Autor/a
Miquel B. Moià
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

El baile eterno

Les gustaba bailar. No lo sabían la primera vez que subieron juntos al autobús, claro. Entonces les bastaba con saber el nombre el uno del otro y confiar en que tuvieran algo de suerte. El primer viaje fue corto pero intenso. En los siguientes, justo antes de subir, le invadía a cada uno una mezcla de ansiedad e ilusión. Siempre había un momento durante el trayecto en el que alguno pensaba: ¿se acabará algún día? Pero ese miedo era fruto de la esperanza, cuyo reverso tenebroso se manifiesta caprichosamente para equilibrar la balanza. Pronto los viajes multiplicaron su frecuencia y las palabras y miradas iniciáticas se convirtieron en caricias. De repente les sorprendió una idea aterradora: no sabían vivir el uno sin el otro. Al menos eso era lo que pensaban, naturalmente, sabrían hacerlo si se diera la ocasión, pero confiaban en que no tuviera que suceder nunca. Un día, ella le preguntó: ¿crees que, si mañana nos despertáramos sin recordar nada el uno del otro, volveríamos a enamorarnos? Cuando se quisieron dar cuenta, para el siguiente viaje ya habían acumulado una buena ristra de recuerdos y ya no les hacía falta hablar solo del presente. Podían hacerlo sobre el pasado y, por qué no, del futuro. Tanto fue así que la preocupación ya no se dirigía hacia ellos mismos sino al pequeño bebé que les robó las noches y las caricias. Aunque ahora la vida se había vuelto agotadora, seguían bailando mientras podían. El autobús no paraba y a él siguieron subiendo más hijos, pero también yernos, nueras y nietos. Los baches en el camino fueron dejando cicatrices, pero solo había una dirección en la que avanzar. Cuando el autobús se quedó vacío, ellos siguieron bailando. Ya no eran jóvenes, ni ágiles, ni atractivos. Esa mañana despertaron y ella le miró extrañada. ¿Quién era aquel hombre de pelo blanco y mirada cálida? ¿Lo había visto antes? Él recordó lo que un día le preguntó cuando eran jóvenes. Pero ya no importaba la respuesta, en la memoria que habita la piel tenían todo lo que necesitaban. Después de la última caricia, el autobús paró.