Autor/a
Florencia Terzano
Categoria
Relat lliure
Cuánto falta para el Alba
Despedida. 2:17 am.
Espero que J me bese pero no lo hace. Estamos sentados en un banco de la Gran Vía frente a un cruce peatonal. Decido tomar la iniciativa. Mi boca está a milímetros de la suya cuando frena un taxi frente a nosotros. Un chico con peluca roja y bigote pintado saca la cabeza por la ventanilla y grita “you can do betteeeeeeeer” mientras el auto arranca. El eco de su grito se pierde en la avenida.
Presagio. 2:31 am.
Siento los ojos de J en mi espalda mientras bajo las escaleras de la estación de Tetuán, vacía, igual que el metro al que subo después. Al cabo de cuatro paradas, se suben un chico y una chica; ella se sienta frente a mí y él al lado mío. Huelo una mezcla de alcohol, tabaco y sudor.
Me observan sin disimulo, como si fuese yo la que va disfrazada. Pero son ellos: él viste de blanco y está envuelto en trapos, queriendo imitar una momia. Ella, minifalda roja y corsé negro, como un Piratas del Caribe de terror. Su rímel está muy corrido, como si hubiese llorado. Mezclado con la sangre falsa alrededor de su nariz, le da un aspecto de reventada quizás peor que la realidad. No me sorprende; ayer fue Halloween y los festejos siguen por toda la ciudad.
La chica se acuesta en los asientos, levanta las piernas y se gira de modo que su cabeza queda colgando, su cabellera negra barriendo el piso. Su amigo dice ya Alba, ya. Pero Alba recién empieza.
Nadie mira. 2:48 am.
Se incorpora, sus mejillas encendidas, el pelo revuelto. Me mira fijo. Y a esta qué le pasa, dice, con una voz estridente que retumba en el vagón. No lo pilla, no lo pilla, repite indignada, mientras deambula por el acotado espacio, agitando los brazos. Por qué no se pira de una vez.
El chico repite su mantra: Ya Alba, ya. Busco miradas en el vagón de al lado. Nadie responde. Los gritos de Alba se escuchan fuertes y claros, como relámpagos. A mí me gustan las mujeres, sí, pero hay algunas que vamos, me lo ponen bien difícil. Como tú. Bien cerca de mi chico, te gusta, ¿eh? Siento el cuerpo rígido, pegado al asiento. Alba frena su caminata sin sentido y se agacha junto a mí, nuestras caras a la misma altura. Me anuncia con su voz de vidrio: que te vayas, te dije.
El metro frena bruscamente y la chica pierde el equilibrio, haciéndose a un lado y despejándome el camino. Salto de mi asiento y corro, pero no lo calculo bien. Estábamos casi en el último vagón y yo, erróneamente, avanzo hacia al fondo, sin lograr poner mucha distancia. Me ven perfectamente. Y yo a ellos. No puedo alejarme más.
Salida. 3:08 am.
En lugar de seguirme, Alba se entretiene con una nueva víctima: un hombre, unos cuarenta años. Empieza coqueteándole y un minuto después la escucho gritar que si la toca, lo denuncia. Que se vuelva a su país. Lo empuja de su asiento y lo incita a pelear. El hombre baja del metro con cara de espanto y las manos en alto. Ella intenta seguirlo, pero su amigo la arrastra de vuelta al vagón. Ya Alba, ya.
Me bajo dos estaciones antes del final de línea y ellos bajan justo detrás. Pánico. Me escondo detrás de una columna esperando perderlos y por un momento lo logro, pero los encuentro en un banco junto a la salida del metro. Atrás, el cartel rojo del bar Vigoroso ilumina la escena. Alba vomita violentamente, entre gemidos y exclamaciones incoherentes sobre las mujeres, los hombres, el metro y el mundo. Cuando paso, levanta la cabeza. Aguanta un instante las arcadas y me saluda con la mano. Esboza una sonrisa torcida: ¿A dormir tan pronto guapa?
Espero que J me bese pero no lo hace. Estamos sentados en un banco de la Gran Vía frente a un cruce peatonal. Decido tomar la iniciativa. Mi boca está a milímetros de la suya cuando frena un taxi frente a nosotros. Un chico con peluca roja y bigote pintado saca la cabeza por la ventanilla y grita “you can do betteeeeeeeer” mientras el auto arranca. El eco de su grito se pierde en la avenida.
Presagio. 2:31 am.
Siento los ojos de J en mi espalda mientras bajo las escaleras de la estación de Tetuán, vacía, igual que el metro al que subo después. Al cabo de cuatro paradas, se suben un chico y una chica; ella se sienta frente a mí y él al lado mío. Huelo una mezcla de alcohol, tabaco y sudor.
Me observan sin disimulo, como si fuese yo la que va disfrazada. Pero son ellos: él viste de blanco y está envuelto en trapos, queriendo imitar una momia. Ella, minifalda roja y corsé negro, como un Piratas del Caribe de terror. Su rímel está muy corrido, como si hubiese llorado. Mezclado con la sangre falsa alrededor de su nariz, le da un aspecto de reventada quizás peor que la realidad. No me sorprende; ayer fue Halloween y los festejos siguen por toda la ciudad.
La chica se acuesta en los asientos, levanta las piernas y se gira de modo que su cabeza queda colgando, su cabellera negra barriendo el piso. Su amigo dice ya Alba, ya. Pero Alba recién empieza.
Nadie mira. 2:48 am.
Se incorpora, sus mejillas encendidas, el pelo revuelto. Me mira fijo. Y a esta qué le pasa, dice, con una voz estridente que retumba en el vagón. No lo pilla, no lo pilla, repite indignada, mientras deambula por el acotado espacio, agitando los brazos. Por qué no se pira de una vez.
El chico repite su mantra: Ya Alba, ya. Busco miradas en el vagón de al lado. Nadie responde. Los gritos de Alba se escuchan fuertes y claros, como relámpagos. A mí me gustan las mujeres, sí, pero hay algunas que vamos, me lo ponen bien difícil. Como tú. Bien cerca de mi chico, te gusta, ¿eh? Siento el cuerpo rígido, pegado al asiento. Alba frena su caminata sin sentido y se agacha junto a mí, nuestras caras a la misma altura. Me anuncia con su voz de vidrio: que te vayas, te dije.
El metro frena bruscamente y la chica pierde el equilibrio, haciéndose a un lado y despejándome el camino. Salto de mi asiento y corro, pero no lo calculo bien. Estábamos casi en el último vagón y yo, erróneamente, avanzo hacia al fondo, sin lograr poner mucha distancia. Me ven perfectamente. Y yo a ellos. No puedo alejarme más.
Salida. 3:08 am.
En lugar de seguirme, Alba se entretiene con una nueva víctima: un hombre, unos cuarenta años. Empieza coqueteándole y un minuto después la escucho gritar que si la toca, lo denuncia. Que se vuelva a su país. Lo empuja de su asiento y lo incita a pelear. El hombre baja del metro con cara de espanto y las manos en alto. Ella intenta seguirlo, pero su amigo la arrastra de vuelta al vagón. Ya Alba, ya.
Me bajo dos estaciones antes del final de línea y ellos bajan justo detrás. Pánico. Me escondo detrás de una columna esperando perderlos y por un momento lo logro, pero los encuentro en un banco junto a la salida del metro. Atrás, el cartel rojo del bar Vigoroso ilumina la escena. Alba vomita violentamente, entre gemidos y exclamaciones incoherentes sobre las mujeres, los hombres, el metro y el mundo. Cuando paso, levanta la cabeza. Aguanta un instante las arcadas y me saluda con la mano. Esboza una sonrisa torcida: ¿A dormir tan pronto guapa?