Autor/a
Redloriana
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

El último metro

¡Siempre me pasa igual! Apurando hasta que llega el último metro de la noche. Corrí como no lo había hecho desde el instituto, con la diferencia de que ahora tengo 42 años y no 15. No es que estuviera hecha una momia, pero evidentemente no le había dedicado al ejercicio las horas que hacen falta para no tener que usar un inhalador cada vez que aceleraba un poco más de lo normal.
Empiezo a escuchar el ruido de la gente saliendo y entrando, el pitido de las puertas a punto de cerrarse, ¡yo creyéndome una gacela y pam!, me estampo ridículamente contra las puertas mientras veo las caras descojonadas de la gente.
No puede ser… otra vez me toca salir a la calle y gastarme el dinero en un taxi. Pero, de repente, de forma milagrosa, vi que el metro no arrancaba, sino que se detenía y por fin creí que la suerte se había cruzado en mi camino.
Mientras jadeaba por el sprint que acababa de hacer, miré a la gente que iba en el metro. Me quedé unos segundos apoyada en la puerta, recuperando el aliento, cuando noté algo raro. Estaban todos quietos, nadie se movía, nadie miraba su móvil, solo miraban al frente con una actitud impasible; era todo muy extraño. Nadie respiraba como alguien que acaba de correr en la estación anterior.
Las risas se habían quedado congeladas al otro lado del cristal. Literalmente congeladas. Como si alguien hubiera detenido el tiempo dentro del vagón.
Entonces, uno de ellos parpadeó. Y sonrió. En cuanto se abrieron las puertas, entré sin dudarlo. El silencio era absoluto. Los miré disimuladamente; cualquiera diría que eran robots… pero entonces escuché el sonido de las puertas al cerrarse, me di la vuelta y no me podía creer lo que tenía delante de mí: no había nadie en el andén de la estación, no había ni rastro de toda aquella gente que hacía ni un minuto se agolpaba allí fuera para subir.
Y en el reflejo del cristal, por un momento, me vi como ellos: inmóvil, con la misma sonrisa.
Fue entonces cuando lo entendí.
Al llegar a la siguiente estación, desde fuera alguien corría hacia el vagón mientras agitaba los brazos. Exactamente como había hecho yo hacía escasos minutos.
Nadie dentro se movió. Yo tampoco.