Autor/a
quique
Categoria
Relat lliure
Las almas viajan en Teleférico
El día había amanecido perezoso; el verano era ya sólo un vago recuerdo y los árboles caducos, en otro tiempo vigorosos, mudaban sus hojas advirtiendo que el cambio, como dijo en su día Heráclito, es cíclico e imparable.
Permanecía sin embargo inmutable la hora de apertura al público; eran algo más de las diez cuando el Teleférico de Montjuïc estaba repleto de gente con esa algarabía y jolgorio que contrastaba con el horizonte hierático y gris. De repente, las voces se atenuaron, y las miradas de los allí presentes, empleados, visitantes, hasta verdecillos diría yo, todas se concentraron en el ir y venir de las cabinas que habían cogido una velocidad alarmante; el carrusel iba cada vez incrementando la marcha, de modo exponencial e incesante; se hizo un absoluto silencio.
Yo estaba en la instalación, con Arturo, el encargado. Nos miramos; su cara todavía somnolienta, empalideció. Unos segundos después salió corriendo hacia el centro de mando que estaba a unos metros de la estación Parc de Montjuïc, allí mismo. Jadeante preguntó a los compañeros qué estaba sucediendo, y ordenó que inmediatamente se rebajase la velocidad del Teleférico hasta su paro total; las caras de estupor de los clientes que iban sucediéndose en las cabinas era espeluznante. Pese a lo crítico de la situación, Arturo actuó diligente, enfocado, ejecutando los protocolos establecidos para estos casos de emergencia que, a pesar de todo, inexplicablemente, no sirvieron de nada!
Apresuradamente alertamos a las autoridades: cinco dotaciones de bomberos acudieron en unos minutos, y otras tantas de Mossos; acordonaron la zona, despejaron los transeúntes que, incrédulos ante semejante suceso, lo contemplaban con respiración contenida.
Yo me dirigí al centro de control, donde Arturo trataba de explicar a las autoridades cómo funcionaban los dispositivos de mando de la instalación y dónde estaban los registros y tomas de corriente. Los telemandos aparecían negros, apagados, sin registros ni datos; mientras tanto las cabinas volaban en el circuito que enérgicamente seguía girando sin cesar, ellas subiendo y bajando con un estruendo espantoso. No éramos capaces de parar el Teleférico!!!
De repente, en medio de la gran multitud de personas que se habían concentrado en la Avenida Miramar para contemplar el surrealista espectáculo, una mujer corpulenta, con el cabello alborotado, y la mirada perdida en el infinito, avanzó hacia nosotros; y, abriendo los brazos como si dirigiera su discurso a un gran auditorio gritó: “Animae errantes, ad domos vestras revertimini!!” -que, en castizo español significa: “almas erráticas, volved a vuestros hogares!!”; lo repitió hasta cinco veces, ante la mirada atónita de los allí presentes, quienes en una sexta ocasión se sumaron a la exhortación, convirtiéndola en un mantra comunitario.
Y, entonces, poco a poco fue reduciéndose la velocidad de las cabinas, mientras una niebla discurría entre el acero del cableado.. bruma que iba tomando formas humanas, rostros, cuerpos... y se desvanecía por la montaña de Montjuïc, cual una estela fantasmal de criaturas juguetonas…
Arturo, más blanco todavía, me miró de nuevo y me dijo en un susurro, pensativo:
- Judit, ¿qué día es hoy??? ¿1 de noviembre???
Y con una sonrisa respondí:
- Claro… las almas, en su día de Todos los Santos, aprovechan también para celebrar... ¿o estarán siempre esperando al otro lado de Montjuic, en su soporífero cementerio?
Permanecía sin embargo inmutable la hora de apertura al público; eran algo más de las diez cuando el Teleférico de Montjuïc estaba repleto de gente con esa algarabía y jolgorio que contrastaba con el horizonte hierático y gris. De repente, las voces se atenuaron, y las miradas de los allí presentes, empleados, visitantes, hasta verdecillos diría yo, todas se concentraron en el ir y venir de las cabinas que habían cogido una velocidad alarmante; el carrusel iba cada vez incrementando la marcha, de modo exponencial e incesante; se hizo un absoluto silencio.
Yo estaba en la instalación, con Arturo, el encargado. Nos miramos; su cara todavía somnolienta, empalideció. Unos segundos después salió corriendo hacia el centro de mando que estaba a unos metros de la estación Parc de Montjuïc, allí mismo. Jadeante preguntó a los compañeros qué estaba sucediendo, y ordenó que inmediatamente se rebajase la velocidad del Teleférico hasta su paro total; las caras de estupor de los clientes que iban sucediéndose en las cabinas era espeluznante. Pese a lo crítico de la situación, Arturo actuó diligente, enfocado, ejecutando los protocolos establecidos para estos casos de emergencia que, a pesar de todo, inexplicablemente, no sirvieron de nada!
Apresuradamente alertamos a las autoridades: cinco dotaciones de bomberos acudieron en unos minutos, y otras tantas de Mossos; acordonaron la zona, despejaron los transeúntes que, incrédulos ante semejante suceso, lo contemplaban con respiración contenida.
Yo me dirigí al centro de control, donde Arturo trataba de explicar a las autoridades cómo funcionaban los dispositivos de mando de la instalación y dónde estaban los registros y tomas de corriente. Los telemandos aparecían negros, apagados, sin registros ni datos; mientras tanto las cabinas volaban en el circuito que enérgicamente seguía girando sin cesar, ellas subiendo y bajando con un estruendo espantoso. No éramos capaces de parar el Teleférico!!!
De repente, en medio de la gran multitud de personas que se habían concentrado en la Avenida Miramar para contemplar el surrealista espectáculo, una mujer corpulenta, con el cabello alborotado, y la mirada perdida en el infinito, avanzó hacia nosotros; y, abriendo los brazos como si dirigiera su discurso a un gran auditorio gritó: “Animae errantes, ad domos vestras revertimini!!” -que, en castizo español significa: “almas erráticas, volved a vuestros hogares!!”; lo repitió hasta cinco veces, ante la mirada atónita de los allí presentes, quienes en una sexta ocasión se sumaron a la exhortación, convirtiéndola en un mantra comunitario.
Y, entonces, poco a poco fue reduciéndose la velocidad de las cabinas, mientras una niebla discurría entre el acero del cableado.. bruma que iba tomando formas humanas, rostros, cuerpos... y se desvanecía por la montaña de Montjuïc, cual una estela fantasmal de criaturas juguetonas…
Arturo, más blanco todavía, me miró de nuevo y me dijo en un susurro, pensativo:
- Judit, ¿qué día es hoy??? ¿1 de noviembre???
Y con una sonrisa respondí:
- Claro… las almas, en su día de Todos los Santos, aprovechan también para celebrar... ¿o estarán siempre esperando al otro lado de Montjuic, en su soporífero cementerio?