Autor/a
Venecia1976
Categoria
Relat lliure
HISTORIA DE UN VAGON
Como cada mañana, cojo el primer metro para ir a mi trabajo. Misma hora, mismo asiento, esas caras ya conocidas.
En la segunda parada, justo enfrente de mí, se sienta un hombre con una libreta antigua y un lápiz. Siempre escribiendo, observando a las personas a su alrededor. Alguna mirada cruzamos, pero él sigue escribiendo y pienso: quizá un inspector de trabajo… ¿o un escritor?
Esa mañana yo me bajaba en la penúltima parada, pero justo antes de llegar recibí un mensaje en el móvil: ese día no debía acudir; tenía días de fiesta y no me lo habían comunicado.
Seguí sentada, pero observé que aquel hombre de la libreta no se bajaba. Siguió escribiendo y me extrañó. ¿Se le pasó la parada? No, porque podría haberse bajado para hacer transbordo.
Mi curiosidad fue más allá y pensé: mañana también tengo fiesta, volveré.
Llegó la mañana siguiente. Misma hora, misma gente, y aquel hombre misterioso con su libreta y lápiz frente a mí, como siempre.
Subió una chica con un carrito de bebé y un niño en brazos. Le ofrecí mi asiento y, en la siguiente parada, se bajó un obrero que estaba al lado de aquel hombre. Aproveché y me senté junto a él.
Pude observar su libreta. Entre líneas, vi lo que escribía. Me quedé impactada, sin palabras. Algo me decía que tenía que hacer algo.
Sin pensarlo, le pregunté:
—Disculpe, ¿es usted escritor?
Me miró, cerró la libreta y, con voz entrecortada, respondió:
—No, no soy escritor.
Le dije:
—Pensé que sí. Hemos coincidido toda la semana y siempre le veo escribir. Yo también escribo poesía, en una libreta como la suya.
Su semblante cambió y sonrió.
—Hoy será el último día que me veas. Mañana el viaje en metro será más corto.
Algo dentro de mí me hizo pensar rápido: Dios mío, ¿quiere tirarse al metro? Quizá ha estado escribiendo toda la semana para despedirse.
Entonces abrió su libreta y me señaló que leyera. Empecé a leer y una lágrima borró algunas palabras.
Llegaba la última parada, esa en la que él nunca bajaba. Le dije:
—Lo que escribe es asombroso. Piénselo, por favor; aún le queda mucho que enseñar.
Me miró y se encogió de hombros. Le agarré fuerte de la mano:
—Como dice su libreta, cada uno tiene su historia, pero aquí estamos todos los días a la misma hora y en el mismo vagón. Piénselo.
Sonó a despedida. Se levantó con la libreta contra el pecho y bajó del metro.
Pasé el fin de semana preocupada, deseando que llegara el lunes a las 5:10 para volver a verlo. Algo tenía que hacer, y rápido.
Llegó el lunes, misma hora, mismo asiento y él no estaba. En su lugar se sentó un adolescente, con su móvil escribiendo un mensaje, y pensé en cómo cambian los tiempos: del papel y lápiz al teléfono, y me entró tristeza.
Cerré un poco los ojos; nunca lo suelo hacer. Me gusta observar a los pasajeros e imaginar la historia de cada uno, como la del señor de la libreta y el lápiz. Aquel hombre había invadido mi cabeza. Aún tenía cincuenta minutos de camino al trabajo.
Un sonido me despertó: hojas pasando, como cuando lees un libro. Abrí los ojos y, justo, estaba él a mi lado. Nos miramos y solté un suspiro de alivio.
—Aún me quedan muchos capítulos que escribir; mi historia aún no tiene final. Gracias—con una sonrisa que parecía guardar todas las historias que había escrito en esa libreta - ¿Un café?
Y, por un instante, sentí que el vagón entero contenía la magia de sus palabras.