Autor/a
Lletres viatgeres
Categoria
Relat escolar
Subcategoria
De 13 a 17 años
Centre escolar
Institució Igualada
La estación inexistente
El otro día me pasó algo que todavía no puedo explicar cuando iba en el Transporte Metropolitano de Barcelona. Era ya casi de noche y salía del instituto bastante cansada. Como siempre, bajé al metro para coger la línea 1 y volver a casa. Todo parecía normal, pero desde el principio tenía una sensación rara, como si algo no encajara.
El andén estaba más vacío de lo habitual. Apenas había gente y los pocos que estaban no hablaban entre ellos. Cuando llegó el metro, las puertas se abrieron lentamente, con un chirrido extraño que nunca había escuchado antes. Dudé unos segundos, pero al final entré.
Dentro del vagón todo era aún más raro. Las luces eran más tenues de lo normal, casi amarillentas, y el ambiente estaba en completo silencio. No se oía música, ni conversaciones, ni siquiera el típico ruido del metro. Me senté, intentando no pensar demasiado.
En la siguiente parada subió una chica de mi edad. Se sentó enfrente de mí y me miró fijamente. Al principio pensé que era casualidad, pero no apartaba la mirada. Me empecé a poner nerviosa, así que miré hacia otro lado. Cuando volví a mirarla… ya no estaba. Había desaparecido. No se había abierto ninguna puerta.
El metro siguió avanzando, pero en ese momento me di cuenta de algo aún peor: las estaciones por las que pasábamos no tenían nombre. Los carteles estaban en blanco, completamente vacíos. Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo.
De repente, las luces se apagaron por completo. Esta vez no duró solo unos segundos. Estuvimos a oscuras durante lo que me parecieron minutos eternos. En medio de la oscuridad, empecé a escuchar susurros. No entendía lo que decían, pero sonaban muy cerca, como si alguien estuviera justo a mi lado.
Quise levantarme, pero no podía moverme. Era como si mi cuerpo estuviera paralizado. Entonces, sentí algo rozarme la mano. Fue tan real que casi grité. En ese instante, las luces volvieron de golpe.
Estaba sola. Completamente sola en el vagón.
El metro se detuvo en una estación desconocida. Las puertas se abrieron lentamente, y esta vez sí había un nombre… pero no lo reconocí. Las letras parecían antiguas, casi borradas. Sin saber por qué, sentí que tenía que bajar.
El andén estaba vacío y hacía mucho frío. Caminé unos pasos y vi un cartel viejo con un mapa del metro… pero había líneas y estaciones que no existían. Y en una esquina, había una foto en blanco y negro.
Me acerqué… y se me heló la sangre.
La foto era de un vagón de metro antiguo, lleno de gente… y en el centro estaba yo, sentada, mirando al frente.
De repente, escuché el metro arrancar a mi espalda. Me giré corriendo, pero ya era tarde. Se había ido.
El andén estaba más vacío de lo habitual. Apenas había gente y los pocos que estaban no hablaban entre ellos. Cuando llegó el metro, las puertas se abrieron lentamente, con un chirrido extraño que nunca había escuchado antes. Dudé unos segundos, pero al final entré.
Dentro del vagón todo era aún más raro. Las luces eran más tenues de lo normal, casi amarillentas, y el ambiente estaba en completo silencio. No se oía música, ni conversaciones, ni siquiera el típico ruido del metro. Me senté, intentando no pensar demasiado.
En la siguiente parada subió una chica de mi edad. Se sentó enfrente de mí y me miró fijamente. Al principio pensé que era casualidad, pero no apartaba la mirada. Me empecé a poner nerviosa, así que miré hacia otro lado. Cuando volví a mirarla… ya no estaba. Había desaparecido. No se había abierto ninguna puerta.
El metro siguió avanzando, pero en ese momento me di cuenta de algo aún peor: las estaciones por las que pasábamos no tenían nombre. Los carteles estaban en blanco, completamente vacíos. Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo.
De repente, las luces se apagaron por completo. Esta vez no duró solo unos segundos. Estuvimos a oscuras durante lo que me parecieron minutos eternos. En medio de la oscuridad, empecé a escuchar susurros. No entendía lo que decían, pero sonaban muy cerca, como si alguien estuviera justo a mi lado.
Quise levantarme, pero no podía moverme. Era como si mi cuerpo estuviera paralizado. Entonces, sentí algo rozarme la mano. Fue tan real que casi grité. En ese instante, las luces volvieron de golpe.
Estaba sola. Completamente sola en el vagón.
El metro se detuvo en una estación desconocida. Las puertas se abrieron lentamente, y esta vez sí había un nombre… pero no lo reconocí. Las letras parecían antiguas, casi borradas. Sin saber por qué, sentí que tenía que bajar.
El andén estaba vacío y hacía mucho frío. Caminé unos pasos y vi un cartel viejo con un mapa del metro… pero había líneas y estaciones que no existían. Y en una esquina, había una foto en blanco y negro.
Me acerqué… y se me heló la sangre.
La foto era de un vagón de metro antiguo, lleno de gente… y en el centro estaba yo, sentada, mirando al frente.
De repente, escuché el metro arrancar a mi espalda. Me giré corriendo, pero ya era tarde. Se había ido.