Autor/a
Aroa
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

El trayecto que nos queda

Hoy me he despertado en una habitación que conozco. Tiene flores en las cortinas y una silla junto a la ventana donde suelo sentarme por las tardes. Me he quedado un rato mirando el techo, pensando en si hoy es lunes o jueves. He optado por no preocuparme. Aquí los días se parecen mucho entre sí. Aquí siempre hay gente amable.

Me he vestido despacio. Alguien me deja la ropa doblada en una silla cada noche. Supongo que ha sido mi madre, aunque hace tiempo que no la veo. O puede que haya salido a comprar.

Después de desayunar ha venido una muchacha. La de los ojos marrones. Es preciosa. Siempre me saluda con una sonrisa que me llega directa al corazón. Dice que se llama Clara. Me cae bien. Ha venido mucho por aquí.

—Hola, Carmelita —ha dicho—. ¿Te apetece salir un rato?

Me ha puesto un pañuelo en el cuello porque dice que fuera hace fresco. Luego hemos caminado despacio hasta el metro. No recuerdo cuándo ha sido la última vez que he bajado unas escaleras mecánicas tan largas.

En el andén ha corrido un aire fresco que olía a hierro y a ciudad. La gente ha esperado en silencio. Cuando ha llegado el tren, las puertas se han abierto con un pitido y nos hemos sentado juntas.

Me gusta cómo suena el metro cuando arranca. Ese temblor suave bajo los pies, las luces que pasan rápidas por la ventana del túnel.

Clara me ha ido señalando las estaciones como si fueran lugares importantes.

—Aquí bajabas para ir a trabajar —me ha dicho en una.

He asentido. Me ha parecido posible.

En otra me ha enseñado una foto. En ella salgo yo, de blanco, con un vestido largo y una sonrisa enorme.

—Este es Joaquín —ha dicho, señalando al hombre del bigote.

Me he quedado mirando la imagen mientras el tren ha avanzado entre estaciones. Joaquín. El nombre me ha sonado cálido, como una canción antigua.

—Creo que es una boda —he dicho.

Clara ha sonreído.

El metro ha seguido su camino, parando y arrancando, como si respirara. A ratos hemos hablado de cosas pequeñas: de las canciones de Isabel Pantoja, de lo que cocinaba mi madre los domingos, del pueblo donde nací.

Clara me ha mirado como si yo supiera mucho más de lo que recuerdo.

Cuando el tren se ha detenido otra vez, Clara se ha quedado callada un momento. Luego me ha cogido la mano.

—¿Sabes quién soy?

Me he quedado quieta. No me gusta que me haga esa pregunta. Me pone nerviosa. Me hace pensar que debería saber cosas que no sé.

—No… lo siento —he dicho al final.

Clara me ha cogido la mano y ha sonreído, aunque le temblaba un poco la barbilla.

—Soy tu nieta, abuela. Soy Clara.

He sentido dentro de mí algo que ha querido despertarse, como cuando un tren se acerca y primero solo notas la vibración en el andén.

Pero el recuerdo no ha llegado. Así que he apretado su mano, fuerte.

—Eres muy buena conmigo, Clara.

Ella ha cerrado los ojos un segundo. Luego ha sonreído. El tren ha vuelto a arrancar y la voz del metro ha anunciado la siguiente estación.

Clara no ha soltado mi mano.

—Tú también lo has sido conmigo —ha susurrado—. Y lo sigues siendo.

El metro ha seguido avanzando bajo la ciudad, estación tras estación.

Y yo he pensado que, aunque haya cosas que se pierdan por el camino, hay manos que saben volver a encontrarte.