Autor/a
Zenobia
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Fénix

Fue una mañana como cualquier otra. Lavado del gato, ropa del día anterior, desayuno sin mantequilla, con café de manga por no haber hecho la compra. Goliat, como cada día, me dedicó, antes de que cruzara el umbral, un ladrido de despedida.
En la calle, bofetada de gases. Las calzadas se despiertan ruidosas, metálicas. En el tendido eléctrico los pájaros callan, amedrentados por los cuervos.
La boca del metro, hambrienta de madrugadores. El andén sin sitio para alfileres.
Apoyados en un bostezo, esperábamos. No llegaba. Esperamos de nuevo. Seguía sin venir. Y cuando nos aburríamos, muertos de fastidio, apareció el metro como una serpiente desde las fauces del túnel. Nos abalanzamos quinientos. Subimos al vagón y nos aplastaron los dos mil de dentro.
Casi trópico; sobraban abrigo y la sudadera. El convoy se paró en tierra de nadie. Éramos brazos, cogotes, piernas, escotes y orejas con sus bigotes. El aire enrarecido por los hálitos rancios, el olor de tabaco pegado al paladar. Y los aromas de debajo del ala. Eau dˈalbañil y toda la parafernalia. Pasaba el tiempo es oro; nos crecían los nervios.
Sentí unas manos en los costados. Tal vez el ejecutivo de al lado. Pero sostenía en la izquierda una cartera y la derecha se escondía en su bolsillo. No podía tratarse de la señora del móvil, que discutía flamígera con su marido por la tardanza. En el trenzado de somnolientos no alcancé a descubrir quién. Los neones del vagón flojeaban. Parpadeaban como polillas tuertas hasta volverse ciegos.
Los dedos anónimos navegaban sin tregua en los surcos de mi mediana estatura y se perdían en los pliegues del talle. Lejos de cualquier obscenidad, el cuerpo se extraviaba en meandros sosegados. Dejé hacer, sin ya tener prisa. En la apretura no me fue extraño quitarme la ropa. Siguieron caricias extravagantes. Supe de nuevo de mis rincones olvidados. Una cadencia musical de susurros se desparramaba por la epidermis. Caí en trance, errante en la nada. Perdí de golpe los puntos cardinales.
Volví al raciocinio con la arenga de los altavoces. Sentí el relente pegado en la nuca. No encontré la vestimenta y me puse lo que encontré a tientas. Se recomponía con guiños la claridad. El artefacto reinició la marcha. Pasaron las estaciones. Un vaivén frenético de viajeros hasta que llegué a destino.
Llevé el paso resuelto hacia el horizonte, la vida en bandolera. Mientras caminaba, me vi en la luna de un escaparate. Vestía un atuendo distinto, que nunca había vivido en mi armario; conjunto caro de cheviot, gafas con montura carey y melena leonina al viento. Me dirigí sin poder evitarlo a una oficina diferente, que yo no conocía. El barrio distinguido, las calles jacarandas. Unos empleados forasteros me saludaron sonrientes, con la familiaridad que se ofrece al personal de años y el respeto que se debe a un cargo con responsabilidad.
Hoy en día, asumo las funciones diligente, con la seguridad que da el trabajo bien hecho. Tengo una casa domótica, cafetera de cápsulas inteligente, amistades modernas, ropa de sastre y he caído en el vegetarianismo.
En los momentos huecos que ocupa la melancolía, echo de menos el café aguado y el gruñido y los humedales del hocico de Goliat.