Autor/a
Guadalupe
Categoria
Relat lliure
Enganchados
Estoy hasta las narices de las modas pero es que la tontería del metro de Barcelona es inaudita. No me importaría si no tuviera que ir, pero mi jefe me ha adjudicado la apertura del nuevo restaurante.
Aprovecho el AVE y leo el diario: «Nuevo caso de enganchados en el metro de Barcelona: una bombera del Poble Sec con un señor de Sant Gervasi: “Quiero que se vaya de mi casa, estoy harta de que toque el clarinete”»
¿Cómo vas a salir del metro enganchado de por vida a alguien? Los conspiranoicos hablan de magnetismo en los túneles y no sé qué de unas fuerzas raras.
¡Tira para otro lado, mándalo a paseo! ¿Cómo te vas a ir a vivir con un desconocido?
Mi jefe me ha recomendado que pida un taxi al llegar a Sants, “la empresa no tiene claras las implicaciones legales de un enganche” me ha dicho. No pienso coger un taxi, voy en metro, como siempre.
Antes de llegar a las escaleras mecánicas del metro veo una pantalla: “Recomendamos evitar el contacto visual en horas punta”.
Sólo hay una mujer en las máquinas de billetes. Nadie en el túnel y apenas seis personas en el andén que mantienen la mirada en el suelo o en el móvil. Faltan dos minutos para que llegue el próximo tren, así que me siento y aprovecho para meter la chaqueta en la mochila.
Subo al tren arrastrando la maleta. Pasamos por Entença y no sube ni baja nadie. No puedo evitar mirar a toda la gente que hay en el vagón, me da por fantasear con quién me engancharía. La chica del fondo va leyendo algo que la hace reír, está absorta y me parece muy tierna. Evitaría a toda costa al chaval con el pastor alemán, detesto a los perros y parece que ambos deben oler igual, a ese lo miro de reojo. Hay una madre con un cochecito, un matrimonio octogenario y cuatro tipos con traje que hablan entre ellos de algo que no entiendo.
Me bajo en Diagonal para ir a la L3. Hay más gente y de momento sobrevivo. Solo me queda una parada y pienso llamar al jefe para vacilar. Me subo a la cinta del pasillo porque no hay nadie, todos cabizbajos y caminando rápido.
«Perdona». Una chica me empuja para adelantarme. Me alegra que alguien me haya hablado, no me ha mirado pero ya es algo. Al llegar al andén la veo de nuevo e intento que crucemos miradas, pero se toma en serio las recomendaciones. Quizás no sean las miradas.
Llego a Passeig de Gràcia y al salir a la calle veo al matrimonio octogenario de la L5.
—¿Puedo ayudarles?
—Probemos, vete —dice el señor.
—No lo entiendo.
—¿Adónde vas? —pregunta la mujer.
—A trabajar, allí —señalo la puerta del restaurante.
—¡Que vaya bien! —me dice la señora mientras veo que le da un codazo a su marido.
Cómo podéis imaginar, estaban allí cuando salí de la reunión.. Intentamos desengancharnos, pero cada vez que intento coger el AVE pasa algo: huelgas, lluvias, me olvido el billete…
Ahora vivo con Adela y Joan en el Eixample. El metro decidió por nosotros y yo me dejé llevar.
Aprovecho el AVE y leo el diario: «Nuevo caso de enganchados en el metro de Barcelona: una bombera del Poble Sec con un señor de Sant Gervasi: “Quiero que se vaya de mi casa, estoy harta de que toque el clarinete”»
¿Cómo vas a salir del metro enganchado de por vida a alguien? Los conspiranoicos hablan de magnetismo en los túneles y no sé qué de unas fuerzas raras.
¡Tira para otro lado, mándalo a paseo! ¿Cómo te vas a ir a vivir con un desconocido?
Mi jefe me ha recomendado que pida un taxi al llegar a Sants, “la empresa no tiene claras las implicaciones legales de un enganche” me ha dicho. No pienso coger un taxi, voy en metro, como siempre.
Antes de llegar a las escaleras mecánicas del metro veo una pantalla: “Recomendamos evitar el contacto visual en horas punta”.
Sólo hay una mujer en las máquinas de billetes. Nadie en el túnel y apenas seis personas en el andén que mantienen la mirada en el suelo o en el móvil. Faltan dos minutos para que llegue el próximo tren, así que me siento y aprovecho para meter la chaqueta en la mochila.
Subo al tren arrastrando la maleta. Pasamos por Entença y no sube ni baja nadie. No puedo evitar mirar a toda la gente que hay en el vagón, me da por fantasear con quién me engancharía. La chica del fondo va leyendo algo que la hace reír, está absorta y me parece muy tierna. Evitaría a toda costa al chaval con el pastor alemán, detesto a los perros y parece que ambos deben oler igual, a ese lo miro de reojo. Hay una madre con un cochecito, un matrimonio octogenario y cuatro tipos con traje que hablan entre ellos de algo que no entiendo.
Me bajo en Diagonal para ir a la L3. Hay más gente y de momento sobrevivo. Solo me queda una parada y pienso llamar al jefe para vacilar. Me subo a la cinta del pasillo porque no hay nadie, todos cabizbajos y caminando rápido.
«Perdona». Una chica me empuja para adelantarme. Me alegra que alguien me haya hablado, no me ha mirado pero ya es algo. Al llegar al andén la veo de nuevo e intento que crucemos miradas, pero se toma en serio las recomendaciones. Quizás no sean las miradas.
Llego a Passeig de Gràcia y al salir a la calle veo al matrimonio octogenario de la L5.
—¿Puedo ayudarles?
—Probemos, vete —dice el señor.
—No lo entiendo.
—¿Adónde vas? —pregunta la mujer.
—A trabajar, allí —señalo la puerta del restaurante.
—¡Que vaya bien! —me dice la señora mientras veo que le da un codazo a su marido.
Cómo podéis imaginar, estaban allí cuando salí de la reunión.. Intentamos desengancharnos, pero cada vez que intento coger el AVE pasa algo: huelgas, lluvias, me olvido el billete…
Ahora vivo con Adela y Joan en el Eixample. El metro decidió por nosotros y yo me dejé llevar.