ceja leve, como si estuviera sorprendido por la sonrisa de Clara. Ella apartó la mirada con un leve rubor y bajó los ojos hacia la carpeta transparente. En el borde superior asomaban palabras que no había podido dejar de leer en toda la mañana: Oncología, Biopsia, Tratamiento. Metió los papeles un poco más adentro, como si así pudiera retrasar lo que decían.
El metro frenó en la estación de Diagonal. Entraron más personas: una chica con auriculares, un padre con una niña dormida en brazos y dos turistas mirando el plano de líneas de la intrincada red de metros de la ciudad. Sonó el pitido y las puertas se cerraron. El vagón siguió adelante.
Clara volvió a mirar el libro. No recordaba una frase exacta, pero sí lo que aquel libro le había enseñado antes de que le viniera el título a la cabeza: que vivir no era llegar muy lejos, sino estar en el momento, arriesgar y decidir antes que pensar y quedarse en la comodidad del hogar. Pensó en todo lo que había pospuesto por miedo o por esperar el momento adecuado. Pensó en la llamada del médico aquella mañana y en la pausa antes de cada explicación importante. El chico pasó una página con cuidado.
Se encendió el parpadeo rojo en el nombre de su parada, sobre la puerta. Clara sintió que le subía una sensación de cobardía por el pecho. Si bajaba ahora, mañana sería igual que hoy. Nada habría cambiado y seguiría todo igual.
El metro ya no le pareció un túnel. Le pareció una cuenta atrás. Se puso de pie cuando el metro estaba llegando a su destino. Dio un paso hacia la salida, luego otro. Y se detuvo antes de darse la vuelta. Miró a aquel chico, como esperando a que le prestase un segundo de su tiempo. Él alzó la vista y cerró el libro sobre un dedo para no perder la página.
—Perdona —dijo ella, con una voz más firme de lo que esperaba—. Sé que suena raro, pero ese libro me ayudó mucho cuando era pequeña.
Él sonrió, como si entendiera a lo que se refería.
—Entonces merece la pena terminarlo —dijo.
Las puertas se abrieron. Clara notó el aire de la estación en la cara y el ruido de la gente terminando de entrar deprisa. Apretó la carpeta contra el pecho.
—Antes de que me baje —dijo—, ¿me dices tu nombre?
El chico la miró con dulzura.
—Me llamo Álex. ¿Y tú?
Clara sostuvo la mirada un instante. Luego miró el andén, las puertas abiertas y su parada al alcance de un paso. No se movió.
—Me llamo Clara —dijo.
Y, cuando las puertas volvieron a cerrarse, dejó que el metro siguiera llevándola un poco más lejos.