Autor/a
Albitta Fdez
Categoria
Relat lliure
Pedaleando hasta volver a mí
Júlia me dijo de quedar con sus amigos a las 17h, después de salir del instituto.
Son las 16:47h y aún no he puesto rumbo al parque de la Ciutadella, nuestro lugar origen desde donde siempre comenzamos las pequeñas rutas.
Me dispongo a abrir en mi dispositivo móvil la aplicación de Ambici, que desde hace unas semanas, al comenzar el grado superior y con la motivación de reducir los cuarenta minutos de trayecto desde casa, se ha vuelto mi obsesión.
Escanéo el código QR de la bicicleta, abriendo así el candado, y subiendo en ella comienzo el trayecto, con la esperanza de no hacer esperar a las personas que estaba por conocer.
…
Las cinco letras de su nombre retumbaban en mi cabeza desde hace ya un par de semanas.
Nunca pensé conectar tan bien con una persona, sobretodo cuando ni siquiera contabas con encontrarla.
Jaume, uno de aquellos chicos que me presentó mi mejor amiga, no pasó desapercibido para mí.
Con él cualquier chiste parecía demasiado, y el tiempo siempre demasiado poco.
Hoy, como desde hace cinco días consecutivos, me dirijo con el teléfono en mano a la parada de bicicletas de la TMB decidida a escanear la única que queda en este estacionamiento ya que, durante la última semana, nuestros encuentros para la hora de comer se habían vuelto recurrentes.
No sé qué comeremos hoy, pero sí sé que las mariposas que llevo sintiendo en el estómago desde el día en que lo conocí no se irán solo al tragar un pedazo de hamburguesa con un vaso de agua.
…
Pedaleaba a toda velocidad para llegar a casa antes del toque de queda.
No podía dejar de pensar en el maravilloso día de hoy, nuestra primera cita de verdad.
Todo había sido maravilloso; él se había encargado de eso.
Mis flores favoritas, los tulipanes rosas, me habían sido regalados en un ramo precioso justo al inicio de la velada.
Fuimos a cenar a nuestro restaurante por excelencia, donde comí mi plato preferido, un risotto de setas y, para finalizar y coronar todo, nos dimos nuestro primer beso después de pasear en el parque en el que nos conocimos.
La escena parecía sacada de esas historias de amor que me encanta leer, donde si fuera la protagonista de uno de ellos lo describiría como mágico, de ensueño.
Daba igual la reprimenda que fuera a darme mi madre por tardar en volver a casa, que la sonrisa de mi cara parecía ser inmortal.
…
La escena daba vueltas en mi cabeza y revolvía mi estómago.
Mis ojos se empañaban, llenos de lágrimas, y no me dejaban ver bien mi ruta, que parecía no tener un destino claro.
Ver como, después de un año juntos, de tantas risas, incontables te quiero y de infinidad de promesas, los labios que había rozado no eran los míos.
Esa chica que, entre risas, que sin vergüenza alguna vino a enseñarme ese vídeo de fiesta mayor en el barrio, me rompió por completo.
No tenía fuerzas para enfrentarlo, al menos no en esta ocasión.
Mi corazón latía taquicárdico, dañándome la fuerza con la que golpeaba mis costillas. Mi respiración se entrecortaba, y mis manos temblaban en el manillar.
Parece ser que, cuando tu mente no está preparada para procesar una información que te niegas a creer, todo tu cuerpo reacciona ante ello como una alergia, una mala picadura envenenada que poco a poco acaba con tu energia.
Tiro con rabia mi bicicleta, la bicicleta que tanto ha visto y que tanto podría contar.
La lanzo con rabia contra el suelo y, abatida, me dejo caer en el césped de la Ciutadella con un último esfuerzo, en un último suspiro.
Son las 16:47h y aún no he puesto rumbo al parque de la Ciutadella, nuestro lugar origen desde donde siempre comenzamos las pequeñas rutas.
Me dispongo a abrir en mi dispositivo móvil la aplicación de Ambici, que desde hace unas semanas, al comenzar el grado superior y con la motivación de reducir los cuarenta minutos de trayecto desde casa, se ha vuelto mi obsesión.
Escanéo el código QR de la bicicleta, abriendo así el candado, y subiendo en ella comienzo el trayecto, con la esperanza de no hacer esperar a las personas que estaba por conocer.
…
Las cinco letras de su nombre retumbaban en mi cabeza desde hace ya un par de semanas.
Nunca pensé conectar tan bien con una persona, sobretodo cuando ni siquiera contabas con encontrarla.
Jaume, uno de aquellos chicos que me presentó mi mejor amiga, no pasó desapercibido para mí.
Con él cualquier chiste parecía demasiado, y el tiempo siempre demasiado poco.
Hoy, como desde hace cinco días consecutivos, me dirijo con el teléfono en mano a la parada de bicicletas de la TMB decidida a escanear la única que queda en este estacionamiento ya que, durante la última semana, nuestros encuentros para la hora de comer se habían vuelto recurrentes.
No sé qué comeremos hoy, pero sí sé que las mariposas que llevo sintiendo en el estómago desde el día en que lo conocí no se irán solo al tragar un pedazo de hamburguesa con un vaso de agua.
…
Pedaleaba a toda velocidad para llegar a casa antes del toque de queda.
No podía dejar de pensar en el maravilloso día de hoy, nuestra primera cita de verdad.
Todo había sido maravilloso; él se había encargado de eso.
Mis flores favoritas, los tulipanes rosas, me habían sido regalados en un ramo precioso justo al inicio de la velada.
Fuimos a cenar a nuestro restaurante por excelencia, donde comí mi plato preferido, un risotto de setas y, para finalizar y coronar todo, nos dimos nuestro primer beso después de pasear en el parque en el que nos conocimos.
La escena parecía sacada de esas historias de amor que me encanta leer, donde si fuera la protagonista de uno de ellos lo describiría como mágico, de ensueño.
Daba igual la reprimenda que fuera a darme mi madre por tardar en volver a casa, que la sonrisa de mi cara parecía ser inmortal.
…
La escena daba vueltas en mi cabeza y revolvía mi estómago.
Mis ojos se empañaban, llenos de lágrimas, y no me dejaban ver bien mi ruta, que parecía no tener un destino claro.
Ver como, después de un año juntos, de tantas risas, incontables te quiero y de infinidad de promesas, los labios que había rozado no eran los míos.
Esa chica que, entre risas, que sin vergüenza alguna vino a enseñarme ese vídeo de fiesta mayor en el barrio, me rompió por completo.
No tenía fuerzas para enfrentarlo, al menos no en esta ocasión.
Mi corazón latía taquicárdico, dañándome la fuerza con la que golpeaba mis costillas. Mi respiración se entrecortaba, y mis manos temblaban en el manillar.
Parece ser que, cuando tu mente no está preparada para procesar una información que te niegas a creer, todo tu cuerpo reacciona ante ello como una alergia, una mala picadura envenenada que poco a poco acaba con tu energia.
Tiro con rabia mi bicicleta, la bicicleta que tanto ha visto y que tanto podría contar.
La lanzo con rabia contra el suelo y, abatida, me dejo caer en el césped de la Ciutadella con un último esfuerzo, en un último suspiro.