Autor/a
Marem
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Cómplices y pasajeros

Subo en el vagón de metro. Mi padre me lleva cogido de la mano. Tengo seis años. Nos sentamos juntos y nos miramos. Yo estoy enfadado: no quería irme del parque, no quería ir a ver a mi abuela, quería seguir jugando. Papá me sonríe y me dice:
—No siempre podemos tener lo que queremos.
Yo sigo enfurruñado. Pero me pregunta por el cole, por mis amigos, y hablamos de fútbol y nos reímos, y conectamos.
Pasan muchas estaciones; unas deprisa, otras despacio. La vida va avanzando inexorablemente. Ya tengo trece años. Subo en el vagón de metro con mi padre. Yo estoy enfadado. Nos han desclasificado de la liga por mi culpa. Siento que he fallado. Me siento culpable, infeliz. Papá me sonríe y me dice:
—Nadie es feliz siempre.
Y me pregunta qué es lo que más rabia me da, y comenzamos a hablar del equipo, y de la responsabilidad de rendir al máximo cuando debería ser “hacer todo lo que uno pueda” y ya. Y al principio sigo cabizbajo, pero después me relajo, y empezamos a hablar, y nos reímos, y conectamos.
El viaje transcurre tan deprisa… Ahora tengo veintiún años y soy un universitario. Subo en el vagón del metro con mi padre. Aunque sigo viviendo en casa, siempre estoy ocupado. Los exámenes, mi “curro” por las tardes, quedar con los amigos, mi padre con su trabajo… apenas nos decimos “hola y adiós”, nunca hablamos. Pero ahora estamos en ese vagón, con tiempo por delante, y nos miramos a los ojos, y conectamos. Y me pregunta por mis estudios, y le cuento lo de esa chica que me hace tilín, y él me sonríe y me dice:
—Si realmente quieres algo en la vida, no dejes de intentarlo.
Y siguen pasando estaciones tan nuevas como sorprendentes, y ahora estoy aquí, al otro lado. He acabado la universidad, he conseguido trabajo en una constructora. Soy el papá de un niño de catorce meses, y además me he casado. Y subo con mi padre y mi hijo en el metro. Y estoy disgustado. Con Sofía las cosas no van bien. Hay mucho estrés en casa, y discutimos demasiado. Y papá me sonríe y me dice:
—El amor lo puede todo.
Y lo miro de reojo, y no entiendo su comentario. Sigo triste, pero poco a poco me voy abriendo, le voy contando mis preocupaciones; entonces Leo mira a su abuelo y le sonríe, y entonces yo también sonrío. Y conectamos.
El tiempo ha pasado tan deprisa que lo ha devorado todo. Ya tengo casi cincuenta años. Entro en el vagón de metro y me siento despacio. Estoy solo. Realmente solo. Él se ha ido, definitivamente. Y al mismo tiempo estoy tan acompañado… que puedo sentirlo a mi lado. Y, aunque sé que “no puedo tener todo lo que quiera”, que “nadie es feliz siempre”, papá, no he dejado de luchar por mis sueños, “no he dejado de intentarlo”. Ahora estoy divorciado, pero me llevo bien con Sofía por nuestro hijo. Y cuando miro a Leo a los ojos siento que “el amor lo puede todo”. Y agradezco tus enseñanzas, y te echo de menos en este vagón de metro, en el que los dos fuimos cómplices y pasajeros… Echo de menos tu sonrisa y tu sabiduría… gracias por darme tanto.