Autor/a
Lucy
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Giorgio

Entro en el metro en Sant Ildefons una mañana de primavera, con un clima incierto, sin pena ni gloria.
En la siguiente parada subió él.
Un señor de más de noventa años sostenidos por un bastón y por una elegancia intacta.
Lleva unas gafas de colores, bonitas y singulares; peinado a lo dandy, teñido de rubio por un peluquero tan bueno que te hace sospechar que su delicado trabajo es obra de la naturaleza.
Viste pantalones verdes, camisa amarilla, chaleco marrón; tejidos finos, corte a medida, parecía una simpática copia de un Giorgio Armani ya bisabuelo.
Me mira con aire de hombre de mundo, un poco severo, como quien ha visto mucho y todavía espera algo, seguro que de joven fue un rompecorazones.
Me pide que me haga a un lado para sentarse en el asiento exterior, más cómodo para él, al lado de la puerta, listo, para cuando llegue su parada.
Me aparto.
Él se sienta a mi lado y me observa, esta vez con amabilidad; me sonríe, me pregunta en castellano cómo estoy.
Muy bien, gracias, le respondo. ¿Y usted?
Me pregunta si soy de Barcelona y le contesto que no, que soy italiana, y él me dice:

—¿Italiana? ¿Y cómo te llamas?—Elena. ¿Y usted?—Yo, Giorgio. Encantado.
Se queda en silencio durante unos segundos, no era un silencio vacío; era memoria moviéndose, como si rebobinara recuerdos, mirando fijamente frente a él, y luego comienza a hablar:

—No me lo puedo creer, italiana… Qué bonito lo que me dices. Bueno, pues ahora te lo voy a decir yo.
Y me mira fijamente con unos ojos azules encantadores…
—He conocido a algunas mujeres italianas y he viajado con ellas a Roma, Venecia, Florencia… Qué recuerdos maravillosos, qué bonito es tu país.
Ah, sí, una era muy simpática…
Y se reía…
—Por cierto, escucha esto…
Y empieza a enumerarme casi todas las regiones de Italia con errores indescriptibles que yo le corregía y él repitiendo con sorprendente precisión, para después reírse orgulloso.
Un momento más tarde me pide que le avise cuando lleguemos a su estación.
—Verás —me confiesa, el otro día me pasé ocho estaciones hablando.
Sonríe siempre. Se ríe de verdad. Disfruta. Y yo también me siento bien hablando con él.
Nos reímos como viejos conocidos.
Yo ya no estaba en el metro. Estaba dentro de su energía.
En esa forma suya de habitar el instante sin prisa y sin miedo.
Luego llegó la pregunta:
—¿Sabes cuál es el punto femenino donde las curvas son más bonitas?
Lo miro un poco sospechosa y él se precipita a decir: —¡Que no pienses mal!
Mientras busco qué responder, continúa:
—No, no lo sabes. Bueno, entonces te lo diré yo: son los labios de una mujer que ríe, porque cuando la sonrisa es bonita, los labios se curvan de una manera fascinante.
Lo dijo con una certeza suave, sin invadir, sin exigir.
Como quien comparte un secreto que ha tardado noventa años en comprender.
Y comprendí algo yo también.
Que la seducción verdadera no es conquista, es celebración.
Y mientras me mira con complicidad, como alguien que sabe mucho, con esos ojos azules vestidos con la mirada más intrigante de siempre, vuelve a reír…
Y esa risa no tenía edad.
Un auténtico latin lover.
Llegamos a su parada.
Lo ayudo a bajar.
Su mano era ligera.
Y al despedirse, me dice:
—¿Has visto? Nos hemos reído juntos y ya hemos ganado el día.
Y mientras las puertas pitan antes de cerrarse, añade: —Ah, tengo que decirte una última cosa: —Si fuera más joven, te invitaría a un café…
Se fue despacio.
Y el metro volvió a ser metro.

Pero el día ya no era no era lo mismo.