Autor/a
Ñeki
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Odisea en la TMB

Con un ramo de violetas, un chaqué azul marino y un aroma a perfume caro que arrancaba tímidas sonrisas a su paso, vio por fin la H10 enfilar la carretera hacia su parada. Saludó al conductor con alegre afán, y este le devolvió una sonrisa. Tomó uno de los asientos al fondo. Nervioso, recolocó su pajarita y contó cada uno de los pétalos del ramo, asegurándose de que ninguno se había caído por el camino. Tan inmerso en sus pensamientos, ni siquiera se había percatado del ritmo errático con el que avanzaba el autobús. Miró por la ventana, y a través de ella vio la enorme marabunta de vehículos atrapados en un interminable atasco. No tenía tiempo que perder.
—Tengo que bajar aquí —trató de decirle al conductor, que accedió a abrir las puertas del autobús.
El corazón le latía a mil por hora. Tenía que buscar alternativas rápidamente. Entonces, vislumbró en el escenario a su gran salvador: la estación de metro de Sant Adrià. Corrió tanto como pudo, aferrándose al ramo como si le fuera la vida en ello, y bajó las escaleras a toda velocidad. Tomó el tren hacia Paral·lel y bajó en Sagrada Familia.

Llegó a tiempo para permitirse el lujo de parar a tomar una bebida caliente en El Café de la Estación. Perdió entre diminutos sorbos la noción del tiempo. Cuando se dio cuenta, sacó el móvil del bolsillo para hacer una llamada, pero estaba sin batería.
—Perdona, ¿tienes cargador de móvil? —preguntó a la joven que se había sentado a su lado.
—Sí, claro —le respondió mientras sacaba un cable de su bolso.
Esperó a que la batería le permitiese encenderlo. Marcó a toda velocidad los dígitos. Se le hicieron eternos los segundos que tardó en responder.
—¿A las 5? ¿Pero no habíamos quedado en…? Ya voy para allá —el anuncio le pesó como un ancla atada al pecho— Tienes razón, ahora nos vemos —pinzó su frente con los dedos. Por suerte, no quedaba demasiado lejos.
Devolvió el cable a su propietaria, que había escuchado la conversación.
—Gracias. Muchas gracias —le dijo.
—Oye, no me has dicho cómo te llamas —le preguntó con media sonrisa asomando por la comisura de sus labios.
—¿Yo? —dio un último y rápido sorbo al café antes de responder— Nadie. Me llamo Nadie —y salió con prisas del lugar.
—¡Que te dejas el ramo! —intentó decirle, pero ya estaba demasiado lejos.

Salió de la estación en Sagrada Familia. Abrió la aplicación de AMBici y, con la batería que le sobraba, localizó la estación más cercana. Desbloqueó una de las bicicletas y comenzó a pedalear ansioso. Ríos de sudor frío manaban copiosamente de su piel. Adiós al perfume. Cuando ya había recorrido unos cinco minutos, recordó de pronto el ramo, que debía de seguir descansando sobre una de las mesas de la cafetería. Aquello le nubló tanto la mente que, al dejar de pedalear, cayó de bruces al suelo, rasgando las vestiduras de su chaqué. Por suerte, ya estaba frente al portal. Se acercó y pulsó el timbre. La puerta se abrió con un chasquido metálico. Subió por las escaleras y al llegar al cuarto piso encontró la entrada ya abierta. Entró al apartamento, donde fue recibido en primer lugar por su peludo amigo, que meneaba la cola con gesto alegre.
—¡Argos! —le acarició por detrás de las orejas.
Cruzó el umbral de la puerta hacia el salón, donde la encontró por fin sentada en el sofá, remendando una tela a medio coser.
—¿Qué te ha pasado? Estás hecho un desastre —rió.
—Una larga historia.
Ella se levantó y corrió a abrazarle.
—Feliz aniversario.
—Feliz aniversario, cariño.