Autor/a
Myrga
Categoria
Relat lliure
El tramo B-17
Los turnos son siempre en pareja, por seguridad; sobre todo después de lo que ocurrió el mes pasado. Hoy no es el caso: Pedro se ha puesto enfermo en el último minuto. Con un largo suspiro, me digo que no pasa nada. Es un tramo corto.
Me cuelgo la linterna del cuello, compruebo la radio y empujo la puerta metálica que da a la galería. Se cierra tras de mí con estruendo y la luz de la salita me abandona. Arriba, queda tan sólo un murmullo eléctrico constante. Abajo, en el túnel, el hueco.
—Central, inicio inspección tramo B-12 —comunico por radio.
Un chasquido. Luego, silencio.
Avanzo por el lateral de la vía del metro, la oscuridad engulléndome a los pocos pasos. Me concentro en enfocar con la linterna todo lo que necesita ser revisado: Una bombilla fundida, un charco cerca del drenaje, nada fuera de lo común. Apunto el kilómetro.
A los pocos minutos, el leve zumbido, casi imperceptible, de la ventilación, se para. La temperatura ha bajado un par de grados desde que salí de la sala de control y la humedad es más fuerte aquí. El aire es denso y pesado y las partículas traen un fuerte olor terroso que me recuerda a cartón mojado y polvoriento.
—Central, ¿me recibes? —intento.
Nada.
El túnel se curva ligeramente a un lado a medida que avanzo. Todo está en su sitio: los cables, los anclajes, las señales pintadas en la pared… En uno de los nichos de emergencia, encuentro una botella de plástico en el suelo. No es raro encontrar basura, pero esta está colocada justo en el medio del paso, de pie. Se ve reciente. Nueva, sin abrir. Con un suspiro, la recojo y apresuro el paso. No sé cuánto rato llevo aquí abajo, pero es demasiado.
Suena un golpe seco a mi espalda.
Me giro de inmediato y alumbro con recelo, pero no hay nada. Sin embargo, espero. Espero a que salte una sombra de cualquier resquicio y rezo por una rata o una cucaracha, incluso. Cuento hasta cinco. Debe de haber sido el chasquido de la dilatación de algún metal, un ajuste en la vía. Es habitual, pero hoy todo me da mala espina.
Sintiendo un cosquilleo en mi espina dorsal, sigo hacia delante hasta que encuentro la marca que buscaba: pintura amarilla, algo descascarillada. Tengo que dar la vuelta. He terminado, pero no logro sentir alivio, más bien al revés.
Ya de vuelta, veo que el nicho de seguridad de antes tiene una botella, nueva, en mitad del paso. Parpadeo. Me asalta la necesidad de abrir la bolsa y comprobar que la he recogido, pero no quiero apartar mis ojos de ella. Ominoso.
Decido que no voy a acercarme y me alejo, dando largas zancadas.
TMB no me paga lo suficiente para esto.
—Central, finalizando tramo B-12 —anuncio, más para mí que para ellos.
Un crujido breve en la radio, ininteligible. Cuando ya estoy llegando, otro ruido vuelve a ponerme en guardia. No es un golpe esta vez, si no un ritmo suave e irregular, igual que mis pasos. Pisadas.
Me detengo. El sonido también. Continúo. El sonido vuelve.
Es esa cosa. No cabe duda. La que puso en cuarentena al B-17 el mes pasado.
Echo a correr, con la sangre bombeando a mis piernas con fuerza. El sonido está cada vez más cerca. Me impulso hasta que toco la puerta metálica de nuevo y cruzo el umbral sin pensar ni mirar atrás.
El zumbido de arriba regresa de golpe, la luz de la salita cegándome durante un par de segundos. Me apoyo contra la pared, respirando de forma agitada.
La radio crepita.
—B-12, ¿todo en orden? —pregunta central, sin interferencias por fin.
No respondo enseguida. No puedo despegar los ojos de la puerta.
Me cuelgo la linterna del cuello, compruebo la radio y empujo la puerta metálica que da a la galería. Se cierra tras de mí con estruendo y la luz de la salita me abandona. Arriba, queda tan sólo un murmullo eléctrico constante. Abajo, en el túnel, el hueco.
—Central, inicio inspección tramo B-12 —comunico por radio.
Un chasquido. Luego, silencio.
Avanzo por el lateral de la vía del metro, la oscuridad engulléndome a los pocos pasos. Me concentro en enfocar con la linterna todo lo que necesita ser revisado: Una bombilla fundida, un charco cerca del drenaje, nada fuera de lo común. Apunto el kilómetro.
A los pocos minutos, el leve zumbido, casi imperceptible, de la ventilación, se para. La temperatura ha bajado un par de grados desde que salí de la sala de control y la humedad es más fuerte aquí. El aire es denso y pesado y las partículas traen un fuerte olor terroso que me recuerda a cartón mojado y polvoriento.
—Central, ¿me recibes? —intento.
Nada.
El túnel se curva ligeramente a un lado a medida que avanzo. Todo está en su sitio: los cables, los anclajes, las señales pintadas en la pared… En uno de los nichos de emergencia, encuentro una botella de plástico en el suelo. No es raro encontrar basura, pero esta está colocada justo en el medio del paso, de pie. Se ve reciente. Nueva, sin abrir. Con un suspiro, la recojo y apresuro el paso. No sé cuánto rato llevo aquí abajo, pero es demasiado.
Suena un golpe seco a mi espalda.
Me giro de inmediato y alumbro con recelo, pero no hay nada. Sin embargo, espero. Espero a que salte una sombra de cualquier resquicio y rezo por una rata o una cucaracha, incluso. Cuento hasta cinco. Debe de haber sido el chasquido de la dilatación de algún metal, un ajuste en la vía. Es habitual, pero hoy todo me da mala espina.
Sintiendo un cosquilleo en mi espina dorsal, sigo hacia delante hasta que encuentro la marca que buscaba: pintura amarilla, algo descascarillada. Tengo que dar la vuelta. He terminado, pero no logro sentir alivio, más bien al revés.
Ya de vuelta, veo que el nicho de seguridad de antes tiene una botella, nueva, en mitad del paso. Parpadeo. Me asalta la necesidad de abrir la bolsa y comprobar que la he recogido, pero no quiero apartar mis ojos de ella. Ominoso.
Decido que no voy a acercarme y me alejo, dando largas zancadas.
TMB no me paga lo suficiente para esto.
—Central, finalizando tramo B-12 —anuncio, más para mí que para ellos.
Un crujido breve en la radio, ininteligible. Cuando ya estoy llegando, otro ruido vuelve a ponerme en guardia. No es un golpe esta vez, si no un ritmo suave e irregular, igual que mis pasos. Pisadas.
Me detengo. El sonido también. Continúo. El sonido vuelve.
Es esa cosa. No cabe duda. La que puso en cuarentena al B-17 el mes pasado.
Echo a correr, con la sangre bombeando a mis piernas con fuerza. El sonido está cada vez más cerca. Me impulso hasta que toco la puerta metálica de nuevo y cruzo el umbral sin pensar ni mirar atrás.
El zumbido de arriba regresa de golpe, la luz de la salita cegándome durante un par de segundos. Me apoyo contra la pared, respirando de forma agitada.
La radio crepita.
—B-12, ¿todo en orden? —pregunta central, sin interferencias por fin.
No respondo enseguida. No puedo despegar los ojos de la puerta.