Autor/a
La chica del resbalón
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Encuentros en la Línea 4

El día que lo conocí llovía a cántaros. Yo andaba distraída con mis pensamientos, repasando la larga lista de quehaceres y obligaciones cuando, sin saber cómo, resbalé por las escaleras de la estación de Urquinaona. Ni el cartel amarillo de “Cuidado, suelo mojado” ni el montón de serrín pudieron impedir mi caída. Y allí, en ese momento, tendida en el suelo, notando cómo mi abrigo se humedecía y la vergüenza crecía con cada mirada, él apareció: “¿Estás bien?”, me preguntó mientras me tendía su mano.
Sonrojada, asentí con la cabeza y, en milésimas de segundo, analicé cada detalle de su cara: sus ojos marrones, sus largas pestañas, las pequeñas arrugas del párpado, el hoyuelo de su mentón, su pelo ondulado, la camisa con pequeñas líneas rosadas y blancas. Y aun así, no fui capaz de pronunciar palabra alguna. Me levanté rápidamente como pude y fui al validador del metro, fingiendo dignidad, esquivando las miradas de incredulidad y preocupación que había despertado el espectáculo circense que había sido mi caída.
Ese día gané dos souvenirs: un gran resfriado, consecuencia de unos pies mojados, y la imagen de ese chico.
Al día siguiente volví a la estación y, sin saber muy bien cómo o por qué, me descubrí buscándolo enérgicamente por el vestíbulo. Mi comportamiento debía de ser, por lo pronto, original, porque una chica joven, con el pelo corto y un polo granate, me llamó la atención: “Hola, ¿puedo ayudarte?”. Barajé la posibilidad de sincerarme, explicarle que andaba buscando a ese chico, compañero suyo de trabajo, para agradecerle su atención y confesarle que no había podido apaciguar su recuerdo. Pero me di cuenta de cuán ridícula o psicopática parecía esa explicación, así que negué con la cabeza y me dirigí al validador, sorprendida de haberme convertido, sin quererlo, en una actriz de cine mudo.
Pasaron los días y, con ellos, el recuerdo de ese día lluvioso empezó a perder intensidad, convirtiéndose en una especie de ensoñación. Hasta que, en la parada de Poblenou, volví a verlo. Allí estaba, tal como lo recordaba. Y esta vez no había, por mi parte, ningún acto cómico o bochornoso que me acompañara. “Esta es la mía”, pensé. Y dirigí mis pasos hacia la cabina donde se encontraba. Pero, como es bien sabido, con la llegada de la primavera, Barcelona se llena de gente y, especialmente, de turistas.
Una familia con calcetines y sandalias golpeaba el cristal para preguntar cómo ir a la Sagrada Familia. Él, con un inglés mucho más fluido que el mío, les explicaba la combinación que debían tomar. La imagen me enterneció y no pude evitar suspirar. Y suspiré. Demasiado alto, por lo visto, porque desperté su atención. “Estupendo”, pensé. Y nuevamente, muerta de vergüenza y más roja que un tomate, escapé del lugar subiendo las escaleras con gran rapidez.
“Perdona, perdona”, escuché a mi espalda. “¡Es él!”, pensé. “¿Me ha reconocido?”. Y mi corazón empezó a latir con fuerza, imaginando escenas que se movían al ritmo de las películas románticas de mi niñez. Pero no era él, no. Era un hombre de mediana edad, alto y con un perro a su lado, quien amablemente me devolvía la cartera que, con prisas, se me había caído.
Mientras asumía el fiasco de mis ilusiones, levanté la vista y encontré anunciado el concurso de relatos de TMB. Fue así como decidí, ese mismo día, sentarme delante del ordenador y teclear palabra por palabra la historia que había vivido, con la esperanza de que, tal vez, ese chico de ojos marrones me lea.