Autor/a
DELIAOR
Categoria
Relat lliure
UN ASIENTO RESERVADO
MIRANDO EL MUNDO DESDE UN ASIENTO RESERVADO:
Debo decir que nunca he tenido ningún problema para ocupar alguno de los asientos reservados para personas con problemas de movilidad, embarazadas, etc., etc., incluso los mayores, como yo, se adelantan a cederme el sitio si se consideran en mejor forma física. Jamás me ofendió que reconozcan mi edad a primera vista, me la he ganado a pulso y no es cuestión de intentar aparentar que el peso de la experiencia no nos ha dejado marcas.
La cuestión es que desde mi cómoda posición puedo observar la vida de los demás sin intervenir su intimidad, aunque a veces parece que algunos gustan de compartirla en voz alta y con la oreja pegada al móvil, suelo pensar que no disponen de un lugar más privado para conversar o no tienen de tiempo para hacerlo.
Las distintas horas marcan más las diferencias que los propios trayectos. A primera hora los sufridos trabajadores se dejan transportar sin haberse despedido aún de sus sueños, para unirse en seguida a la masa de los escolares que, solos, con padres o con abuelos lo inundan todo de ruido, risas y tonos de juegos on- line. Eso sí, por la mañana huelen a cereales y cola cao, pero a la tarde, el esfuerzo del día crea un aroma de “concentrado de niño”; algo así como sudor del recreo, merienda y lápices de colores, todo junto, formado un perfume característico que te hace darte cuenta de que son las cinco de la tarde.
Es más, cuando vives en los límites de Barcelona, tus opciones se amplían enormemente, los autobuses cambian de color y los trayectos se vuelven más verdes y despejados, eso sí, siempre puedes coger el nº7 y hacer el tour de la ciudad sin pagar precio de visitante. Lo tiempos se ralentizan y hasta pueden saludar al conductor porque lo reconoces y él intenta no reanudar la marcha hasta que no te has sentado, todo un detalle.
Pero lo mejor siempre son “los usuarios”, cada día más variopintos, desde el hiyab al extraordinario colorido de los vestidos africanos, mezclándose con los vaqueros, la ropa deportiva y los monos de trabajo, el espectáculo humano es extraordinario y nunca deja de sorprenderte, sólo intentas imaginar la historia detrás de esa lengua que no entiendes o detrás de esa criatura que habla catalán mejor que tú.
Aún recuerdo a una joven de rasgos asiáticos que se me acercó asustada en la parada para preguntarme si el autobús funcionaba porque había visto al conductor salir y cerrar las puertas detrás de él. Tuve que explicarle que era el final de línea y que seguramente había ido al servicio. Una curiosa conversación por la que supe que venía de Mongolia y estaba haciendo un master en nuestra ciudad. Que pequeño es el mundo y que fácil conocerlo y compartirlo desde un asiento reservado.
Debo decir que nunca he tenido ningún problema para ocupar alguno de los asientos reservados para personas con problemas de movilidad, embarazadas, etc., etc., incluso los mayores, como yo, se adelantan a cederme el sitio si se consideran en mejor forma física. Jamás me ofendió que reconozcan mi edad a primera vista, me la he ganado a pulso y no es cuestión de intentar aparentar que el peso de la experiencia no nos ha dejado marcas.
La cuestión es que desde mi cómoda posición puedo observar la vida de los demás sin intervenir su intimidad, aunque a veces parece que algunos gustan de compartirla en voz alta y con la oreja pegada al móvil, suelo pensar que no disponen de un lugar más privado para conversar o no tienen de tiempo para hacerlo.
Las distintas horas marcan más las diferencias que los propios trayectos. A primera hora los sufridos trabajadores se dejan transportar sin haberse despedido aún de sus sueños, para unirse en seguida a la masa de los escolares que, solos, con padres o con abuelos lo inundan todo de ruido, risas y tonos de juegos on- line. Eso sí, por la mañana huelen a cereales y cola cao, pero a la tarde, el esfuerzo del día crea un aroma de “concentrado de niño”; algo así como sudor del recreo, merienda y lápices de colores, todo junto, formado un perfume característico que te hace darte cuenta de que son las cinco de la tarde.
Es más, cuando vives en los límites de Barcelona, tus opciones se amplían enormemente, los autobuses cambian de color y los trayectos se vuelven más verdes y despejados, eso sí, siempre puedes coger el nº7 y hacer el tour de la ciudad sin pagar precio de visitante. Lo tiempos se ralentizan y hasta pueden saludar al conductor porque lo reconoces y él intenta no reanudar la marcha hasta que no te has sentado, todo un detalle.
Pero lo mejor siempre son “los usuarios”, cada día más variopintos, desde el hiyab al extraordinario colorido de los vestidos africanos, mezclándose con los vaqueros, la ropa deportiva y los monos de trabajo, el espectáculo humano es extraordinario y nunca deja de sorprenderte, sólo intentas imaginar la historia detrás de esa lengua que no entiendes o detrás de esa criatura que habla catalán mejor que tú.
Aún recuerdo a una joven de rasgos asiáticos que se me acercó asustada en la parada para preguntarme si el autobús funcionaba porque había visto al conductor salir y cerrar las puertas detrás de él. Tuve que explicarle que era el final de línea y que seguramente había ido al servicio. Una curiosa conversación por la que supe que venía de Mongolia y estaba haciendo un master en nuestra ciudad. Que pequeño es el mundo y que fácil conocerlo y compartirlo desde un asiento reservado.