Autor/a
Maleta Azul
Categoria
Relat lliure
Entre maletas y calles
Aquella mañana no podía permitirme fallar. Tenía que coger primero un bus dentro de la ciudad y luego otro que me llevaría fuera de Barcelona. Perder el primero significaba perder toda la mañana y, quizás, retrasar mi despedida de la ciudad.
A lo lejos, vi el 7 ya en la parada. Crucé la Gran Vía por el paso de cebra, sofocada y arrastrando dos maletas. Al llegar a la otra acera, corrí por el carril bus con la esperanza de que el conductor me viera y detectara mi urgencia, mientras los últimos pasajeros subían. Me miró con cara de pocos amigos.
Por suerte, llegué a tiempo.
- ¡Buenos días!
- Las aceras están para algo -respondió seco-. La próxima vez, utilícelas.
No rechisté. Tenía razón.
Pasé la T-mobilitat por la validadora. Pitó y mostró la pantalla verde. Avancé con cierta dificultad por las maletas hasta el primer asiento libre. Había tenido suerte: podría tenerlas cerca de mí. Las coloqué en el espacio de carritos, procurando que no molestaran.
Me quedaban veinte días para que caducara la T-Jove. En dos días cumpliría los treinta. Y entonces pensé que no te das cuenta de que se acaba la juventud hasta que empiezan a desaparecer sus ventajas: la cuenta del banco sin comisiones, la tarifa del gimnasio más barata, las actividades del Carnet Jove... y, por supuesto, la T-Jove.
Mientras el bus arrancaba, con la idea de mis últimos días de juventud rondando la cabeza, el sol empezaba a asomarse entre los edificios de la ciudad, iluminando las fachadas, a los primeros turistas y a los 'pixapins' de aquel sábado por la mañana. Dos paradas después subió un niño con su padre. Nadie se movió; todos miraban el móvil. Me levanté y le cedí mi asiento.
- ¿Qué se dice? - preguntó el padre.
- Muchas gracias, señora. - dijo el niño.
¡Señora...! ¿A mí me dice eso? Apreté los labios y me limité a sonreír.
Me situé entre mis maletas y las agarré con fuerza; me habían acompañado durante los últimos tres años en cada mudanza, saltando de habitación en habitación entre Plaça de Sants, Tetuan y Joanic, entre alquileres que subían, pisos que se vendían, cocinas sucias y conversaciones incómodas.
Durante el trayecto, el bus se fue llenando rápidamente. De pronto, dio un bote que me arrancó de mis pensamientos. Enlatada entre la gente y con las manos ocupadas, perdí el equilibrio y estuve a punto de caer, pero alguien me sujetó a tiempo.
Nos habíamos detenido frente a la Casa Batlló, mi edificio favorito de Barcelona. Pensé: Mira que me he cambiado veces de habitación... ¡y nunca tuve la oportunidad de vivir aquí! Me reí por dentro solo de pensarlo. La miré a través de la ventana por última vez: los balcones con forma de calavera, el 'trencadís' que cubría su fachada, los colores... parecía un edificio con vida propia. Cada detalle, cada curva tenía algo mágico. No veía el tejado con forma de dragón ni la chimenea con la cruz, pero los recordaba perfectamente.
El bus siguió circulando. Suspiré con una mezcla de nostalgia y alegría. Barcelona me había regalado los mejores años de mi vida y,aunque no tenía claro qué había cambiado en mí, hacía tiempo que tenía la necesidad de pasar a otra nueva etapa lejos del bullicio de la ciudad.
Casi sin darme cuenta, con lágrimas en los ojos, pensé: Gracias Barcelona por tanto.
A lo lejos, vi el 7 ya en la parada. Crucé la Gran Vía por el paso de cebra, sofocada y arrastrando dos maletas. Al llegar a la otra acera, corrí por el carril bus con la esperanza de que el conductor me viera y detectara mi urgencia, mientras los últimos pasajeros subían. Me miró con cara de pocos amigos.
Por suerte, llegué a tiempo.
- ¡Buenos días!
- Las aceras están para algo -respondió seco-. La próxima vez, utilícelas.
No rechisté. Tenía razón.
Pasé la T-mobilitat por la validadora. Pitó y mostró la pantalla verde. Avancé con cierta dificultad por las maletas hasta el primer asiento libre. Había tenido suerte: podría tenerlas cerca de mí. Las coloqué en el espacio de carritos, procurando que no molestaran.
Me quedaban veinte días para que caducara la T-Jove. En dos días cumpliría los treinta. Y entonces pensé que no te das cuenta de que se acaba la juventud hasta que empiezan a desaparecer sus ventajas: la cuenta del banco sin comisiones, la tarifa del gimnasio más barata, las actividades del Carnet Jove... y, por supuesto, la T-Jove.
Mientras el bus arrancaba, con la idea de mis últimos días de juventud rondando la cabeza, el sol empezaba a asomarse entre los edificios de la ciudad, iluminando las fachadas, a los primeros turistas y a los 'pixapins' de aquel sábado por la mañana. Dos paradas después subió un niño con su padre. Nadie se movió; todos miraban el móvil. Me levanté y le cedí mi asiento.
- ¿Qué se dice? - preguntó el padre.
- Muchas gracias, señora. - dijo el niño.
¡Señora...! ¿A mí me dice eso? Apreté los labios y me limité a sonreír.
Me situé entre mis maletas y las agarré con fuerza; me habían acompañado durante los últimos tres años en cada mudanza, saltando de habitación en habitación entre Plaça de Sants, Tetuan y Joanic, entre alquileres que subían, pisos que se vendían, cocinas sucias y conversaciones incómodas.
Durante el trayecto, el bus se fue llenando rápidamente. De pronto, dio un bote que me arrancó de mis pensamientos. Enlatada entre la gente y con las manos ocupadas, perdí el equilibrio y estuve a punto de caer, pero alguien me sujetó a tiempo.
Nos habíamos detenido frente a la Casa Batlló, mi edificio favorito de Barcelona. Pensé: Mira que me he cambiado veces de habitación... ¡y nunca tuve la oportunidad de vivir aquí! Me reí por dentro solo de pensarlo. La miré a través de la ventana por última vez: los balcones con forma de calavera, el 'trencadís' que cubría su fachada, los colores... parecía un edificio con vida propia. Cada detalle, cada curva tenía algo mágico. No veía el tejado con forma de dragón ni la chimenea con la cruz, pero los recordaba perfectamente.
El bus siguió circulando. Suspiré con una mezcla de nostalgia y alegría. Barcelona me había regalado los mejores años de mi vida y,aunque no tenía claro qué había cambiado en mí, hacía tiempo que tenía la necesidad de pasar a otra nueva etapa lejos del bullicio de la ciudad.
Casi sin darme cuenta, con lágrimas en los ojos, pensé: Gracias Barcelona por tanto.