Autor/a
Eco
Categoria
Relat lliure
Sedimiento
El autobús avanza como si masticara la calle. Frena. Las puertas se abren y el aire respira hacia afuera.
Una madre sube con los auriculares clavados en las orejas.
—Sí, estoy entrando ahora… no, no, espera…
El niño tira de su chaqueta.
—Mamá…
Ella levanta un dedo.
—Espera un momento.
Sigue hablando mientras avanza por el pasillo. El niño la sigue, intentando no perderla.
Un bosque de brazos, piernas y mochilas se abre y se cierra a su paso. Nadie mira hacia abajo. Nadie lo ve. Llegan al fondo y se sientan. Sus pies se balancean colgando.
—¿Puedes estarte quieto? —dice ella.
Las palabras caen al suelo como migas. Él detiene el movimiento y se pierde en el cristal empañado. El mundo pasa sin detenerse.
Llegan risas desde el auricular. La comisura de la boca de su madre se curva. Una sonrisa que no es para él.
Observa el espacio vacío del cristal como si necesitara llenarlo con algo y, al apoyar la yema del dedo en la humedad, el frío le acaricia y muerde la piel. Escribe su nombre abriendo surcos en el vaho, como si en ese momento no escribirlo fuera imposible.
La manga de su madre cruza el cristal y el nombre se deshace.
—Para, que está sucio.
El niño baja la mirada. Sus dedos se repliegan sobre sí mismos. Ella vuelve al auricular, se pierde en otra risa, en otra frase.
Y algo tira de él, una gravedad suave pero obstinada, y vuelve a escribirlo, esta vez cubriéndolo con la mano, como si lo protegiera.
El autobús frena. Los cuerpos se balancean. Y en ese momento el niño alza la cabeza.
Un hombre mayor avanza despacio por el pasillo y se sienta frente a ellos. Abrigo oscuro, cejas pobladas y manos grandes, surcadas de venas como raíces.
Se sienta. Observa el cristal. Luego al niño. Luego a la madre.
El pequeño se encoge un centímetro más.
Entonces el hombre exhala suavemente sobre el cristal y el vaho florece. Acerca el dedo y empieza a escribir despacio.
El niño lo mira fijamente. Sigue el movimiento del dedo. Las líneas que aparecen. El trazo que sube, baja y dibuja un nombre.
Cuando termina, sus miradas se cruzan y en el cristal empañado se leen dos nombres, uno junto al otro. Diferentes y, al mismo tiempo, iguales.
El niño sonríe.
El autobús sigue su ruta como si nada, aunque en esos dos asientos todo ha cambiado. Parada a parada, las letras se vuelven borrosas, desdibujándose entre el subir y bajar de la gente.
La madre se levanta y el niño la sigue, dando un último vistazo al hombre y al cristal.
Ya no queda nada.
Pero por algún motivo siente que hay algo que no ha desaparecido.
Una madre sube con los auriculares clavados en las orejas.
—Sí, estoy entrando ahora… no, no, espera…
El niño tira de su chaqueta.
—Mamá…
Ella levanta un dedo.
—Espera un momento.
Sigue hablando mientras avanza por el pasillo. El niño la sigue, intentando no perderla.
Un bosque de brazos, piernas y mochilas se abre y se cierra a su paso. Nadie mira hacia abajo. Nadie lo ve. Llegan al fondo y se sientan. Sus pies se balancean colgando.
—¿Puedes estarte quieto? —dice ella.
Las palabras caen al suelo como migas. Él detiene el movimiento y se pierde en el cristal empañado. El mundo pasa sin detenerse.
Llegan risas desde el auricular. La comisura de la boca de su madre se curva. Una sonrisa que no es para él.
Observa el espacio vacío del cristal como si necesitara llenarlo con algo y, al apoyar la yema del dedo en la humedad, el frío le acaricia y muerde la piel. Escribe su nombre abriendo surcos en el vaho, como si en ese momento no escribirlo fuera imposible.
La manga de su madre cruza el cristal y el nombre se deshace.
—Para, que está sucio.
El niño baja la mirada. Sus dedos se repliegan sobre sí mismos. Ella vuelve al auricular, se pierde en otra risa, en otra frase.
Y algo tira de él, una gravedad suave pero obstinada, y vuelve a escribirlo, esta vez cubriéndolo con la mano, como si lo protegiera.
El autobús frena. Los cuerpos se balancean. Y en ese momento el niño alza la cabeza.
Un hombre mayor avanza despacio por el pasillo y se sienta frente a ellos. Abrigo oscuro, cejas pobladas y manos grandes, surcadas de venas como raíces.
Se sienta. Observa el cristal. Luego al niño. Luego a la madre.
El pequeño se encoge un centímetro más.
Entonces el hombre exhala suavemente sobre el cristal y el vaho florece. Acerca el dedo y empieza a escribir despacio.
El niño lo mira fijamente. Sigue el movimiento del dedo. Las líneas que aparecen. El trazo que sube, baja y dibuja un nombre.
Cuando termina, sus miradas se cruzan y en el cristal empañado se leen dos nombres, uno junto al otro. Diferentes y, al mismo tiempo, iguales.
El niño sonríe.
El autobús sigue su ruta como si nada, aunque en esos dos asientos todo ha cambiado. Parada a parada, las letras se vuelven borrosas, desdibujándose entre el subir y bajar de la gente.
La madre se levanta y el niño la sigue, dando un último vistazo al hombre y al cristal.
Ya no queda nada.
Pero por algún motivo siente que hay algo que no ha desaparecido.