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Naranjas al sol
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Relat lliure
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Surfeando

Con la mano derecha, Sofía volvió a apretar el artilugio de plástico en el bolsillo, ya mojado por el sudor. Volvió a enorgullecerse de llevar tan bien el temario para la Selectividad. Sus amigas admiraban su capacidad de concentración, de disciplina, de gestión del tiempo…, sobre todo, Martina y Clara. “Dos pequeños desastres” —pensó con una sonrisa tierna.
Despertó de sus ensoñaciones cuando las puertas del metro se cerraron de inmediato tras los pitidos. No le dio tiempo a avanzar hacia el centro del vagón, por lo que su mochila quedó atrapada y ella, inmovilizada por unos segundos. Las puertas no tardaron en volver a abrirse. Esta vez no miraba a los demás pasajeros, no escudriñaba su aspecto físico ni observaba sus movimientos como solía hacer cuando iba al instituto.
—¡Vamos a mi casa! Mis padres no están y mañana podemos estudiar juntos.
Recordó a Arnau y su encantadora sonrisa aquella noche que salieron todos para celebrar el cumpleaños de Clara, la primera de la clase que cumplía 18. Hacía mucho tiempo que le gustaba aquel chico y era la primera vez que por fin habían podido hablar, bailar y conocerse.
El metro salía al fin y cogía velocidad máxima, como la mano izquierda de Sofía, haciendo scroll por la pantalla del móvil. Hacía equilibrios para no caerse, porque no podía agarrarse a las barras. La mano derecha seguía manoseando el pedazo de plástico.
—Es una chica estudiosa y responsable. Sin duda, entrará en la carrera que se proponga —ella misma fue testigo del orgullo en las caras de papá y mamá durante la reunión con el tutor a principios de curso. Las palabras de su profesor aún resonaban en casa. Nada podía salir mal este año.
Ella, una chica aplicada y amable, “un ejemplo a seguir”, decían a veces aquellos amigos tan pijos de sus padres. “¡Entrará en la universidad con solo 17 años!” Era cierto. Sería mayor de edad en noviembre y, para entonces, se imaginaba estudiando contenidos interesantísimos en la universidad. Qué gratificante resultaba recordar los elogios de los adultos de su entorno. Su hermana, Carla, de 12 años, era parecida a ella. Sí, qué suerte tenerla a ella también, siguiendo sus pasos.
El metro frenó en seco en el túnel y Sofía se golpeó contra una de las paredes. Más scroll y poca batería ya a estas horas. Le dolía el pulgar derecho y notaba la vista cansada. Además, la mochila pesaba más que nunca, no estaba segura de si había metido más libros de la cuenta. El metro se ponía suavemente en marcha de nuevo. Ahora era fácil mantener el equilibrio. Pensó que las clases de surf del verano habían servido para mantenerlo en el transporte público. Pero desde hacía unos días solo surfeaba por webs y aplicaciones. Fue al calendario. Comprobó, una vez más, que hacía justo doce semanas de la fiesta de Clara.
De nuevo, el tren frenaba, esta vez de manera progresiva. Por las ventanas, aparecieron señalizaciones de obras y la estación que veía casi cada día desde hacía años desprendía una luz extraña. Sofía se dio cuenta de que no podía retrasar más una visita al médico para interrumpir su embarazo.