Autor/a
Aina
Categoria
Relat lliure
Un trayecto sin final
-Jo papa! ¡Otra vez en bus! Es muy aburrido.
Ramón se encogió de hombros: “no hay otra María, si quieres ir a jugar con tus amigas. El coche sigue averiado” La niña resopló mientras subían y él marcaba la tarjeta. Fueron hacia los últimos asientos, ella se sentó de golpe, con los brazos cruzados. Cuando su padre se sentó a su lado lo miró y abrió la boca, dispuesta a protestar otra vez. Pero Ramón se llevó un dedo a los labios pidiendo silencio, después señaló uno de los primeros asientos del bus.
María miró hacia allí. Una señora mayor ocupaba aquel asiento, al lado un trasportín de bebe, debía llevar a su nieto. “¿Qué?!” preguntó, seguía enfadada. “Mira bien” le susurró su padre. Y entonces lo vio, la piel de la señora comenzó a arrugarse, adquirió una tonalidad verdosa y las manos… ¡madre mía! las tenía arrugadísimas y unas horribles uñas curvadas y largas sujetaban el trasportín.
- ¡Oh papa! ¡Es una bruja! ¡Hay que hacer algo! ¡¡Se querrá comer al bebé!!
Su padre volvió a llevarse el dedo sobre los labios y después señaló otro asiento. Una chica joven, de largo pelo rubio, se giró y le guiñó un ojo a María. Después se levantó, comenzó a brillar y a disminuir de tamaño, unas alas casi translucidas crecieron de su espalda y revoloteó hacia la bruja. “Es demasiado pequeña” pensó, pero su padre señaló otro asiento, ahora era un hombre alto y delgado el que se puso en pie. Vestía un traje, pero sus ropas comenzaron a cambiar: una ajustada túnica que le llegaba hasta las rodillas, acabando en forma de hojas, unas mallas tan ajustadas como la túnica…
- Dame a esa bebé bruja
La que había hablado era la hada, María la miró atónita. De un salto, la bruja se levantó de su asiento, no esperaba que fuera tan ágil, se la veía tan mayor. La gente alrededor gritó asustada y se apartó. La horrible bruja pronunció unas palabras ininteligibles, hizo un extraño gesto con las manos y el hada pareció recibir un tremendo empujón: salió disparada por una ventanilla que se hizo añicos.
- ¡¡Ay no!!
María no pudo evitar gritar angustiada, mientras, el elfo se lanzó contra la bruja, en el último momento la sorteó y llegó a coger el transportín del bebe. Entonces la bruja arrojó un hechizo, se giró rápidamente hacia el elfo y lo apuntó con una vara que había surgido entre sus dedos. Al instante el elfo quedo petrificado, con su vara la bruja dejo de nuevo el transportín sobre el asiento. El bebé comenzó a llorar.
El perrito blanco que acompañaba a la señora que estaba junto Ramón y María saltó al pasillo. Creció, un bonito cuerno surgió de su cabeza y unas pequeñas alas de su espalda
- ¡Oh, dios mío! ¡Es un unicornio papá!
- Si María, pero ahora tenemos que bajar. Ya hemos llegado.
- ¡No! No podemos dejarlo así…
- Ya lo solucionaremos en el viaje de vuelta – sonrió Ramón.
Resignada, María acarició la cabecita del perrito blanco. Pasó junto el asiento de la joven que se había bajado hacía dos paradas, del hombre que se quedó inmóvil cuando la niña lo miró sonriente y de la señora con el trasportín que le guiñó el ojo y le dijo “Aquí te espero”.
Ramón se encogió de hombros: “no hay otra María, si quieres ir a jugar con tus amigas. El coche sigue averiado” La niña resopló mientras subían y él marcaba la tarjeta. Fueron hacia los últimos asientos, ella se sentó de golpe, con los brazos cruzados. Cuando su padre se sentó a su lado lo miró y abrió la boca, dispuesta a protestar otra vez. Pero Ramón se llevó un dedo a los labios pidiendo silencio, después señaló uno de los primeros asientos del bus.
María miró hacia allí. Una señora mayor ocupaba aquel asiento, al lado un trasportín de bebe, debía llevar a su nieto. “¿Qué?!” preguntó, seguía enfadada. “Mira bien” le susurró su padre. Y entonces lo vio, la piel de la señora comenzó a arrugarse, adquirió una tonalidad verdosa y las manos… ¡madre mía! las tenía arrugadísimas y unas horribles uñas curvadas y largas sujetaban el trasportín.
- ¡Oh papa! ¡Es una bruja! ¡Hay que hacer algo! ¡¡Se querrá comer al bebé!!
Su padre volvió a llevarse el dedo sobre los labios y después señaló otro asiento. Una chica joven, de largo pelo rubio, se giró y le guiñó un ojo a María. Después se levantó, comenzó a brillar y a disminuir de tamaño, unas alas casi translucidas crecieron de su espalda y revoloteó hacia la bruja. “Es demasiado pequeña” pensó, pero su padre señaló otro asiento, ahora era un hombre alto y delgado el que se puso en pie. Vestía un traje, pero sus ropas comenzaron a cambiar: una ajustada túnica que le llegaba hasta las rodillas, acabando en forma de hojas, unas mallas tan ajustadas como la túnica…
- Dame a esa bebé bruja
La que había hablado era la hada, María la miró atónita. De un salto, la bruja se levantó de su asiento, no esperaba que fuera tan ágil, se la veía tan mayor. La gente alrededor gritó asustada y se apartó. La horrible bruja pronunció unas palabras ininteligibles, hizo un extraño gesto con las manos y el hada pareció recibir un tremendo empujón: salió disparada por una ventanilla que se hizo añicos.
- ¡¡Ay no!!
María no pudo evitar gritar angustiada, mientras, el elfo se lanzó contra la bruja, en el último momento la sorteó y llegó a coger el transportín del bebe. Entonces la bruja arrojó un hechizo, se giró rápidamente hacia el elfo y lo apuntó con una vara que había surgido entre sus dedos. Al instante el elfo quedo petrificado, con su vara la bruja dejo de nuevo el transportín sobre el asiento. El bebé comenzó a llorar.
El perrito blanco que acompañaba a la señora que estaba junto Ramón y María saltó al pasillo. Creció, un bonito cuerno surgió de su cabeza y unas pequeñas alas de su espalda
- ¡Oh, dios mío! ¡Es un unicornio papá!
- Si María, pero ahora tenemos que bajar. Ya hemos llegado.
- ¡No! No podemos dejarlo así…
- Ya lo solucionaremos en el viaje de vuelta – sonrió Ramón.
Resignada, María acarició la cabecita del perrito blanco. Pasó junto el asiento de la joven que se había bajado hacía dos paradas, del hombre que se quedó inmóvil cuando la niña lo miró sonriente y de la señora con el trasportín que le guiñó el ojo y le dijo “Aquí te espero”.