Autor/a
Lletres viatgeres
Categoria
Relat escolar
Subcategoria
De 8 a 12 años
Centre escolar
Institució Igualada
Una tensa mañana en Montjuic
Era un día tranquilo por la mañana en el funicular de Montjuic. Subía despacio por la montaña haciendo el ruido de siempre, como si nada pudiera pasar. Dentro había poca gente: una señora con bolsas, un chico con auriculares, un hombre muy serio y dos hermanos, una niña de unos 12 años y su hermano pequeño.
Todo parecía normal hasta que, de repente, se oyó un golpe muy fuerte, como un “CLANG”, y el funicular se paró de golpe. El silencio fue inmediato. Ya no estaba el ruido constante, solo el viento fuera y un pequeño crujido del cable que hacía que todo pareciera más tenso.
Algunas personas empezaron a ponerse nerviosas. La señora miraba a su alrededor sin saber qué hacer. El chico se quitó los auriculares por primera vez. El niño pequeño se asustó mucho, porque pensó que el cable se podía romper en cualquier momento. La niña también tenía miedo, pero intentaba no demostrarlo para no asustar más a su hermano.
Miró por la ventana y vio el cable estirado, como si estuviera soportando demasiado peso. Eso no le gustó nada. Pensó en lo alto que estaban y en que no había ningún sitio donde bajar.
El hombre serio empezó a comportarse de forma extraña. Respiraba muy rápido, se pasaba las manos por la cabeza y no paraba de moverse. Parecía que iba a perder el control en cualquier momento, y eso hacía que el ambiente fuera aún peor.
La niña recordó algo que había aprendido en el colegio. Cuando alguien se pone muy nervioso, hay que ayudarle a calmarse, aunque tú también tengas miedo. Primero miró a su hermano y le hizo una señal para que estuviera tranquilo. Luego se acercó un poco al hombre.
Sin decir casi nada, empezó a respirar despacio, intentando que él la imitara. Al principio no funcionó, pero después de unos segundos el hombre empezó a copiarla. Poco a poco, su respiración se hizo más lenta y dejó de moverse tanto.
Eso hizo que los demás también se relajaran un poco. Nadie hablaba, pero ya no había tanto miedo como antes.
Entonces se oyó una voz por los altavoces que explicaba que había un problema con el cable, pero que estaba asegurado y no había peligro real. Que en unos minutos todo volvería a funcionar.
Aun así, esos minutos se hicieron muy largos. El funicular seguía parado y el cable seguía haciendo pequeños ruidos que ponían nervioso a cualquiera.
Finalmente, el funicular hizo un pequeño movimiento y volvió a avanzar despacio, como siempre. Todo el mundo soltó el aire sin darse cuenta.
Cuando llegaron arriba, la gente bajó más tranquila. El niño pequeño ya no tenía miedo. El hombre parecía completamente distinto, mucho más calmado.
La niña no había arreglado el cable ni el problema, pero había hecho algo importante. Porque a veces, cuando todo parece que se puede romper, lo que más ayuda no es ser fuerte, sino conseguir que los demás no tengan tanto miedo.
Todo parecía normal hasta que, de repente, se oyó un golpe muy fuerte, como un “CLANG”, y el funicular se paró de golpe. El silencio fue inmediato. Ya no estaba el ruido constante, solo el viento fuera y un pequeño crujido del cable que hacía que todo pareciera más tenso.
Algunas personas empezaron a ponerse nerviosas. La señora miraba a su alrededor sin saber qué hacer. El chico se quitó los auriculares por primera vez. El niño pequeño se asustó mucho, porque pensó que el cable se podía romper en cualquier momento. La niña también tenía miedo, pero intentaba no demostrarlo para no asustar más a su hermano.
Miró por la ventana y vio el cable estirado, como si estuviera soportando demasiado peso. Eso no le gustó nada. Pensó en lo alto que estaban y en que no había ningún sitio donde bajar.
El hombre serio empezó a comportarse de forma extraña. Respiraba muy rápido, se pasaba las manos por la cabeza y no paraba de moverse. Parecía que iba a perder el control en cualquier momento, y eso hacía que el ambiente fuera aún peor.
La niña recordó algo que había aprendido en el colegio. Cuando alguien se pone muy nervioso, hay que ayudarle a calmarse, aunque tú también tengas miedo. Primero miró a su hermano y le hizo una señal para que estuviera tranquilo. Luego se acercó un poco al hombre.
Sin decir casi nada, empezó a respirar despacio, intentando que él la imitara. Al principio no funcionó, pero después de unos segundos el hombre empezó a copiarla. Poco a poco, su respiración se hizo más lenta y dejó de moverse tanto.
Eso hizo que los demás también se relajaran un poco. Nadie hablaba, pero ya no había tanto miedo como antes.
Entonces se oyó una voz por los altavoces que explicaba que había un problema con el cable, pero que estaba asegurado y no había peligro real. Que en unos minutos todo volvería a funcionar.
Aun así, esos minutos se hicieron muy largos. El funicular seguía parado y el cable seguía haciendo pequeños ruidos que ponían nervioso a cualquiera.
Finalmente, el funicular hizo un pequeño movimiento y volvió a avanzar despacio, como siempre. Todo el mundo soltó el aire sin darse cuenta.
Cuando llegaron arriba, la gente bajó más tranquila. El niño pequeño ya no tenía miedo. El hombre parecía completamente distinto, mucho más calmado.
La niña no había arreglado el cable ni el problema, pero había hecho algo importante. Porque a veces, cuando todo parece que se puede romper, lo que más ayuda no es ser fuerte, sino conseguir que los demás no tengan tanto miedo.