Autor/a
Felipa
Categoria
Relat escolar
Subcategoria
De 13 a 17 años
Centre escolar
Col·legi Canigó de Barcelona
YO, EL CARTEL
Nadie me presenta, así que lo hago yo.
Soy el cartel de «ceda el asiento». Llevo doce años pegado en el vagón siete de la línea 2, a la altura exacta de la cabeza de una persona adulta de estatura media, lo que significa que la mayoría me usan de punto de apoyo para la frente cuando el metro frena de golpe. No es el uso para el que fui diseñado, pero ya me he acostumbrado.
Tengo compañeros. El cartel de «no comer dentro del vagón» (un hipócrita, hay migas debajo de todos los asientos). El de «viaja seguro» con la foto del hombre sonriente que lleva doce años sonriendo de la misma manera y francamente me da un poco de miedo. Y el nuevo. El cartel nuevo del vagón de al lado, con degradado azul, tipografía moderna y un código QR que lleva a no sé dónde. A mí nadie me ha puesto un QR. Yo tengo letras. Solo letras. Y aparentemente eso ya no es suficiente.
El problema no es que no me lean. El problema es cómo no me leen.
Existe una técnica, perfeccionada por años de práctica colectiva, que consiste en mirarme fijamente mientras se finge no verme. Es un arte. Un señor con auriculares la domina especialmente bien: me sostiene la mirada durante tres paradas seguidas mientras una señora mayor se sujeta a la barra con las dos manos y el bolso y los años y toda una vida encima. Yo grito en silencio. Nadie oye los gritos de un cartel.
Pero hoy.
Hoy ha subido en Sant Antoni una chica con mochila lila y zapatillas que alguien ha pintado a mano con rotulador. Ha entrado, ha mirado el vagón entero, y luego me ha mirado a mí. No de reojo. De verdad. Como si yo tuviera algo interesante que decir.
Ha leído cada palabra.
Después ha mirado al señor de los auriculares. Luego a la señora. Luego otra vez al señor.
—Perdona —le ha dicho, con esa voz tranquila que usan las personas que no necesitan gritar para que las escuchen—. ¿Te importa?
El señor se ha quitado un auricular. Solo uno.
—Es para ella —ha añadido la chica, señalando a la señora.
Ha habido un silencio de cuatro segundos. Los he contado. Luego el señor se ha levantado, se ha recolocado los auriculares, y se ha ido al otro extremo del vagón. La señora se ha sentado. Ha mirado a la chica con esa expresión que tienen las personas mayores cuando alguien hace exactamente lo que esperaban que el mundo hiciera y el mundo nunca hace.
—Gràcies, filla —ha dicho.
La chica se ha encogido de hombros como si no fuera para tanto.
Pero era para tanto.
Llevo doce años aquí pegado. Doce años de frentes, migas, miradas vacías y alguna que otra foto irónica de turistas que me señalan riéndose. Doce años gritando en silencio lo mismo.
Y hoy, por fin, alguien me ha escuchado.
Próxima parada, Paral·lel.
Soy el cartel de «ceda el asiento». Llevo doce años pegado en el vagón siete de la línea 2, a la altura exacta de la cabeza de una persona adulta de estatura media, lo que significa que la mayoría me usan de punto de apoyo para la frente cuando el metro frena de golpe. No es el uso para el que fui diseñado, pero ya me he acostumbrado.
Tengo compañeros. El cartel de «no comer dentro del vagón» (un hipócrita, hay migas debajo de todos los asientos). El de «viaja seguro» con la foto del hombre sonriente que lleva doce años sonriendo de la misma manera y francamente me da un poco de miedo. Y el nuevo. El cartel nuevo del vagón de al lado, con degradado azul, tipografía moderna y un código QR que lleva a no sé dónde. A mí nadie me ha puesto un QR. Yo tengo letras. Solo letras. Y aparentemente eso ya no es suficiente.
El problema no es que no me lean. El problema es cómo no me leen.
Existe una técnica, perfeccionada por años de práctica colectiva, que consiste en mirarme fijamente mientras se finge no verme. Es un arte. Un señor con auriculares la domina especialmente bien: me sostiene la mirada durante tres paradas seguidas mientras una señora mayor se sujeta a la barra con las dos manos y el bolso y los años y toda una vida encima. Yo grito en silencio. Nadie oye los gritos de un cartel.
Pero hoy.
Hoy ha subido en Sant Antoni una chica con mochila lila y zapatillas que alguien ha pintado a mano con rotulador. Ha entrado, ha mirado el vagón entero, y luego me ha mirado a mí. No de reojo. De verdad. Como si yo tuviera algo interesante que decir.
Ha leído cada palabra.
Después ha mirado al señor de los auriculares. Luego a la señora. Luego otra vez al señor.
—Perdona —le ha dicho, con esa voz tranquila que usan las personas que no necesitan gritar para que las escuchen—. ¿Te importa?
El señor se ha quitado un auricular. Solo uno.
—Es para ella —ha añadido la chica, señalando a la señora.
Ha habido un silencio de cuatro segundos. Los he contado. Luego el señor se ha levantado, se ha recolocado los auriculares, y se ha ido al otro extremo del vagón. La señora se ha sentado. Ha mirado a la chica con esa expresión que tienen las personas mayores cuando alguien hace exactamente lo que esperaban que el mundo hiciera y el mundo nunca hace.
—Gràcies, filla —ha dicho.
La chica se ha encogido de hombros como si no fuera para tanto.
Pero era para tanto.
Llevo doce años aquí pegado. Doce años de frentes, migas, miradas vacías y alguna que otra foto irónica de turistas que me señalan riéndose. Doce años gritando en silencio lo mismo.
Y hoy, por fin, alguien me ha escuchado.
Próxima parada, Paral·lel.