Autor/a
vladifer
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Ella

Subí al vagón de metro de la Línea 3 con la esperanza de encontrármela de nuevo. Desde hacía un mes compartía con ella el trayecto desde “Espanya” hasta “Palau Reial”, sin duda los 10 minutos más excitantes del día. La observaba en silencio, a veces desde la plataforma entre vagones, a veces desde dentro del mismo vagón. Casi siempre estaba sentada, flanqueada por dos amigas. Como cada día, me pregunté en qué Facultad estudiaría.
Ambos bajábamos en Palau Reial, pero nuestros caminos se separaban al pasar las barreras de salida del metro. Mientras yo giraba a la izquierda para ir a la Escuela de Industriales, ella seguía recto para salir por el otro lado de la diagonal.
A veces fantaseaba con que estudiaba empresariales y me la encontraría algún día en alguna de las muchas fiestas que organizaban en aquella facultad. Otras veces me la imaginaba caminando por los aularios del Campus Nord de la UPC. Tal vez estudiase allí una ingeniería, como yo, y tal vez teníamos muchas cosas en común.
Nunca me había atrevido a hablarle. Mi timidez me paralizaba solo de pensarlo, y creo que me hubiera quedado atascado sin saber qué responder si ella se hubiese dirigido a mí en aquellos fugaces 10 minutos.
Como no podía dejar de observarla, a veces nuestras miradas se cruzaban, y la mía huía despavorida hacia el techo o hacia el suelo del vagón, donde permanecía largos y tensos segundos, quizá minutos, hasta que de nuevo me atrevía a levantar la cabeza y mirarla de soslayo, rezando en silencio para que no se diese cuenta de mi atrevimiento.
No tenía claro qué era lo que me atraía de ella. Seguramente su cabello rojizo y encaracolado, que volaba grácilmente sobre sus hombros cuando movía la cabeza. Tenía una belleza extraña, enigmática, como si aquel rostro ocultase un secreto muy antiguo que algún día me revelaría. A mí me parecía la mujer más bonita del mundo, pero mi mente consciente de ingeniero sabía que solo era una apreciación subjetiva. Desprendía algún tipo de magnetismo que me capturaba irremediablemente, como el metal es atrapado por un imán sin que nada pueda hacer para evitarlo.
Salí de repente de mi ensimismamiento cuando levanté la cabeza, buscándola, y no la encontré. ¡No podía ser! Estábamos llegando a “María Cristina”, aún faltaba una parada para la nuestra. Miré ansioso hacia las puertas, pensando que tal vez aquel día se bajaría una parada antes, quizás para caminar un poco, o para comprar algo antes de ir a la universidad. Pero no estaba. De repente, noté una presencia junto a mí, y todos los pelos de mi cuerpo se erizaron al presentirla. Alguien acarició mi hombro con delicadeza, y una voz aterciopelada me saludó.
-Hola.
Me giré muy despacio, con los dientes apretados y el cuerpo temblando de emoción. Un sudor frio empezó a correr por mi frente y noté como mi lengua se secaba y se ponía áspera como un trapo de esparto. La miré en silencio, hipnotizado por aquel pelo aparentemente desordenado pero donde cada mechón estaba exactamente donde su dueña lo había puesto esa mañana. Intenté articular un saludo, pero mi lengua no respondía, atrapada en las profundidades de un abismo infinito. Probablemente mi expresión de asombro me delataba, y yo no tenía ningún lugar a donde huir. Divertida ante mi opresivo silencio, me observaba con una mirada brillante e inteligente.
-Soy Maria-, sonrió.
Mi rostro se iluminó y en ese instante supe que ella era la persona que siempre había estado esperando.