Autor/a
Lletres viatgeres
Categoria
Relat escolar
Subcategoria
De 8 a 12 años
Centre escolar
Institució Igualada
Luz
Había una vez, en un barrio de Barcelona, un hombre un poco distinto a la mayoría. Él siempre lucía enfadado, nunca sonreía, y su aspecto sombrío daba miedo a cualquiera. Se llamaba Víctor, aunque los niños pequeños de al lado le habían puesto apodos como ‘el monstruo de barrio’, o ‘el hombre violento’ (aunque nunca lo haya sido). Es verdad que tampoco nadie lo había conocido personalmente, y nadie hablaba con él por voluntad propia, así que suponían cómo era solo por su rostro.
Aunque nadie lo supiera, Víctor no era un hombre con bastante dinero, así que trabajaba muchas horas para poder pagar su comida y apartamento.
El día transcurrió como de costumbre y cuando terminó su trabajo de recepcionista de motel, se dirigió de vuelta a su apartamento. Como estaba bastante lejos, él siempre iba con el metro. El metro supuso un agotamiento que no mejoró su ánimo, pero al menos la gente no hacía tanto ruido como por la mañana.
Al bajar en su parada de metro, vio una escena que le dejó boquiabierto. Ya sabía que en Barcelona había gente sin techo que dormía en paradas de metro, pero lo que vio fue a una pobre niña de unos seis años ahí, sola, sentada con ropa sucia encima de un cartón. Sin darle más vueltas, se acercó cuidadosamente para no asustarla y le preguntó que por qué estaba allí y a dónde estaban sus padres, a lo que la pequeña, con una ligera mueca de disgusto, contestó que hacía tiempo que la habían dejado ahí. Al escuchar eso, Víctor le propuso ir a su apartamento juntos, a lo que ella asintió.
Al llegar, un ligero silencio incómodo se formó. Víctor nunca se había relacionado con niños pequeños ni sabía hacerlo, así que hizo lo que pudo. Primero (intentó) darle una ducha, le compró ropa limpia y cocinó la cena para los dos. Una cosa que le llamó mucho la atención de la niña fue que no se asustó lo mínimo desde que la vio por primera vez. Normalmente su aspecto haría huir a cualquier persona de su edad.
Al terminar de cenar, Víctor dejó que ella durmiera en su cama y él durmió en el sofá. La niña lucía un aspecto considerable, y parecía muy feliz.
Al día siguiente, Víctor pidió un día libre y antes de que la niña se despertara de su plácido sueño, pegó anuncios por todo el barrio sobre la adopción de la niña, ya que seguía sin tener familia.
Después de unos días, la niña se abrió abruptamente. Hablaba por los descosidos sobre sus aficiones y lo que le gustaba sin parar, y le preguntaba a Víctor de todo.
Al principio esto le molestaba, pero con el tiempo se fue acostumbrando a su forma de ser y se encariñó con ella. Hablaban con naturalidad, jugaban a juegos y hasta Víctor le leía cuentos antes de dormir. Eran muy felices.
Pero un día, una mujer interesada en el anuncio de la adopción llamó. Víctor se había olvidado completamente de esos anuncios, y por muy triste que se sintiera, no podía impedir la adopción. Pero cuando la mujer se presentó para llevársela consigo, la niña empezó a gritar que quería quedarse con Víctor, y que no se movería de allí.
Y así fue como un hombre amargado llamado ‘el monstruo del barrio’ terminó adoptando a una pequeña niña que le llenó de alegría. Decidió llamarla Luz, ya que eso es lo que sintió al tenerla a su lado después de tanta oscuridad.
Aunque nadie lo supiera, Víctor no era un hombre con bastante dinero, así que trabajaba muchas horas para poder pagar su comida y apartamento.
El día transcurrió como de costumbre y cuando terminó su trabajo de recepcionista de motel, se dirigió de vuelta a su apartamento. Como estaba bastante lejos, él siempre iba con el metro. El metro supuso un agotamiento que no mejoró su ánimo, pero al menos la gente no hacía tanto ruido como por la mañana.
Al bajar en su parada de metro, vio una escena que le dejó boquiabierto. Ya sabía que en Barcelona había gente sin techo que dormía en paradas de metro, pero lo que vio fue a una pobre niña de unos seis años ahí, sola, sentada con ropa sucia encima de un cartón. Sin darle más vueltas, se acercó cuidadosamente para no asustarla y le preguntó que por qué estaba allí y a dónde estaban sus padres, a lo que la pequeña, con una ligera mueca de disgusto, contestó que hacía tiempo que la habían dejado ahí. Al escuchar eso, Víctor le propuso ir a su apartamento juntos, a lo que ella asintió.
Al llegar, un ligero silencio incómodo se formó. Víctor nunca se había relacionado con niños pequeños ni sabía hacerlo, así que hizo lo que pudo. Primero (intentó) darle una ducha, le compró ropa limpia y cocinó la cena para los dos. Una cosa que le llamó mucho la atención de la niña fue que no se asustó lo mínimo desde que la vio por primera vez. Normalmente su aspecto haría huir a cualquier persona de su edad.
Al terminar de cenar, Víctor dejó que ella durmiera en su cama y él durmió en el sofá. La niña lucía un aspecto considerable, y parecía muy feliz.
Al día siguiente, Víctor pidió un día libre y antes de que la niña se despertara de su plácido sueño, pegó anuncios por todo el barrio sobre la adopción de la niña, ya que seguía sin tener familia.
Después de unos días, la niña se abrió abruptamente. Hablaba por los descosidos sobre sus aficiones y lo que le gustaba sin parar, y le preguntaba a Víctor de todo.
Al principio esto le molestaba, pero con el tiempo se fue acostumbrando a su forma de ser y se encariñó con ella. Hablaban con naturalidad, jugaban a juegos y hasta Víctor le leía cuentos antes de dormir. Eran muy felices.
Pero un día, una mujer interesada en el anuncio de la adopción llamó. Víctor se había olvidado completamente de esos anuncios, y por muy triste que se sintiera, no podía impedir la adopción. Pero cuando la mujer se presentó para llevársela consigo, la niña empezó a gritar que quería quedarse con Víctor, y que no se movería de allí.
Y así fue como un hombre amargado llamado ‘el monstruo del barrio’ terminó adoptando a una pequeña niña que le llenó de alegría. Decidió llamarla Luz, ya que eso es lo que sintió al tenerla a su lado después de tanta oscuridad.