Autor/a
Hecsan
Categoria
Relat lliure
El paisaje
El paisaje se mostraba bajo una neblina espesa, como un suspiro blanco que acariciaba la hierba húmeda. Con los primeros rayos de sol, el río comenzó a resbalar entre las piedras, mientras los pinos centenarios se alzaban imponentes, produciendo un inconfundible olor a tierra fresca y a un nuevo amanecer.
El silencio era una sinfonía de colores y sonidos: el murmullo del agua, el susurro del viento entre las ramas y el aroma intenso de la pinaza mojada. En lo alto, el cielo se tornaba de un azul intenso, y reflejaba las gotas de rocío que colgaban como diminutas formas de las hojas, revelando un paisaje vivo que invitaba a la pausa y a la respiración profunda.
El tren transportaba a sus viajeros en medio de la naturaleza, dejando observar a través de sus ventanas, todo tipo de montañas, lagos, puentes y espectaculares desfiladeros introduciendo a sus viajeros en el interior de la naturaleza.
Atrás quedaban, tras las montañas verdosas que el viajero iba dejando a sus espaldas, decenas de quilómetros, casi siempre solitario, con sus desfiladeros, sus aguas, un sinfín de arroyos y cascadas, en los que asientan sus fantásticas aldeas que se divisan desde hace siglos. En torno a ellas, y a las escasas gentes que las habitan desde que sus primeros antepasados se establecieron aquí hace ya miles de años, se aprecian hombres y mujeres con el corazón cansado de tanto trabajar y con el alma humedecida por la nieve que cae sin compasión en el invierno.
El paisaje, más allá de sus límites, sostiene las huellas del pasado, reconstruye recuerdos, proyecta en la mirada las sombras de otro tiempo.
El silencio era una sinfonía de colores y sonidos: el murmullo del agua, el susurro del viento entre las ramas y el aroma intenso de la pinaza mojada. En lo alto, el cielo se tornaba de un azul intenso, y reflejaba las gotas de rocío que colgaban como diminutas formas de las hojas, revelando un paisaje vivo que invitaba a la pausa y a la respiración profunda.
El tren transportaba a sus viajeros en medio de la naturaleza, dejando observar a través de sus ventanas, todo tipo de montañas, lagos, puentes y espectaculares desfiladeros introduciendo a sus viajeros en el interior de la naturaleza.
Atrás quedaban, tras las montañas verdosas que el viajero iba dejando a sus espaldas, decenas de quilómetros, casi siempre solitario, con sus desfiladeros, sus aguas, un sinfín de arroyos y cascadas, en los que asientan sus fantásticas aldeas que se divisan desde hace siglos. En torno a ellas, y a las escasas gentes que las habitan desde que sus primeros antepasados se establecieron aquí hace ya miles de años, se aprecian hombres y mujeres con el corazón cansado de tanto trabajar y con el alma humedecida por la nieve que cae sin compasión en el invierno.
El paisaje, más allá de sus límites, sostiene las huellas del pasado, reconstruye recuerdos, proyecta en la mirada las sombras de otro tiempo.