Autor/a
Álver
Categoria
Relat lliure
Entre T, M y B
Si me preguntan, no. No sé de amor. Pero sé que, si no se engrasan las puertas, el viento chirría al entrar. Así que hay que cuidarlas. Tampoco sé de miedos, pero sé lo que una pequeña piedra entre las vías puede desencadenar. Una vez me hablaron de la vida, y no entendí lo que era hasta que la vi pasar, día tras día. Entrando y saliendo por esas mismas puertas que comentaba. Pero si hay algo que nunca llegaré a conocer son las elecciones. Porque nunca tuve una. Siempre fui por la misma vía: entre T, M y B.
Es raro transportar a las personas: al mismo tiempo que una joven mira nerviosa su teléfono, un anciano entra caminando un poco mejor gracias al medicamento que está tomando y dos amigas hablan en el centro del vagón demasiado alto para que nadie note que están inseguras. Cada uno es diferente a su manera, pero muchas veces tienen las mismas inquietudes. Aún no comprendo por qué dudan tanto. Por qué miran dos veces la parada antes de bajar, como si yo solo pasara una vez y equivocarse les costara la vida entera.
Paro en la primera parada: T. Y la primera persona lo dice: «te quiero». Es gracioso pararse a pensar en cuántas direcciones puede llevarte esa misma frase. Pero hoy, cuando freno, la otra persona baja. Porque resulta que el amor no siempre es saber quedarse, a veces también es saber bajarse en la parada correcta. Eso no significa quedarse con el amor en las manos, sino ir dejando algunos trocitos por una línea como la mía, roja, para que quien venga a quedarse en tu viaje pueda seguirlos hasta encontrarte.
Paro en la segunda parada: M. «Me moría de ganas por verte». Pero a veces los cristales se empañan por el frío que hace fuera y ya no se ven esas ganas. Porque a veces ese frío se cuela, por mínimamente que sea, al interior. Pero uno no debe olvidar que eso apenas se nota, porque hay demasiada gente y la gente da calor. Por eso, lo que pase fuera no es tan importante si uno cuida lo que sucede dentro. Y dentro hay personas que van de pie y otras sentadas; hay personas que envidian a esas que se sientan y otras que disfrutan de su posición. Pero no hay que ser muy ingenioso para saber que hay asientos reservados y asientos donde uno nunca se podrá sentar; de la misma forma que uno no es más valioso por tener el privilegio de sentarse, porque a veces ese mismo privilegio es consecuencia de no tener otros muchos.
Paro en la tercera parada: B. «Buen viaje». A veces, la cosa más valiente que uno puede hacer es arriesgarse a bajarse del metro y subir unas escaleras que te llevan a otro. E intentarlo otra vez. Hasta que, un día, por suerte, ese metro al que subas te deje donde quieres estar. Y créeme que entonces no importará la cantidad de veces que hayas mirado el mapa, cuestionado el color, o girado en mil direcciones sin tener claro cuál era la que te convenía. Todas esas preguntas desaparecen cuando llegas al punto del interrogante y dices «es aquí».
Y entonces vuelvo a empezar, una vez más. Haciendo siempre el mismo recorrido, aún sabiendo que jamás será igual porque todo cambia cada vez que alguien sube y baja. Niños, ancianos, adultos… Cada uno le da un significado distinto a los viajes. Sin embargo, hay algo que nunca cambia: los jóvenes hoy usan «tmb» como diminutivo de «también». Y creo que por eso nos llamaron así. Porque también hay que arriesgarse a vivir, a cambiar de trayecto si ese ya no se siente más como el correcto. Pero, mientras ellos lo descubren, me dedicaré a guiarlos entre T, M y B.
Es raro transportar a las personas: al mismo tiempo que una joven mira nerviosa su teléfono, un anciano entra caminando un poco mejor gracias al medicamento que está tomando y dos amigas hablan en el centro del vagón demasiado alto para que nadie note que están inseguras. Cada uno es diferente a su manera, pero muchas veces tienen las mismas inquietudes. Aún no comprendo por qué dudan tanto. Por qué miran dos veces la parada antes de bajar, como si yo solo pasara una vez y equivocarse les costara la vida entera.
Paro en la primera parada: T. Y la primera persona lo dice: «te quiero». Es gracioso pararse a pensar en cuántas direcciones puede llevarte esa misma frase. Pero hoy, cuando freno, la otra persona baja. Porque resulta que el amor no siempre es saber quedarse, a veces también es saber bajarse en la parada correcta. Eso no significa quedarse con el amor en las manos, sino ir dejando algunos trocitos por una línea como la mía, roja, para que quien venga a quedarse en tu viaje pueda seguirlos hasta encontrarte.
Paro en la segunda parada: M. «Me moría de ganas por verte». Pero a veces los cristales se empañan por el frío que hace fuera y ya no se ven esas ganas. Porque a veces ese frío se cuela, por mínimamente que sea, al interior. Pero uno no debe olvidar que eso apenas se nota, porque hay demasiada gente y la gente da calor. Por eso, lo que pase fuera no es tan importante si uno cuida lo que sucede dentro. Y dentro hay personas que van de pie y otras sentadas; hay personas que envidian a esas que se sientan y otras que disfrutan de su posición. Pero no hay que ser muy ingenioso para saber que hay asientos reservados y asientos donde uno nunca se podrá sentar; de la misma forma que uno no es más valioso por tener el privilegio de sentarse, porque a veces ese mismo privilegio es consecuencia de no tener otros muchos.
Paro en la tercera parada: B. «Buen viaje». A veces, la cosa más valiente que uno puede hacer es arriesgarse a bajarse del metro y subir unas escaleras que te llevan a otro. E intentarlo otra vez. Hasta que, un día, por suerte, ese metro al que subas te deje donde quieres estar. Y créeme que entonces no importará la cantidad de veces que hayas mirado el mapa, cuestionado el color, o girado en mil direcciones sin tener claro cuál era la que te convenía. Todas esas preguntas desaparecen cuando llegas al punto del interrogante y dices «es aquí».
Y entonces vuelvo a empezar, una vez más. Haciendo siempre el mismo recorrido, aún sabiendo que jamás será igual porque todo cambia cada vez que alguien sube y baja. Niños, ancianos, adultos… Cada uno le da un significado distinto a los viajes. Sin embargo, hay algo que nunca cambia: los jóvenes hoy usan «tmb» como diminutivo de «también». Y creo que por eso nos llamaron así. Porque también hay que arriesgarse a vivir, a cambiar de trayecto si ese ya no se siente más como el correcto. Pero, mientras ellos lo descubren, me dedicaré a guiarlos entre T, M y B.