Autor/a
Venecia1976
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

EL DESTINO DEL METRO

Era lunes, 21 de diciembre.
Huelga de autobuses. Corría a las 7 h para coger el metro y, con las prisas, olvidé la tarjeta.

Delante de mí, en la máquina, un chico de piel morena, delgado, con rastas y unos ojos verdes enormes. Poco abrigado, con las bambas destrozadas. En sus manos, monedas de 1 y 5 céntimos que la máquina rechazaba.

Yo tenía prisa y la cola crecía. El señor José, el de la lotería del barrio, bajó al metro por la lluvia. Le compré dos números para el sorteo de Navidad.

El chico se giró y me miró con vergüenza. No dudé: le pagué el billete. Me sonrió y se fue al vagón.

Dentro, el metro lleno: risas, móviles, conversaciones. Dos señoras miraban con desconfianza al chico.

Entonces empezó a hablar en varios idiomas. Nadie le escuchaba… hasta que tocó la guitarra.

Todo cambió.

El bebé dejó de llorar, los cascos se guardaron, las risas cesaron , el que leía cerró su libro y el silencio llenó el vagón. Su voz era dulce, de esas que erizan la piel. Más gente se acercaba de otros vagones.

Al terminar, aplausos. No llevaba gorra ni sombrero: solo sus manos para recoger monedas.

En un descuido, al abrirse las puertas, unos adolescentes le robaron la guitarra.

Se arrodilló. Con las manos en el pecho .Las monedas cayeron al suelo. Su llanto encogía el alma.

Le ayudé a levantarse. La gente recogía las monedas. Le dije que bajáramos, que avisarían a seguridad. Él, con lágrimas, dijo que era imposible.

Pensé , que sería más importante
que esa guitarra que llevaba 20 años a su lado ?

Me baje y observé

En el andén le esperaba una mujer de piel morena , con un gorro ,guantes y un abrigo largo que impedía tapar la barriga de embarazada, con un bebé en el carrito. Se abrazaron. Ella le secó las lágrimas.

Entonces lo entendí: él cuidaba del bebé mientras ella trabajaba limpiando en una casa en la zona alta de Barcelona. Vivían con lo justo. Su guitarra era todo.

En el bar del metro pidieron solo agua y ella sacó del bolsillo del abrigo unas galletas envueltas en servilletas.

Pedí para ellos cafés y bocadillos. El camarero me dijo: “Son de Senegal, vienen cada mañana”.

Les dejé un décimo de lotería. Él me dijo:
—Gracias por no juzgarme.

Me contó su historia: llegaron hacía un año, viven en una habitación, ella trabaja, él espera papeles. Han pasado mucho, pero sonríen.

Me fui corriendo al trabajo.

Al salir, pregunté por la guitarra. La habían recuperado.

A la mañana siguiente volví al bar. Estaban allí. Toqué una cuerda.

Se giró, se llevó las manos a la cabeza y me abrazó llorando.

—Aquí tienes tu herramienta.

El dueño no quería que tocara. Le pedí un minuto.

Aceptó pero no muy convencido .

El chico empezó a cantar y el bar se quedó en silencio. Su voz llenó todo: clientes, viajeros, empleados… todos atentos. Era imposible no emocionarse.

El bar se llenó. La gente se quedó, pidió más. El dueño terminó disculpándose.

Les dio la recaudación. La gente también.

Hoy, él trabaja allí tocando la guitarra. Ella cuida de sus hijos. Viven en un piso que el dueño les cedió.

El número de lotería no tocó.

Pero a ellos el metro les cambio la vida