Autor/a
Lletres viatgeres
Categoria
Relat escolar
Subcategoria
De 8 a 12 años
Centre escolar
Institució Igualada
Entre vías y entrevistas
El metro salía de Plaza España a media tarde con su ruido habitual: puertas que pitaban, ruedas que vibraban y una voz automática que anunciaba la siguiente parada sin que casi nadie la escuchara.
La chica se sentó junto a la ventana, con el bolso sobre las rodillas y los dedos entrelazados.
—Vaya desastre… —murmuró.
El hombre mayor a su lado bajó un poco el periódico.
—¿Entrevista? —preguntó.
—Sí… y ha ido fatal.
—Eso crees ahora —respondió él con calma.
Ella suspiró.
—Podría haber respondido mejor a todo.
Enfrente, el chico de los auriculares intervino sin quitar la vista del móvil: —Siempre pasa. Luego en casa te vuelves brillante.
La chica soltó una pequeña risa.
—Exacto.
—Yo tengo una ahora —añadió él—. Y voy justo de tiempo.
—Entonces este tren se va a retrasar —dijo el hombre mayor.
—No me diga eso.
En la siguiente parada subió una mujer con una niña de chaqueta roja enorme. —Mamá, ¿por qué ese chico se mueve tanto? —preguntó la niña señalando. El chico sonrió.
—Estoy nervioso.
—¿Por qué?
—Porque llego tarde.
La niña asintió.
—Mi mamá también.
La chica no pudo evitar sonreír.
La niña se acercó a ella.
—¿Tú estás triste?
—Un poco.
—¿Por qué?
—Porque no me ha salido algo bien.
La niña se encogió de hombros.
—Pues haces otro.
La chica la miró, sorprendida.
—Supongo que sí.
De repente, el vagón se detuvo bruscamente. Las luces parpadearon.
Silencio.
—Señores pasajeros, parada por problema técnico —anunció la megafonía. —Genial… —dijo el chico—. Justo hoy.
—Te lo dije —murmuró el hombre.
Pasaron unos minutos. Suspiros. Miradas al reloj.
La niña volvió.
—¿El tren está roto?
—No —respondió la chica—, solo parado.
La niña se giró al chico.
—¿Sigues llegando tarde?
—Sí.
—Pues que esperen.
El hombre mayor sonrió.
—No es mala idea.
—Es una entrevista —explicó el chico.
La chica levantó la vista.
—La mía ya fue.
—¿Y?
—Creo que mal.
—Perfecto, así voy preparado.
El hombre cerró el periódico.
—Nunca se sabe.
Desde atrás, alguien dijo:
—A mí me llamaron después de rechazarme.
—Y a mí me cogieron llegando tarde —añadió otro.
El chico levantó una ceja.
—Vale, aún hay esperanza.
Poco a poco, más voces se sumaron. Comentarios sobre retrasos, trabajo, calor. El vagón dejó de estar en silencio.
La chica se dio cuenta de que ya no pensaba en la entrevista. —¿Qué dijiste cuando te preguntaron por el futuro? —le preguntó el chico. —Algo típico.
—Yo una vez dije “sobrevivir”.
Ella rió.
—¿Funcionó?
—No, pero se rieron.
—Eso cuenta.
El vagón hizo un ruido.
—¿Arranca? —preguntó alguien.
Nada.
—Bueno —dijo el chico—, seguimos aquí.
—No está tan mal —respondió la chica.
La niña apareció otra vez.
—¿Cuándo se mueve?
—Pronto… creo —dijo el chico.
—No estás seguro.
—Nada.
Un segundo después, el tren arrancó.
—¡Por fin! —dijo alguien.
La megafonía confirmó la reanudación.
El chico se recostó.
—Aún llego.
—Claro —dijo la chica.
El hombre mayor asintió.
—Todo sigue.
Las conversaciones se apagaron poco a poco. La chica miró por la ventana.
—Haré otro —susurró.
—¿Otro qué? —preguntó el chico.
—Intento.
La niña levantó el pulgar desde su asiento.
—¡Como los dibujos!
La chica sonrió.
—Exacto.
El metro siguió avanzando, y el ruido ya no parecía tan pesado.
La chica se sentó junto a la ventana, con el bolso sobre las rodillas y los dedos entrelazados.
—Vaya desastre… —murmuró.
El hombre mayor a su lado bajó un poco el periódico.
—¿Entrevista? —preguntó.
—Sí… y ha ido fatal.
—Eso crees ahora —respondió él con calma.
Ella suspiró.
—Podría haber respondido mejor a todo.
Enfrente, el chico de los auriculares intervino sin quitar la vista del móvil: —Siempre pasa. Luego en casa te vuelves brillante.
La chica soltó una pequeña risa.
—Exacto.
—Yo tengo una ahora —añadió él—. Y voy justo de tiempo.
—Entonces este tren se va a retrasar —dijo el hombre mayor.
—No me diga eso.
En la siguiente parada subió una mujer con una niña de chaqueta roja enorme. —Mamá, ¿por qué ese chico se mueve tanto? —preguntó la niña señalando. El chico sonrió.
—Estoy nervioso.
—¿Por qué?
—Porque llego tarde.
La niña asintió.
—Mi mamá también.
La chica no pudo evitar sonreír.
La niña se acercó a ella.
—¿Tú estás triste?
—Un poco.
—¿Por qué?
—Porque no me ha salido algo bien.
La niña se encogió de hombros.
—Pues haces otro.
La chica la miró, sorprendida.
—Supongo que sí.
De repente, el vagón se detuvo bruscamente. Las luces parpadearon.
Silencio.
—Señores pasajeros, parada por problema técnico —anunció la megafonía. —Genial… —dijo el chico—. Justo hoy.
—Te lo dije —murmuró el hombre.
Pasaron unos minutos. Suspiros. Miradas al reloj.
La niña volvió.
—¿El tren está roto?
—No —respondió la chica—, solo parado.
La niña se giró al chico.
—¿Sigues llegando tarde?
—Sí.
—Pues que esperen.
El hombre mayor sonrió.
—No es mala idea.
—Es una entrevista —explicó el chico.
La chica levantó la vista.
—La mía ya fue.
—¿Y?
—Creo que mal.
—Perfecto, así voy preparado.
El hombre cerró el periódico.
—Nunca se sabe.
Desde atrás, alguien dijo:
—A mí me llamaron después de rechazarme.
—Y a mí me cogieron llegando tarde —añadió otro.
El chico levantó una ceja.
—Vale, aún hay esperanza.
Poco a poco, más voces se sumaron. Comentarios sobre retrasos, trabajo, calor. El vagón dejó de estar en silencio.
La chica se dio cuenta de que ya no pensaba en la entrevista. —¿Qué dijiste cuando te preguntaron por el futuro? —le preguntó el chico. —Algo típico.
—Yo una vez dije “sobrevivir”.
Ella rió.
—¿Funcionó?
—No, pero se rieron.
—Eso cuenta.
El vagón hizo un ruido.
—¿Arranca? —preguntó alguien.
Nada.
—Bueno —dijo el chico—, seguimos aquí.
—No está tan mal —respondió la chica.
La niña apareció otra vez.
—¿Cuándo se mueve?
—Pronto… creo —dijo el chico.
—No estás seguro.
—Nada.
Un segundo después, el tren arrancó.
—¡Por fin! —dijo alguien.
La megafonía confirmó la reanudación.
El chico se recostó.
—Aún llego.
—Claro —dijo la chica.
El hombre mayor asintió.
—Todo sigue.
Las conversaciones se apagaron poco a poco. La chica miró por la ventana.
—Haré otro —susurró.
—¿Otro qué? —preguntó el chico.
—Intento.
La niña levantó el pulgar desde su asiento.
—¡Como los dibujos!
La chica sonrió.
—Exacto.
El metro siguió avanzando, y el ruido ya no parecía tan pesado.