Autor/a
Juls
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Caída libre

El autobús arranca con ese rugido fatigado de bestia urbana que ya ha sobrevivido a demasiadas horas punta. Yo avanzo por el pasillo como quien cruza un puente colgante en tacones. Denoto equilibrio precario y una dignidad en modo ahorro de batería. No la veo. No la veo, pero la mochila está ahí; agazapada, esperando su momento estelar. Mi pie la roza y mi cuerpo entra en una coreografía improvisada: un paso adelante, dos hacia ningún sitio, un brazo que intenta agarrarse al aire, la otra mano aferrada al bolso como si dentro llevara mi testamento. Durante un segundo eterno practico patinaje artístico sobre caucho. No caigo, pero tampoco se puede decir que camine. Es más bien un ir rebotando entre barras metálicas y respaldos hasta que impacto de morros contra un chico. Literalmente de morros. Nariz con pecho, frente con clavícula. Un saludo muy íntimo, no consensuado.
- Perdón _digo, con la voz de quien acaba de sobrevivir a un accidente doméstico.
Él se ríe. A mi ego su risa le resulta limpia, sin juicio. Y si no se lo resulta se lo dice a mi mente para que se lo crea.
- No pasa nada. Yo también lo siento y demos gracias a que no tenemos la misma altura.
¿Lo siente él? ¡Qué majo! _pienso, con toda la intención puesta en sacudirme el rojo de las mejillas y de mis orejas. Y, por un instante, pienso que la mochila es suya, pero no: la dueña aparece desde el fondo como si hubiera sido invocada por el caos. No sé si está molesta o simplemente avergonzada.
- Ay, perdón, perdón, perdón.
Compruebo que está disgustada. Le sabe mal, aunque no consigue evitar esa sonrisilla en la comisura de los labios. Seguro que me ha visto ejecutar mi danza arrítmica desde su palco. Los pasajeros del 47 empiezan a opinar. Que si una señora asegura que las mochilas deberían pagar billete; que si un señor propone un carné de surfista por puntos para peatones sin asiento. Una adolescente sugiere instalar radares de obstáculos instalados en drones que el conductor, que no dispone, parece ser, de botones suficientes, podría articular con un pequeño volantito acoplado al volante principal. No hay más comentarios. Todos la miran a ella ahora. El conductor, desde el retrovisor, sentencia que eso me pasa por ir mirando el móvil. Yo juro y perjuro que solo estaba mirando la vida. Me convierto, sin querer, en tema de debate público… y a pesar de la adolescente. Hay gente discutiendo, que si patatín, que si patatán.
El chico chocado me sonríe otra vez. Tiene esa sonrisa de personas capaces de venderte un seguro o un helado o las dos cosas a la vez.
- En serio, ¿estás bien?
- Sí. Creo que he perdido un poco la dignidad que traía, pero la recuperaré… supongo.
Me ofrece su asiento, pero por algún motivo, todavía ajeno a mí, lo rechazo con una reverencia absurda. De golpe parezco salida de una corte barroca, con gestos de noble empobrecida. Llego a mi parada. ¡Madre mía! No veía el momento de que eso ocurriera. Me levanto con cautela, como si el suelo fuera lava, y camino hacia la puerta con la concentración de un funambulista con resaca. Bajo cabizbaja, poniendo especial atención a los escalones.
Y ahí están… mis cordones… desatados ¡por supuesto! ¡Traidores! Hoy es el día, no hay duda. Tropiezo y caigo; esta vez sí. De la caída salen heridos mi orgullo y mi muñeca derecha. Desde el suelo levanto el pulgar como si acabara de aterrizar un avión. La gente arranca en un aplauso espontáneo, demasiado sonoro para mi.
¡Mañana mi dignidad y yo iremos en metro al trabajo!