Autor/a
Aina
Categoria
Relat lliure
El Viaje Asfixiante
“Ese día llovía mucho. Recuerdo pensar que la mejor idea sería coger el metro, así me mojaría menos. Mi trabajo no estaba lejos de casa, tan solo 10 minutos usando la línea roja.
Esta línea de metro suele ser concurrida, en días de lluvia parece que todavía más, ya me había mentalizado para ir como sardinas dentro del vagón. Bajé despacio las escaleras resbaladizas del agua goteando de los paraguas cerrados, pasé la tarjeta por el lector para entrar, sospechosamente sin hacer cola, y luego silencio. No había el típico ajetreo de un miércoles a las 8 de la mañana; no había personas con maletines, niños corriendo con sus familias para llegar al colegio o jóvenes con mochilas cargadas de libros. Vacío.
Miré a mi alrededor totalmente confundida, un escalofrío recorrió mi espalda, sentí los pelos de mi nuca ponerse de punta.
En ese momento sonaron 20 alarmas en mi cabeza y 50, incluso 100. Todas ellas gritaban que me fuera, que volviera por donde había entrado, que había algo extraño. Aún así mi cuerpo se movía solo, en automático, reproduciendo la rutina ya aprendida. Caminaba directa a coger el metro, con el corazón a mil, los ojos mirando a todos lados en busca de alguien como yo; asustada, confundida y sobre todo sola. Nada, o mejor dicho: nadie.
Era imposible. Mis piernas estaban congeladas, parada delante de la vía, mi cerebro mandaba señales una y otra vez pensando solamente en echar a correr. En momentos así la imaginación vuela, recuerdo pensar que si me ponía a huir entonces empezarían a seguirme; ¿seguirme quién?
Escuché el característico ruido del metro llegando, las luces del primer vagón y los segundos de la pantalla de información cambiaron para indicar que ya se podía entrar. ¿Subir sin conductor? La cabina estaba vacía, igual que la estación, igual que cada vagón. De nuevo, mi cuerpo funcionaba por sí solo, y sí, me subí.
El pitido de aviso de cierre de puertas interrumpió el pesado y terrorífico silencio, el metro arrancó y me agarré de la barra metálica para mantener el equilibrio. Acostumbrada a no sentarme me quedé allí estática, de pie, mirando todos los asientos vacíos. Sentí una suave brisa cálida, casi como un soplo, que venía desde atrás, como cuando hay tanta gente apretada que sientes la respiración de la persona que tienes al lado. Me giré por instinto, aterrada, con la mano hecha un puño preparada para golpear, pero solo le di al aire, a la nada.
Mi respiración cada vez era más acelerada, acercándose peligrosamente a hiperventilar. En ese momento alguien, no, algo me empujó. No fue muy fuerte, solo lo suficiente para apartarme un poco de la salida. Me temblaban las piernas, ¿qué estaba pasando? ¿Qué había en ese metro? Las luces empezaron a parpadear y de un frenazo brusco todo se paró. Me abracé a la barra salvándome de lo que hubiera sido una caída dolorosa y las puertas se abrieron.
No estábamos en una parada. En el túnel a oscuras fuera del vagón se escuchaban sonidos que me provocaron un sudor frío. Casi sin pensarlo me asomé.”
¡Bú! -grito para ver como todos dan un pequeño salto en sus sillas y empiezo a reírme.
¡No se vale! -se queja una alumna.
¿Pero qué pasa al final? -pregunta otro.
Lo sabréis otro día, hoy no da tiempo. -contesto mirando mi reloj.
Todos mis alumnos se quejan y empiezan a inventar diferentes finales de la historia; monstruos, portales, sueños y hasta trastornos. Mientras, yo miro sonriendo mi última página. Totalmente blanca. Totalmente inacabada.
Esta línea de metro suele ser concurrida, en días de lluvia parece que todavía más, ya me había mentalizado para ir como sardinas dentro del vagón. Bajé despacio las escaleras resbaladizas del agua goteando de los paraguas cerrados, pasé la tarjeta por el lector para entrar, sospechosamente sin hacer cola, y luego silencio. No había el típico ajetreo de un miércoles a las 8 de la mañana; no había personas con maletines, niños corriendo con sus familias para llegar al colegio o jóvenes con mochilas cargadas de libros. Vacío.
Miré a mi alrededor totalmente confundida, un escalofrío recorrió mi espalda, sentí los pelos de mi nuca ponerse de punta.
En ese momento sonaron 20 alarmas en mi cabeza y 50, incluso 100. Todas ellas gritaban que me fuera, que volviera por donde había entrado, que había algo extraño. Aún así mi cuerpo se movía solo, en automático, reproduciendo la rutina ya aprendida. Caminaba directa a coger el metro, con el corazón a mil, los ojos mirando a todos lados en busca de alguien como yo; asustada, confundida y sobre todo sola. Nada, o mejor dicho: nadie.
Era imposible. Mis piernas estaban congeladas, parada delante de la vía, mi cerebro mandaba señales una y otra vez pensando solamente en echar a correr. En momentos así la imaginación vuela, recuerdo pensar que si me ponía a huir entonces empezarían a seguirme; ¿seguirme quién?
Escuché el característico ruido del metro llegando, las luces del primer vagón y los segundos de la pantalla de información cambiaron para indicar que ya se podía entrar. ¿Subir sin conductor? La cabina estaba vacía, igual que la estación, igual que cada vagón. De nuevo, mi cuerpo funcionaba por sí solo, y sí, me subí.
El pitido de aviso de cierre de puertas interrumpió el pesado y terrorífico silencio, el metro arrancó y me agarré de la barra metálica para mantener el equilibrio. Acostumbrada a no sentarme me quedé allí estática, de pie, mirando todos los asientos vacíos. Sentí una suave brisa cálida, casi como un soplo, que venía desde atrás, como cuando hay tanta gente apretada que sientes la respiración de la persona que tienes al lado. Me giré por instinto, aterrada, con la mano hecha un puño preparada para golpear, pero solo le di al aire, a la nada.
Mi respiración cada vez era más acelerada, acercándose peligrosamente a hiperventilar. En ese momento alguien, no, algo me empujó. No fue muy fuerte, solo lo suficiente para apartarme un poco de la salida. Me temblaban las piernas, ¿qué estaba pasando? ¿Qué había en ese metro? Las luces empezaron a parpadear y de un frenazo brusco todo se paró. Me abracé a la barra salvándome de lo que hubiera sido una caída dolorosa y las puertas se abrieron.
No estábamos en una parada. En el túnel a oscuras fuera del vagón se escuchaban sonidos que me provocaron un sudor frío. Casi sin pensarlo me asomé.”
¡Bú! -grito para ver como todos dan un pequeño salto en sus sillas y empiezo a reírme.
¡No se vale! -se queja una alumna.
¿Pero qué pasa al final? -pregunta otro.
Lo sabréis otro día, hoy no da tiempo. -contesto mirando mi reloj.
Todos mis alumnos se quejan y empiezan a inventar diferentes finales de la historia; monstruos, portales, sueños y hasta trastornos. Mientras, yo miro sonriendo mi última página. Totalmente blanca. Totalmente inacabada.