Autor/a
Raffaella Kawaii
Categoria
Relat lliure
El joven Augusto
Es mi padre, tiene diecinueve años. Reconocería su cara en cualquier lugar. Ha aparecido aquí, pues tengo el poder aleatorio de provocar saltos en el tiempo. Me sucede a veces creando escenarios en mi cabeza que luego se me pasan al corazón.
Quedan cinco minutos para el siguiente metro. Él se cuelga la mochila de lado y pasa desapercibido. Es otro extranjero más, como yo. Trae el pantalón gastado, aunque lo que resaltan son sus ojos verdes.
Quiero acercarme, ¿la pantalla digital de avisos le parecerá futurista al joven Augusto? Los teléfonos, la ausencia de cigarrillos. Él mismo me ha contado que aprecia la gratitud de los extraños en situaciones difíciles. Aparenta calma, pero debe estar asustado. Yo soy su extraña ahora.
—Hola, ¿sabe usted en dónde estamos?
—Estás muy lejos. Has llegado aquí por mi culpa.
Enmudece. He sido muy directa por los nervios. Me ha sorprendido la versión juvenil de mi padre.
—No te asustes. Siéntate y te explico.
Él mira a todos lados, acepta desconfiado. Lo entiendo, no me conoce todavía. Solo soy una mujer de cuarenta años con un abrigo clásico y un hombro lesionado. Le ofrezco mi bufanda, no la quiere.
—No hay forma de decir esto: no estás en tu tiempo ni en tu tierra. Pero tranquilo, regresarás en unos minutos.
Mi padre asimila. Este viaje ocurrió porque he pensado tanto en él, en que volar tantas horas para visitarme le resulta agotador. Entonces soñé despierta que este joven Augusto aceptaría la aventura.
Hay mucha gente en el andén. Algunos pensarán que somos madre e hijo.
En nuestro silencio compartido, alguien pasa con su gato dentro de un transportín. Los dos parecemos niños pequeños al mirarlo. El minino nos regresa la mirada como presumiendo los bigotes. Noto que mi padre y yo le hacemos los mismos ojos a los animales. Creo que él lo nota también y por eso baja la guardia:
—Te aceptaré la bufanda, hace mucho frío.
Se la pongo con cariño, como se la pondría al padre que ahora mismo seguro hace siesta en su sofá favorito:
Le tomo la mano y le digo:
—Perdóname por haberte traído, no fue mi intención.
Entonces, papá jovencito perdona a esta extraña que lo ha hecho viajar en el tiempo. El ruido y el viento del próximo tren se hacen presentes.
—Siento que me voy, ¿algún consejo?
No le suelto la mano. Quiero decirle que se cuide mucho, que no escuche a tal y a tal, que coma menos de esto y lo otro. Al final solo digo:
—¡Sé feliz, nos veremos algún día!
Se esfuma con una sonrisa y mi bufanda. Espero que esta experiencia no le provoque nada malo.
Al irse, deja mi mano vacía.
Me subo al vagón. Los trabajadores y los que vienen de fiesta son como mi familia temporal de desconocidos: una familia con la que he atravesado muchos túneles oscuros. Encuentro un lugar para sentarme y en cuanto puedo le escribo a papá de este tiempo. Le pregunto cómo está y me responde con su broma usual:
—Muy bien, guapo y joven como siempre, ¿de qué otro modo voy a estar?
Reacciono con un emoji que lleva gafas de sol.
—Qué bueno, papá. Solo pasaba a saludarte.
Él pone un corazón. No he arruinado nada, todo está en orden.
Suelto un llanto infantil y desamparado. Algunos pasajeros dejan su charla y me miran. Un chico de mohawk azul me dice que puedo limpiarme las lágrimas con su bufanda y me da una palmada en el hombro bueno. Yo también aprecio la gratitud de los extraños.
Debo dejar de interferir en el tiempo.
Quedan cinco minutos para el siguiente metro. Él se cuelga la mochila de lado y pasa desapercibido. Es otro extranjero más, como yo. Trae el pantalón gastado, aunque lo que resaltan son sus ojos verdes.
Quiero acercarme, ¿la pantalla digital de avisos le parecerá futurista al joven Augusto? Los teléfonos, la ausencia de cigarrillos. Él mismo me ha contado que aprecia la gratitud de los extraños en situaciones difíciles. Aparenta calma, pero debe estar asustado. Yo soy su extraña ahora.
—Hola, ¿sabe usted en dónde estamos?
—Estás muy lejos. Has llegado aquí por mi culpa.
Enmudece. He sido muy directa por los nervios. Me ha sorprendido la versión juvenil de mi padre.
—No te asustes. Siéntate y te explico.
Él mira a todos lados, acepta desconfiado. Lo entiendo, no me conoce todavía. Solo soy una mujer de cuarenta años con un abrigo clásico y un hombro lesionado. Le ofrezco mi bufanda, no la quiere.
—No hay forma de decir esto: no estás en tu tiempo ni en tu tierra. Pero tranquilo, regresarás en unos minutos.
Mi padre asimila. Este viaje ocurrió porque he pensado tanto en él, en que volar tantas horas para visitarme le resulta agotador. Entonces soñé despierta que este joven Augusto aceptaría la aventura.
Hay mucha gente en el andén. Algunos pensarán que somos madre e hijo.
En nuestro silencio compartido, alguien pasa con su gato dentro de un transportín. Los dos parecemos niños pequeños al mirarlo. El minino nos regresa la mirada como presumiendo los bigotes. Noto que mi padre y yo le hacemos los mismos ojos a los animales. Creo que él lo nota también y por eso baja la guardia:
—Te aceptaré la bufanda, hace mucho frío.
Se la pongo con cariño, como se la pondría al padre que ahora mismo seguro hace siesta en su sofá favorito:
Le tomo la mano y le digo:
—Perdóname por haberte traído, no fue mi intención.
Entonces, papá jovencito perdona a esta extraña que lo ha hecho viajar en el tiempo. El ruido y el viento del próximo tren se hacen presentes.
—Siento que me voy, ¿algún consejo?
No le suelto la mano. Quiero decirle que se cuide mucho, que no escuche a tal y a tal, que coma menos de esto y lo otro. Al final solo digo:
—¡Sé feliz, nos veremos algún día!
Se esfuma con una sonrisa y mi bufanda. Espero que esta experiencia no le provoque nada malo.
Al irse, deja mi mano vacía.
Me subo al vagón. Los trabajadores y los que vienen de fiesta son como mi familia temporal de desconocidos: una familia con la que he atravesado muchos túneles oscuros. Encuentro un lugar para sentarme y en cuanto puedo le escribo a papá de este tiempo. Le pregunto cómo está y me responde con su broma usual:
—Muy bien, guapo y joven como siempre, ¿de qué otro modo voy a estar?
Reacciono con un emoji que lleva gafas de sol.
—Qué bueno, papá. Solo pasaba a saludarte.
Él pone un corazón. No he arruinado nada, todo está en orden.
Suelto un llanto infantil y desamparado. Algunos pasajeros dejan su charla y me miran. Un chico de mohawk azul me dice que puedo limpiarme las lágrimas con su bufanda y me da una palmada en el hombro bueno. Yo también aprecio la gratitud de los extraños.
Debo dejar de interferir en el tiempo.