Autor/a
Sara Connor
Categoria
Relat lliure
SF memories
Nací en 1953, en esta Ciudad cosmopolita y dinámica.
Sabía que mi vida no iba a ser fácil, pues fuera estaba uno de los iconos de la Ciudad: la basílica inconclusa de Gaudí cuyas torres, progresivamente, iban llenando los intersticios del cielo de la Ciudad Condal.
Me considero importante, imprescindible diría yo, y por eso mi vanidad frente a mis compañeras es notable: confluyen en mi diseño interno dos líneas, la L5 y la L2, cada una con su impronta. Albergo en mi seno tiendas, cafeterías, un Punt d’ Atenció T- Mobilitat y hasta una oficina de objetos perdidos.
Cada día me recorren gentes de todo tipo: estudiantes, jubilados, trabajadores, niños acompañados de adultos, pero especialmente turistas. Los turistas sé que lo hacen por el monumento, pero el caso es que yo les ayudo a la fascinación que ejerce cuando salen de mis entrañas por las escaleras mecánicas o los ascensores.
Tengo el registro de miles de abrazos, de besos, de reencuentros.
Tengo el registro de peleas,olvidos, renuncias.
Llevo en mi seno pedazos de vidas que pasan su existencia de aquí para allá, por necesidad la mayoría de las veces; por placer, las menos.
Me han modernizado en varias ocasiones y me he sentido rejuvenecer, como si tuviera un bótox de hormigón en mi cara, que son mis pasillos y los andenes.
En mi limbo de inmortalidad, veo pasar la vida y la modernidad: he visto cómo los pasajeros pasaban de leer libros a leer pantallas.
En el limbo de mi inmortalidad he visto también cómo se iba transformando la sociedad. He sido testigo modas de todo tipo y he estado ahí en los grandes momentos históricos: la dictadura, la transición, el 23F, los Juegos Olímpicos, el 11S, el 11M,15 M, la pandemia, el apagón.
Si pudiera hablar les diría a mis usuarios que la vida pasa muy rápida y que deberían aprovecharla más.
Si pudiera hablar les animaría a ser las mejores versiones de sí mismos.
Si pudiera tocar posaría las yemas de mis dedos inertes en quienes creen que no hay luz a final del túnel.
Cada día, cada hora, cada minuto, cada instante, está compuesto por miles de rutas y está en ADN humano ser capaz de elegirlas.
Cuando se cierran las puertas y los trabajadores de TMB se van a casa, no duermo, porque en el silencio escucho las voces de los que han pasado y me gusta imaginar quiénes serán los del día siguiente, muchos de ellos habituales. También pienso en los que ya no están, los que dejaron este mundo para entrar en otra dimensión ignota.
El futuro es incierto, lo sé, pero mis paredes seguirán por mucho tiempo recordando que el viaje en ocasiones es mejor que el destino, que la Vida es un trayecto de metro metafórico, que a veces hay retrasos, caos, tranquilidad, inseguridad, nervios, impaciencia, prisa y calma.
Me llamo estación de Sagrada Familia y estoy aquí, en Barcelona, para servirte.
Sara Connor
Sabía que mi vida no iba a ser fácil, pues fuera estaba uno de los iconos de la Ciudad: la basílica inconclusa de Gaudí cuyas torres, progresivamente, iban llenando los intersticios del cielo de la Ciudad Condal.
Me considero importante, imprescindible diría yo, y por eso mi vanidad frente a mis compañeras es notable: confluyen en mi diseño interno dos líneas, la L5 y la L2, cada una con su impronta. Albergo en mi seno tiendas, cafeterías, un Punt d’ Atenció T- Mobilitat y hasta una oficina de objetos perdidos.
Cada día me recorren gentes de todo tipo: estudiantes, jubilados, trabajadores, niños acompañados de adultos, pero especialmente turistas. Los turistas sé que lo hacen por el monumento, pero el caso es que yo les ayudo a la fascinación que ejerce cuando salen de mis entrañas por las escaleras mecánicas o los ascensores.
Tengo el registro de miles de abrazos, de besos, de reencuentros.
Tengo el registro de peleas,olvidos, renuncias.
Llevo en mi seno pedazos de vidas que pasan su existencia de aquí para allá, por necesidad la mayoría de las veces; por placer, las menos.
Me han modernizado en varias ocasiones y me he sentido rejuvenecer, como si tuviera un bótox de hormigón en mi cara, que son mis pasillos y los andenes.
En mi limbo de inmortalidad, veo pasar la vida y la modernidad: he visto cómo los pasajeros pasaban de leer libros a leer pantallas.
En el limbo de mi inmortalidad he visto también cómo se iba transformando la sociedad. He sido testigo modas de todo tipo y he estado ahí en los grandes momentos históricos: la dictadura, la transición, el 23F, los Juegos Olímpicos, el 11S, el 11M,15 M, la pandemia, el apagón.
Si pudiera hablar les diría a mis usuarios que la vida pasa muy rápida y que deberían aprovecharla más.
Si pudiera hablar les animaría a ser las mejores versiones de sí mismos.
Si pudiera tocar posaría las yemas de mis dedos inertes en quienes creen que no hay luz a final del túnel.
Cada día, cada hora, cada minuto, cada instante, está compuesto por miles de rutas y está en ADN humano ser capaz de elegirlas.
Cuando se cierran las puertas y los trabajadores de TMB se van a casa, no duermo, porque en el silencio escucho las voces de los que han pasado y me gusta imaginar quiénes serán los del día siguiente, muchos de ellos habituales. También pienso en los que ya no están, los que dejaron este mundo para entrar en otra dimensión ignota.
El futuro es incierto, lo sé, pero mis paredes seguirán por mucho tiempo recordando que el viaje en ocasiones es mejor que el destino, que la Vida es un trayecto de metro metafórico, que a veces hay retrasos, caos, tranquilidad, inseguridad, nervios, impaciencia, prisa y calma.
Me llamo estación de Sagrada Familia y estoy aquí, en Barcelona, para servirte.
Sara Connor