Autor/a
Adriantero
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Antes de la siguiente estación

El metro avanzaba como cualquier otro día. Volvía a casa después de la jornada.
Desde hace años veo una estación en esta línea que no aparece en los mapas; no tiene nombre, no se anuncia y nadie parece notarlo… nadie, excepto algunos.
Me fijaba en quienes bajaban allí. Siempre tenían la mirada perdida y se quedaban sentados en el andén, sin hacer nada, como si el tiempo se hubiera detenido para ellos.
Era extraño, casi irreal, y a veces apartaba la mirada como si así pudiera convencerme de que no estaba pasando. Hasta que empecé a reconocer algo en ellos, algo que también estaba en mí.
Esta vez, cuando el tren se detuvo en la estación, dudé un instante… y bajé. Fue algo impulsivo, había algo que ya no podía seguir ignorando.
En cuanto puse el pie en el andén, lo sentí: no era el lugar, era yo, como si algo que llevaba años evitando se colocara por fin delante, sin excusas y sin ruido.
El tren se fue. Y no volvió. Pero en ese momento no me importó. Me quedé allí, sin reaccionar, repasando mi vida en silencio, preguntándome en qué momento había empezado a perderme sin darme cuenta. Recobré el sentido y miré a mi alrededor. ¿Cuánto tiempo había pasado?
La estación era normal, demasiado normal. Sin embargo, el móvil marcaba la misma hora, la batería no bajaba y, aunque parecía que habían pasado días, no tenía hambre ni sueño. Intenté salir, pero no había escaleras, ni ascensores, nada… no había salida. Solo el túnel.
Caminé por las vías con la linterna del móvil durante lo que parecieron horas. Cuando salí al otro lado… la misma estación. ¿O no exactamente? La gente seguía allí. Algunos hablaban solos, otros lloraban. Me senté con ellos y escuché: historias de pérdidas, de silencios, de cosas no dichas. No eran tan diferentes de las mías, solo que yo nunca las había nombrado. Entonces lo entendí: no es que hubiera caído con ellos, llevaba tiempo cayendo sin darme cuenta.
Volví al túnel. Esta vez noté que el tiempo avanzaba y la batería empezaba a bajar. La luz se apagó y seguí caminando a oscuras, sin referencias. Quería retroceder, pero no había vuelta atrás. Solo podía avanzar, como siempre. Pero… ¿realmente avanzaba? Quizá avanzar así también era perderse.
Pensé en todo lo que había evitado sentir, en cómo había seguido adelante dejando partes de mí por el camino. Dar la espalda a lo que siento me había impedido ser honesto conmigo mismo. Enfrentarme a todo aquello dolía, me costaba respirar. Siempre creí que era más fuerte que esto, pero no lo era.
Quería volver a respirar, no solo para sobrevivir, sino para vivir. Y, aun así, incluso allí, sentía algo tenue, casi imperceptible, como si todavía quedara una parte de mí que no se había rendido. Me aferré a ella. Por primera vez en mucho tiempo, dejé de intentar escapar. Respiré una vez más. Y seguí.
Al final del túnel apareció una luz. La estación al otro lado era distinta, más clara, más viva, y por primera vez había trenes. Las puertas se abrían, pero nadie subía. Era un último paso. No me sentía listo, nadie lo estaba, pero tampoco quería quedarme allí. Miré el tren. Quizá no se trata de estar listo, sino de dejar de huir.
Subí. Algunos me siguieron, otros se quedaron. Las puertas se cerraron y, en un parpadeo, estaba de nuevo en el vagón, de pie, como siempre. La gente a mi alrededor seguía con su vida. El tren avanzaba.
Miré mi reflejo en el cristal. No sabía a dónde llevaba la siguiente estación, pero esta vez no pensaba mirar hacia otro lado.