Autor/a
Artal
Categoria
Relat lliure
El viaje
Cirè entró al vagón. Dio un paso, luego otro, renqueante. Una mujer de rostro afable le cedió el asiento. Con delicadez y una dulce sonrisa le ayudó a sentarse. Las puertas se cerraron y de un silbido el metro se puso en marcha. Cirè suspiró, por primera vez aquella tarde, cansado.
A su alrededor, la vida sucedía. Un par de niños jugaban sentados junto a sus madres, varios jóvenes charlaban animadamente en corrillo, algunas personas leían de pie y sentadas, y muchas revisaban sus móviles. La voz metálica del megáfono resonó tras un intermitente pitido “Propera parada: Sants-Estació. Enllaç amb línies 3 i 5 de metro; i Rodalies Renfe”.
Cirè miró por la ventana. Oscuridad. Tan profunda que el vagón parecía suspendido en la nada. El reflejo del cristal le devolvió una frente arrugada, unos ojos hendidos y una boca torcida. El tiempo, implacable. Por segunda vez aquella tarde, Cirè suspiró cansado.
Bostezó y sus párpados empezaron a cerrarse, apenas un instante. Al abrirlos descubrió una pequeña mota de luz en la negrura del túnel. Suavemente, la mota creció y creció hasta deslumbrar el marco de la ventana. Brillaba con una intensidad cálida, transparente, todo lo contrario al frio tembleque de los fluorescentes de un anden.
Entrecerró los ojos y tras la luz descubrió la silueta del mar recortando una playa. El metro aminoró la marcha y se detuvo con un sonoro chirrido. Todo quedó en silencio. El vagón ahora estaba vacío. Las puertas se abrieron y una bocanada de brisa fresca entró junto al olor a salitre y el murmullo de las olas.
Cirè se levantó a duras penas con ayuda de la barandilla del asiento y lentamente se acercó a la salida. Se detuvo en el umbral e inspiró profundamente. Entonces echó la vista atrás. En su asiento encontró a un anciano inmóvil. Una mujer de rostro afable le golpeteaba el hombro con gesto de preocupación.
Tragó saliva y volteó la mirada.
A la orilla del mar, distinguió una silueta. Parecía una mujer, joven y esbelta. Y tras ella, una de más pequeña. La de un perro un perro, diminuto y saltarín. Jugaban, riendo, a perseguirse entre las olas.
Cirè suspiró cansado, por tercera vez aquella tarde. Y entonces, sonrió. Dio un paso, luego otro, firme; hacía la eternidad.
A su alrededor, la vida sucedía. Un par de niños jugaban sentados junto a sus madres, varios jóvenes charlaban animadamente en corrillo, algunas personas leían de pie y sentadas, y muchas revisaban sus móviles. La voz metálica del megáfono resonó tras un intermitente pitido “Propera parada: Sants-Estació. Enllaç amb línies 3 i 5 de metro; i Rodalies Renfe”.
Cirè miró por la ventana. Oscuridad. Tan profunda que el vagón parecía suspendido en la nada. El reflejo del cristal le devolvió una frente arrugada, unos ojos hendidos y una boca torcida. El tiempo, implacable. Por segunda vez aquella tarde, Cirè suspiró cansado.
Bostezó y sus párpados empezaron a cerrarse, apenas un instante. Al abrirlos descubrió una pequeña mota de luz en la negrura del túnel. Suavemente, la mota creció y creció hasta deslumbrar el marco de la ventana. Brillaba con una intensidad cálida, transparente, todo lo contrario al frio tembleque de los fluorescentes de un anden.
Entrecerró los ojos y tras la luz descubrió la silueta del mar recortando una playa. El metro aminoró la marcha y se detuvo con un sonoro chirrido. Todo quedó en silencio. El vagón ahora estaba vacío. Las puertas se abrieron y una bocanada de brisa fresca entró junto al olor a salitre y el murmullo de las olas.
Cirè se levantó a duras penas con ayuda de la barandilla del asiento y lentamente se acercó a la salida. Se detuvo en el umbral e inspiró profundamente. Entonces echó la vista atrás. En su asiento encontró a un anciano inmóvil. Una mujer de rostro afable le golpeteaba el hombro con gesto de preocupación.
Tragó saliva y volteó la mirada.
A la orilla del mar, distinguió una silueta. Parecía una mujer, joven y esbelta. Y tras ella, una de más pequeña. La de un perro un perro, diminuto y saltarín. Jugaban, riendo, a perseguirse entre las olas.
Cirè suspiró cansado, por tercera vez aquella tarde. Y entonces, sonrió. Dio un paso, luego otro, firme; hacía la eternidad.