Autor/a
Venecia1976
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

LA VIDA PASAR

Me levanto como todas las mañanas para coger el metro e ir a mi trabajo.

Son las 5:10. Ese sonido que pita cuando no pasas la tarjeta, provocado por las prisas de no perder el metro; ese olor a café de la máquina expendedora; el ruido de zapatos y bambas corriendo por la escalera mecánica porque llega el metro, con ese sonido avisando de su entrada… Esas luces y ese frenado despiertan a cualquiera.

Pero al montar, todo cambia. Se ven esas caras de sueño; los pasajeros se sientan y el ruido se convierte en silencio.

Una mezcla de olores: el café del chico que está estudiando para no dormirse; el perfume de la chica de al lado, con el cabello aún mojado y terminándose de maquillar; el olor a embutido del bocadillo que lleva el chico en la mano —posiblemente no tuvo tiempo de guardarlo en la mochila—. Me recordó a esos bocadillos que me hacía mi abuela en el pueblo para merendar.

Más paradas, más pasajeros, y lo que era silencio se convierte en murmullos, esos murmullos que te hacen dormir más.

Bajo en mi parada y aún me queda un largo pasillo por caminar. A mitad de pasillo me encuentro con el señor de pelo blanco y barba, esa barba blanca como la de Papá Noel, unas gafas pequeñitas redondas y un abrigo marrón ya muy desgastado. Lleva aquí un año y tiene una manta de cuadros roja y marrón que siempre he pensado que esconde algo.

En sus manos grandes sostenía una mina y un lienzo. Al lado, en el suelo, un plato para las monedas, aún vacío.

Tuve curiosidad por saber qué estaría pintando y me acerqué a él.

No había botellas de alcohol ni olía mal, todo lo contrario: desprendía un olor a acuarela, pintura, a mina de lápiz, como si de una escuela de dibujo se tratase.

Le di los buenos días y le pregunté:

—¿Qué pinta?

Sonriendo, me contestó:

—Lo que veo pasar.

Y sonrió nuevamente.

—No le entiendo —le respondí.

—Mira —me dijo.

Levantó entonces esa manta roja y marrón de cuadros, cogió los lienzos y me los acercó a las manos para que los viera. Empecé a pasar uno tras otro y, de repente, las manos me empezaron a temblar, el corazón se me aceleró; me quedé helada por unos segundos. Sentí algo entre miedo y asombro.

—Tranquila —me dijo con una voz dulce.

En uno de los lienzos estaba yo dibujada, con mi chaqueta y aquella bufanda de lana que me hizo mi madre. También estaba aquel estudiante con el café en la mano, y el chico con la mochila y su bocadillo, incluso la chica de pelo mojado que se maquillaba en el vagón.

Me contó su historia… me partió el alma.

Tomás, que así se llama.

Hace dos años perdió su trabajo como profesor de dibujo y su piso por cuidar a su mujer, a la que no pudo ganarle la batalla.

Solo y sin hijos.

Dice que su mujer siempre le decía que, cuando ella no estuviera, él viviera la vida. Él vive la vida dibujándola al pasar en el metro, que ahora es su hogar.

Me regaló el lienzo.

Y cada mañana que paso, me paro para que me vuelva a dibujar.