Autor/a
Salambó
Categoria
Relat lliure
Recuerdos
Nunca le había gustado la amarilla. Como usuario del metro que había sido durante muchos años, Pedro había desarrollado unas preferencias y unas manías que en su casi casi casi vejez -así le gustaba matizarlo- seguía observando con terquedad. Como, por ejemplo, nombrar al conjunto de tramos del metro por colores -la azul, la verde, la lila…- y no por líneas -L1, L2, L3…- Como, por ejemplo, llamar “picas” a los revisores, paradas a las estaciones, convoyes a los vagones. O como, por ejemplo, despotricar de la amarilla por el trazado irregular y la larga distancia que cubría sus estaciones; todavía recordaba con una sonrisa, pero con estupor cuando le sucedió por primera vez, cómo se había levantado en Maragall para prepararse y bajar en Llucmajor y estar… ¡más de 3 minutos de pie hasta que llegó a la parada! Siempre había preferido la roja, una línea rectilínea en su mayor parte de trayecto y de paradas cortas entre ellas. Pero lo que más le disgustaba de la amarilla eran los asientos de los nuevos modelos de los convoyes, pues eran más estrechos de lo normal y, por tanto, incómodos.
Que es tal y como se encontraba ahora: incómodo por estar embutido entre una señora más bien gruesa y un joven más bien fornido, que le reducían a un espacio ya de por sí estrecho. Razón por la que no había ni intentado abrir el libro que dejó depositado en su regazo. Y lo peor es que no podía cambiar de asiento, ya que era hora punta y estaba a rebosar el metro. Fue así que, en un repentino movimiento de los pasajeros que tenía a su alrededor, vislumbró fugazmente su imagen en el cristal de enfrente y, sin saber muy bien porqué, sus recuerdos llegaron al día en que subió por primera vez a un metro: su ruido ensordecedor entrando la parada, el señor uniformado que abría y cerraba las puertas presionado unos botones en la pared de uno de los convoyes, el frío vidrio en el que se quedó pegado junto a un estrecho compartimento donde un conductor movía una palanca que sobresalía de un pequeño tablero y hacía que el metro se deslizara sobre unos raíles que iluminaban tenuemente unos focos…
Un frenazo lo sacó de su ensoñación y lo devolvió a la realidad. Una realidad que había cambiado un universo entero a lo largo de su vida. Los metros eran más modernos en su funcionalidad. Las puertas las manejaba automáticamente el conductor encerrado en su cabina. Incluso había un trayecto que llegaba hasta el aeropuerto y que se conducía sin conductor físico. Las taquillas habían desaparecido a favor de máquinas que vendían los títulos del transporte. Unos relojes anunciaban en los andenes el tiempo que faltaba para que el metro llegara al andén y los viajeros…
Recordó haber visto cuando niño entrar en un convoy a una pareja de abuelos y saludar en voz alta con un: “Buenos tardes”. Si ahora sucediera esto, a casi nadie le sorprendería porque casi nadie lo vería de lo enfrascados que irían en sus móviles. Y mejor así, se dijo con una mueca amarga, porque si no serían capaces de ingresarlos en un psiquiátrico. El metro volvió a arrancar con suavidad y, Pedro, por pura mecánica, movió los labios diciendo: “Próxima estación…”
Que es tal y como se encontraba ahora: incómodo por estar embutido entre una señora más bien gruesa y un joven más bien fornido, que le reducían a un espacio ya de por sí estrecho. Razón por la que no había ni intentado abrir el libro que dejó depositado en su regazo. Y lo peor es que no podía cambiar de asiento, ya que era hora punta y estaba a rebosar el metro. Fue así que, en un repentino movimiento de los pasajeros que tenía a su alrededor, vislumbró fugazmente su imagen en el cristal de enfrente y, sin saber muy bien porqué, sus recuerdos llegaron al día en que subió por primera vez a un metro: su ruido ensordecedor entrando la parada, el señor uniformado que abría y cerraba las puertas presionado unos botones en la pared de uno de los convoyes, el frío vidrio en el que se quedó pegado junto a un estrecho compartimento donde un conductor movía una palanca que sobresalía de un pequeño tablero y hacía que el metro se deslizara sobre unos raíles que iluminaban tenuemente unos focos…
Un frenazo lo sacó de su ensoñación y lo devolvió a la realidad. Una realidad que había cambiado un universo entero a lo largo de su vida. Los metros eran más modernos en su funcionalidad. Las puertas las manejaba automáticamente el conductor encerrado en su cabina. Incluso había un trayecto que llegaba hasta el aeropuerto y que se conducía sin conductor físico. Las taquillas habían desaparecido a favor de máquinas que vendían los títulos del transporte. Unos relojes anunciaban en los andenes el tiempo que faltaba para que el metro llegara al andén y los viajeros…
Recordó haber visto cuando niño entrar en un convoy a una pareja de abuelos y saludar en voz alta con un: “Buenos tardes”. Si ahora sucediera esto, a casi nadie le sorprendería porque casi nadie lo vería de lo enfrascados que irían en sus móviles. Y mejor así, se dijo con una mueca amarga, porque si no serían capaces de ingresarlos en un psiquiátrico. El metro volvió a arrancar con suavidad y, Pedro, por pura mecánica, movió los labios diciendo: “Próxima estación…”