Autor/a
el amante
Categoria
Relat lliure
el auditorio de Plaza España
Entre pasillos, galerías y grandes avenidas del metro, no todo eran ruido y prisas. En plaza de España, una mañana tranquila, susurraba un piano que daba calma a los corazones agitados. Imposible no dejarse mecer por su música, tan necesaria como un vaso de agua fresca bajo el sol de un tórrido verano. Un chaval, de pelo largo y negro, ejecutaba con suavidad. Yo me senté a su espalda dejándome llevar. Estábamos solos nosotros dos.
Aquel niño paseaba sus dedos entre blancas y negras, pisaba los pedales con juicio. Yo soñaba con flores escuchar una melancólica primavera en sol menor de Einaudi que el niño sabía regalar. En su casa no tenían piano, supe después. En el metro había uno, al principio mudo. El destino los unió. Y ahora me callo, que vamos a escuchar un suave vals de Chopin en La menor, bajo el estruendo de la calle Tarragona.
Con el tiempo, otros corazones curiosos se unieron a nuestro tándem: un señor muy mayor y delgado, con portafolios y ganas de departir con alguien, por ejemplo. Nosotros fuimos los pioneros de lo que iba a suceder, siempre respetando un silencio reverente.
Al final de cada ejecución, se escuchaban tímidos aplausos que el joven agradecía con breves movimientos de cabeza. Y lo que se inició con dos oyentes se convirtió en un auditorio diario, de siete de la mañana a ocho y cuarenta, hasta la segunda semana de junio.
El niño convocaba a lugareños de todos los barrios y extranjeros de todos los continentes y colores, que tomaban fotos o simplemente se regalaban un instante de paz, conscientes de que estaban atrapando una postal auténtica de Barcelona como La Sagrada Familia o el beso junto a la catedral.
Un día, mi compañero de “butaca”, se acercó al oído del joven y le hizo una petición que nadie pudo escuchar. El niño, mirando al frente, asintió. Respiró profundo, se ocultó tras su largo cabello. No hubo banqueta suficiente para atemperar sus nervios. Crujieron los dedos, los ojos alertaron a las teclas para que siguieran en orden y… No antes de diez segundos largos llegó la explosión…
— Le he pedido un Maurice Ravel —dijo el viejo, como haciéndome cómplice
de un secreto. —A ver si sale de esta.
Escuchamos la música trascender desde el subterráneo hacia las Torres venecianas de la plaza con sus transeúntes y el rugir de autos.
El viejo me indicó que prestara atención a Scarbo, un fantasma escurridizo que aparecía y desaparecía en la noche.
—Pero, ¿dónde?
Mientras, el niño se movía con precisión, manejando los pedales y los dedos como si tuviera que atrapar un espíritu burlón.
—Basado en Gaspard de la nuit —explicó el senior—. Que no es cuento con moraleja: es una pesadilla.
El púber continuó, los dedos rápidos, las manos ebrias de música y cuando acabó la pieza un aplauso, que agujereaba oídos, eclosionó en el vestíbulo, ocupando cada rincón del metro. El viejo era una inexpresiva estatua de cera. En segundos, volvió la prisa y la distracción en el subterráneo, y nos quedamos solos los tres, sin Scarbo a quien perseguir.
Me acerqué al virtuosismo bañado en sudor, con mi compañero renqueante, que le dijo al oído, de una manera casi imperceptible hasta para mí:
—Si tenía la audición mañana a las nueve, no hace falta que se presente, caballero. Está aprobado.
Y salió de escena, portafolios y bastón en mano, dejando que el joven, su piano y Barcelona, siguieran latiendo un instante… con música bajo tierra.
Aquel niño paseaba sus dedos entre blancas y negras, pisaba los pedales con juicio. Yo soñaba con flores escuchar una melancólica primavera en sol menor de Einaudi que el niño sabía regalar. En su casa no tenían piano, supe después. En el metro había uno, al principio mudo. El destino los unió. Y ahora me callo, que vamos a escuchar un suave vals de Chopin en La menor, bajo el estruendo de la calle Tarragona.
Con el tiempo, otros corazones curiosos se unieron a nuestro tándem: un señor muy mayor y delgado, con portafolios y ganas de departir con alguien, por ejemplo. Nosotros fuimos los pioneros de lo que iba a suceder, siempre respetando un silencio reverente.
Al final de cada ejecución, se escuchaban tímidos aplausos que el joven agradecía con breves movimientos de cabeza. Y lo que se inició con dos oyentes se convirtió en un auditorio diario, de siete de la mañana a ocho y cuarenta, hasta la segunda semana de junio.
El niño convocaba a lugareños de todos los barrios y extranjeros de todos los continentes y colores, que tomaban fotos o simplemente se regalaban un instante de paz, conscientes de que estaban atrapando una postal auténtica de Barcelona como La Sagrada Familia o el beso junto a la catedral.
Un día, mi compañero de “butaca”, se acercó al oído del joven y le hizo una petición que nadie pudo escuchar. El niño, mirando al frente, asintió. Respiró profundo, se ocultó tras su largo cabello. No hubo banqueta suficiente para atemperar sus nervios. Crujieron los dedos, los ojos alertaron a las teclas para que siguieran en orden y… No antes de diez segundos largos llegó la explosión…
— Le he pedido un Maurice Ravel —dijo el viejo, como haciéndome cómplice
de un secreto. —A ver si sale de esta.
Escuchamos la música trascender desde el subterráneo hacia las Torres venecianas de la plaza con sus transeúntes y el rugir de autos.
El viejo me indicó que prestara atención a Scarbo, un fantasma escurridizo que aparecía y desaparecía en la noche.
—Pero, ¿dónde?
Mientras, el niño se movía con precisión, manejando los pedales y los dedos como si tuviera que atrapar un espíritu burlón.
—Basado en Gaspard de la nuit —explicó el senior—. Que no es cuento con moraleja: es una pesadilla.
El púber continuó, los dedos rápidos, las manos ebrias de música y cuando acabó la pieza un aplauso, que agujereaba oídos, eclosionó en el vestíbulo, ocupando cada rincón del metro. El viejo era una inexpresiva estatua de cera. En segundos, volvió la prisa y la distracción en el subterráneo, y nos quedamos solos los tres, sin Scarbo a quien perseguir.
Me acerqué al virtuosismo bañado en sudor, con mi compañero renqueante, que le dijo al oído, de una manera casi imperceptible hasta para mí:
—Si tenía la audición mañana a las nueve, no hace falta que se presente, caballero. Está aprobado.
Y salió de escena, portafolios y bastón en mano, dejando que el joven, su piano y Barcelona, siguieran latiendo un instante… con música bajo tierra.