Autor/a
MC
Categoria
Relat lliure
Linea verde
Se ocultaba entre las mantas, tenía un nudo en el estómago, no quería despertar. Estaba inmersa entre la pereza del lunes y la resaca del fin de semana. El colchón le amarraba como si fuera una presa amordazada.
Sonó el despertador. Aquel sonido le aturdía, apenas se movía. Él, le acarició la cara y le abrazó con fuerza. Después levantó ligeramente la persiana dejando pasar unos rayos de sol que esclarecían la habitación. El olor a café fue desenredando sus sábanas. Se lavó la cara con agua fría y peinó su larga melena lisa cobriza. Se cruzaron por el pasillo. Su beso de camino a la cocina le empezó a aclarar la mente borrando la pesadilla que había vivido aquella noche. Un sueño que le dejó sin aliento, sin fuerzas, difuminando su memoria y casi perdiendo su identidad. Aquel sueño le había arrebatado su familia, su trabajo y su hogar en un instante.
Después de despertar solo le quedaba el miedo por saber la realidad y el deseo de pensar que todo había sido un sueño sin más.
Aquel abrazo y aquel beso, no eran soñados. Le traían a la realidad dejando al descubierto la luz, la esperanza de un nuevo día, el valor de lo propio, el camino vivido y pendiente por recorrer todavía.
Se dirigió a la parada de metro más cercana para hacer un largo trayecto. Iba pensativa, con visión borrosa y pésimos proyectos. Después de veintidós paradas por fin llegó a su destino. Sensible en sus sentimientos, su voz interior gritaba, gritaba algo que ella no conseguía callar.
El vaivén del vagón, su ruido al acelerar, sus ligeras curvas, su crujido metálico...pero volvía a su yo, a su pensar. Pensamiento tosco que no podía frenar.
Se detuvo a observar lo que oía, veía y sentía. Descubrió entonces que aquel sentimiento, aquel malestar, se difuminaba al mirar a los ojos, al conversar, al compartir una sonrisa y al escuchar. Esa fue su salvación y pudo sanarse a la vez que a otros curaba. Escuchaba, miraba y sonreía mientras callaba a la voz oscura que de su interior manaba. Y vio más dolor fuera que dentro. Le escuchaban, le agradecían, le miraban, asentían, crecían.
Volviendo a casa en su largo viaje en metro, empezó a escribir una nota que se transformó en un cuento.
Aquella historia le servía de ayuda, le llevaba a otro mundo donde no había ruido ni negrura. Se sentía libre, gritando al viento, desahogada y en paz.
En ese momento, en la parada de metro de Paseo de Gracia, se oyó por megafonía el anuncio de un concurso de relatos. ¡El premio era un viaje a Londres! Entusiasmada tomó nota y buscó las bases en su móvil para participar.
Darle forma a aquella historia le alejaba de sus pensamientos. Escribió cada día, en cada trayecto y pudo participar en el concurso del metro.
No tuvo suerte, no fue ganadora pero su mayor triunfo fue descubrir que escribiendo callaba sus peores sentimientos.
Cuando leían sus escritos se emocionaban y agradecían aquél desnudo de emociones que ellos ocultaban y tanto dolor les causaba.
Y pasaron los años y siguió escribiendo.
Publicó tres libros, como la linea 3 de metro que ella tanto frecuentaba. Linea 3, línea de color verde, verde de esperanza deseada.
Los tituló así: "Sonrisa", "Palabra" y "Abrazo".
Mirando hacia afuera vemos que nuestra oscuridad puede ser la claridad de otros. Una claridad que se dibuja con una sonrisa, con la palabra amor que acaricia al mundo o con el abrazo que llena de vida nuestro corazón.
Sonó el despertador. Aquel sonido le aturdía, apenas se movía. Él, le acarició la cara y le abrazó con fuerza. Después levantó ligeramente la persiana dejando pasar unos rayos de sol que esclarecían la habitación. El olor a café fue desenredando sus sábanas. Se lavó la cara con agua fría y peinó su larga melena lisa cobriza. Se cruzaron por el pasillo. Su beso de camino a la cocina le empezó a aclarar la mente borrando la pesadilla que había vivido aquella noche. Un sueño que le dejó sin aliento, sin fuerzas, difuminando su memoria y casi perdiendo su identidad. Aquel sueño le había arrebatado su familia, su trabajo y su hogar en un instante.
Después de despertar solo le quedaba el miedo por saber la realidad y el deseo de pensar que todo había sido un sueño sin más.
Aquel abrazo y aquel beso, no eran soñados. Le traían a la realidad dejando al descubierto la luz, la esperanza de un nuevo día, el valor de lo propio, el camino vivido y pendiente por recorrer todavía.
Se dirigió a la parada de metro más cercana para hacer un largo trayecto. Iba pensativa, con visión borrosa y pésimos proyectos. Después de veintidós paradas por fin llegó a su destino. Sensible en sus sentimientos, su voz interior gritaba, gritaba algo que ella no conseguía callar.
El vaivén del vagón, su ruido al acelerar, sus ligeras curvas, su crujido metálico...pero volvía a su yo, a su pensar. Pensamiento tosco que no podía frenar.
Se detuvo a observar lo que oía, veía y sentía. Descubrió entonces que aquel sentimiento, aquel malestar, se difuminaba al mirar a los ojos, al conversar, al compartir una sonrisa y al escuchar. Esa fue su salvación y pudo sanarse a la vez que a otros curaba. Escuchaba, miraba y sonreía mientras callaba a la voz oscura que de su interior manaba. Y vio más dolor fuera que dentro. Le escuchaban, le agradecían, le miraban, asentían, crecían.
Volviendo a casa en su largo viaje en metro, empezó a escribir una nota que se transformó en un cuento.
Aquella historia le servía de ayuda, le llevaba a otro mundo donde no había ruido ni negrura. Se sentía libre, gritando al viento, desahogada y en paz.
En ese momento, en la parada de metro de Paseo de Gracia, se oyó por megafonía el anuncio de un concurso de relatos. ¡El premio era un viaje a Londres! Entusiasmada tomó nota y buscó las bases en su móvil para participar.
Darle forma a aquella historia le alejaba de sus pensamientos. Escribió cada día, en cada trayecto y pudo participar en el concurso del metro.
No tuvo suerte, no fue ganadora pero su mayor triunfo fue descubrir que escribiendo callaba sus peores sentimientos.
Cuando leían sus escritos se emocionaban y agradecían aquél desnudo de emociones que ellos ocultaban y tanto dolor les causaba.
Y pasaron los años y siguió escribiendo.
Publicó tres libros, como la linea 3 de metro que ella tanto frecuentaba. Linea 3, línea de color verde, verde de esperanza deseada.
Los tituló así: "Sonrisa", "Palabra" y "Abrazo".
Mirando hacia afuera vemos que nuestra oscuridad puede ser la claridad de otros. Una claridad que se dibuja con una sonrisa, con la palabra amor que acaricia al mundo o con el abrazo que llena de vida nuestro corazón.