Autor/a
Antía
Categoria
Relat escolar
Subcategoria
De 13 a 17 años
Centre escolar
Institut Angeleta Ferrer
Relat escolar

Un lugar

¿Alguna vez te has preguntado que se siente al tener el mundo bajo tus pies? ¿Cómo es ver todo extenderse ante ti?
Vuelvo a estar en el mismo lugar, otra vez, pero hace años que no es lo mismo aunque lo sienta igual, es como si cuando se fue hubiera dejado todo congelado, como si quesiera que, tras su marcha, nada hubiera cambiado. Cada vez es igual, rutinario, monótono, pero ya no, hoy es distinto.
Entro a la cabina, se cierran las puertas, empieza el ascenso.
No puedo evitar quedarme fascinada cada vez que lo veo, Montjuic expandiéndose, dejándose ver y sentir. Mientras el teleférico sigue su recorrido, un camino siempre igual porque para qué cambiar si todo está bien como está, me hundo en el pasado, en mi pasado, concretamente en mi infancia y en cómo hacía esto el ultimo domingo de cada mes y lo sigo haciendo porque conocía a una persona muy sabia que decía que no hay mejor manera de cerrar un mes (lo bueno y lo malo, lo que pasó y lo que no) que subiendo lo mas alto que puedas y ver el mundo, tu mundo, y así recordar que sea lo que sea pasará.
No se va de mi memoria aquel último domingo de marzo cuando, sentados en unas rocas, disfrutando del silencio que otorgaba ese lugar dijo muy sabiamente, como solo él sabía hacer: "cualquier sitio, pequeño o grande, bonito o feo, nublado o soleado es el lugar de alguien y ya solo por eso, merece ser visto. Por eso, lo que para ti es un lugar insignificante, para otra persona lo es todo. Su sitio de paz, del cual solo ella sabe lo indispensable que es. Ya encontrarás tu lugar, ese lugar que te revuelva por dentro y te aleje del resto del mundo, y cuando lo hagas, quiero que vayas a ese lugar y, esté yo donde esté, me escribas una carta".
Vuelvo a mi realidad para darme cuenta de que hemos avanzado bastante y ya queda poco, la de veces que deseé que este camino no terminara, que siguiera y siguiera hasta que no fuera capaz de diferenciar nada más que montañas y poderme quedar alli toda una eternidad. Supongo que esas son de las pocas cosas que se quedaron en mi pasado, pero no por ello estoy dispuesta a olvidarlo.
Al salir de la cabina del teléferico y llegar por fin a tierra puedo sentir el suelo rocoso bajo mis pies y el olor a pino y tierra mojada me inunda, así que empiezo a pasear, perdiéndome, como hice tantas veces en el pasado, solo que en esos instantes no sabía cuánto era necesario para una persona perderse para así lograr encontrarse a si misma. Me dirijo hacia unas rocas, esas rocas, y al llegar me siento y me dejo llevar por lo que este lugar crea en mí.
Hasta que decido hacerlo.
Con manos firmes y decididas saco de mi bolsa papel y lápiz y después de echar una última mirada hacia el horizonte, no sé si pidiendo permiso, perdón o gracias, escribo:
Querido abuelo,
No sé dónde te encuentras, igual escondido entre una de esas miles de estrellas, las cuales te podías pasar horas admirando, igual en un sitio tranquilo donde reina la paz, como tu siempre deseaste que fuera el mundo para mí. Estés donde estés, no importa porque sé que siempre y sobre todo estarás conmigo.
Ahora yo estoy aquí, en mi lugar, lo he encontrado.
Siempre estuvo en mí.