Autor/a
gersio
Categoria
Relat lliure
"error de cálculo el la L5"
Todo empezó el día que me cambiaron el turno en la universidad. Es decir, el día en que mi vida decidió que dormir era opcional.
A partir de entonces tenía que coger el autobús E a las 6:45; luego, en Sagrera, la L5 dirección Cornellà hasta Sants y, para rematar la experiencia cercana a la muerte, la L3 hasta Palau Reial.
La combinación era la misma de los últimos dos años. La única diferencia era que ahora había menos gente... Nada importante.
Hasta que la vi.
Esa persona era distinta. No en plan “lleva calcetines raros”, no. Distinta de verdad. Vestía bien, leía un libro de papel (como si viviéramos en el siglo pasado), escuchaba música con un solo auricular y, lo más inquietante de todo, no miraba el móvil. Sospechoso.
Después de varios días descubrí que hacía el mismo trayecto que yo y, al cabo de un mes, que entraba en la misma facultad. Vamos, que el destino ya estaba siendo demasiado obvio.
Llegó el deshielo y empezamos a quitarnos capas de ropa. Yo, por mi parte, también me fui quitando la dignidad, centímetro a centímetro, enamorándome de cada trozo de piel expuesto.
Lo máximo que me había atrevido a decir era:
—Buenos días.
Guau. Premio Pulitzer a la conversación del año.
El problema era que no me atrevía a más. Básicamente porque mi cerebro decidía apagarse cada vez que esa persona estaba a menos de dos metros.
Llegó el verano y ya estábamos acostumbrados a vernos todo el trayecto. Las puertas se abrían, se cerraban, escaleras mecánicas, salida, entrada y gente, mucha gente. El día de la marmota, pero empezaba a no tener gracia.
Un día me atreví a seguirla. Sí, sé cómo suena. En mi defensa diré que lo hice con mucha timidez.
Al llegar a la facultad, descubrí que tenía el despacho en el ala sur. El limbo de los interinos. Ese lugar donde las esperanzas de una plaza fija van a morir lentamente… y donde yo pasaba por delante fingiendo que buscaba un baño que no existía desde 2003.
Seguía sin atreverme a hablar. Nos mirábamos entre los vagones del metro, en el bus, desde lejos, pero nada más. Nivel de interacción: documental de pingüinos.
Llegaron las vacaciones y pensé que no nos volveríamos a ver. Dramatismo el justo.
En septiembre, el primer día, llegué a la parada veinte minutos antes. Ansiedad nivel: persona que revisa si ha cerrado la puerta cinco veces.
Llegó un autobús, pero no era el mío. El siguiente sí.
Y entonces, al entrar, alguien me dijo:
—¿Qué tal? ¿Cómo ha ido el verano?
Yo, intentando parecer funcional como ser humano, respondí con educación. Me ofreció el asiento a su lado. Error. Grave error.
Ahí empezó la verdadera historia de amor: hacíamos el viaje juntos, nos veíamos en la facultad para tomar café, incluso había días que volvíamos juntos. Cada día mi amor era más grande y mi sentido común más pequeño.
Hasta que un día me lancé.
En el autobús E de vuelta, en una de las bromas que me hacía, le di un beso en los labios esperando respuesta.
Y la hubo.
Solo que no la que esperaba.
—Lo siento, Maite. Es verdad que te he dicho que no tenía pareja —dijo Jaime—. Pero me gustan los hombres.
A partir de entonces tenía que coger el autobús E a las 6:45; luego, en Sagrera, la L5 dirección Cornellà hasta Sants y, para rematar la experiencia cercana a la muerte, la L3 hasta Palau Reial.
La combinación era la misma de los últimos dos años. La única diferencia era que ahora había menos gente... Nada importante.
Hasta que la vi.
Esa persona era distinta. No en plan “lleva calcetines raros”, no. Distinta de verdad. Vestía bien, leía un libro de papel (como si viviéramos en el siglo pasado), escuchaba música con un solo auricular y, lo más inquietante de todo, no miraba el móvil. Sospechoso.
Después de varios días descubrí que hacía el mismo trayecto que yo y, al cabo de un mes, que entraba en la misma facultad. Vamos, que el destino ya estaba siendo demasiado obvio.
Llegó el deshielo y empezamos a quitarnos capas de ropa. Yo, por mi parte, también me fui quitando la dignidad, centímetro a centímetro, enamorándome de cada trozo de piel expuesto.
Lo máximo que me había atrevido a decir era:
—Buenos días.
Guau. Premio Pulitzer a la conversación del año.
El problema era que no me atrevía a más. Básicamente porque mi cerebro decidía apagarse cada vez que esa persona estaba a menos de dos metros.
Llegó el verano y ya estábamos acostumbrados a vernos todo el trayecto. Las puertas se abrían, se cerraban, escaleras mecánicas, salida, entrada y gente, mucha gente. El día de la marmota, pero empezaba a no tener gracia.
Un día me atreví a seguirla. Sí, sé cómo suena. En mi defensa diré que lo hice con mucha timidez.
Al llegar a la facultad, descubrí que tenía el despacho en el ala sur. El limbo de los interinos. Ese lugar donde las esperanzas de una plaza fija van a morir lentamente… y donde yo pasaba por delante fingiendo que buscaba un baño que no existía desde 2003.
Seguía sin atreverme a hablar. Nos mirábamos entre los vagones del metro, en el bus, desde lejos, pero nada más. Nivel de interacción: documental de pingüinos.
Llegaron las vacaciones y pensé que no nos volveríamos a ver. Dramatismo el justo.
En septiembre, el primer día, llegué a la parada veinte minutos antes. Ansiedad nivel: persona que revisa si ha cerrado la puerta cinco veces.
Llegó un autobús, pero no era el mío. El siguiente sí.
Y entonces, al entrar, alguien me dijo:
—¿Qué tal? ¿Cómo ha ido el verano?
Yo, intentando parecer funcional como ser humano, respondí con educación. Me ofreció el asiento a su lado. Error. Grave error.
Ahí empezó la verdadera historia de amor: hacíamos el viaje juntos, nos veíamos en la facultad para tomar café, incluso había días que volvíamos juntos. Cada día mi amor era más grande y mi sentido común más pequeño.
Hasta que un día me lancé.
En el autobús E de vuelta, en una de las bromas que me hacía, le di un beso en los labios esperando respuesta.
Y la hubo.
Solo que no la que esperaba.
—Lo siento, Maite. Es verdad que te he dicho que no tenía pareja —dijo Jaime—. Pero me gustan los hombres.