Autor/a
gersio
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

"Las buenas intenciones"

Aquella mañana estaba especialmente tranquilo. No era lo habitual, así que hice algo que solo hago cuando el mundo parece menos hostil de lo normal: quité la cancelación de ruido. Quería escuchar lo que pasaba a mi alrededor. Mala idea, normalmente.

Eso me ocurría muy de vez en cuando. La gente, en general, me generaba ansiedad. Hasta el punto de tener que bajarme del metro en mitad del trayecto. Una parada técnica. “Pit stop”, subía, aire, bajaba.

Cuando tienes TEA, el transporte público no es exactamente tu parque de atracciones favorito.

En el autobús E, camino de Sagrera, fui leyendo. La Tienda, de Stephen King. Ese era el truco. Música y lectura, multitasking. Saturar el cerebro para que no tenga tiempo de sabotearte.

Al llegar a Sagrera, había más gente de lo normal. Lo cual ya es decir. Me metí en el vagón L5. A presión. Como una lata de sardinas pero que todavía se mueven. Todo el mundo a su rollo.

A mi lado, un tipo con cara de “no te interesa mirarme mucho”. Ni de reojo. Le sonó el teléfono.

—¿Diga? —dijo con un tono que no invitaba precisamente a la conversación. Silencio.

—No me jodas… ¿cómo que no quiere?

Otro silencio. El tipo apretaba la barra del vagón con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—¿Le has dado?

Pausa.

Algo no iba bien.

—Mira, esto es cosa mía. Esa hija de puta se va a enterar. Cuando llegue, le voy a dar lo suyo. A mí no me torea ni Dios. Proyecté en mi cabeza un charco de sangre, golpes, morados, gritos... Maldita visión espacial.

Estaba visiblemente alterado. Hice un barrido por el vagón. Nadie parecía darse cuenta. O peor. Nadie quería darse cuenta.

—En diez minutos llego yo y se le van a quitar las ganas de volverlo a hacer. Siempre es la misma…

Lo decía con un desprecio que se te metía debajo de la piel. Se me erizaron los pelos. Y ahí vino el dilema. ¿Qué hacía? No había cobertura.

Llegamos a Verdaguer. Se bajó.

Y tomé la decisión que tomaría cualquier persona con dos dedos de frente: Dejarlo estar. Seguir con mi vida. Hacer como que no había oído nada.



Pues no. Fui detrás.

L4 hasta Barceloneta. Le dejé distancia. Disimulando como si fuera un tío interesante, con mochila que pasea y no como un acosador con TEA que no pestañea ni respira, y parece que lleva un palo atado a la espalda. Tenía claro que si me pillaba mi defensa iba a ser, básicamente, desmayarme.

Llamé al 112. Me dijeron que no interviniera. La policía venía de camino. Buen consejo que no seguí.

Mientras, dio vueltas y entró en un portal.

Me acerqué igual.

—A ver, ¿qué coño te pasa? Vas a hacer lo que yo diga.

Golpe seco. En mi cabeza ya tenía el guion de un capítulo de "Crims" en el cual había llegado el momento de mi sacrificio.

Entré gritando:

—¡Déjala, maltratador! ¡La policía está llegando!

Silencio.

Del incómodo.

La imagen:

Allí estaba ella, la víctima, la maltratada, una pulidora industrial de 120 kg, gris y negra. Con sus añitos, pero tenía su encanto. No sé si para perder la vida por ella, pero lo tenía. Los dos operarios llevaban uniforme de trabajoy sujetaban la parte trasera. Por su parte "el maltratador" empujaba por delante.

Me miraron.

Esa mezcla de sorpresa y “¿este de dónde ha salido?”.

Intenté explicarme. Mal. Muy mal.

Entre los nervios, los tics y la situación… no sé quién lo pasó peor.

Ellos.

La policía.

O yo.

Porque hay una ley universal que nunca falla:

Toda buena intención…

No puede quedar impune.