Autor/a
Gisela
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Destinos Cruzados

¿Sabías que con un «hola» puedes empezar algo nuevo o incluso cambiar tu destino?

Yo tampoco me lo creía cuando mi madre me lo dijo mientras me contaba cómo conoció a mi padre. Quizá no todos estamos preparados para una historia de amor… o quizá no estamos preparados para levantarnos a las 6:30 de la mañana para coger el metro, exactamente la L3 (como dice mi madre, el color de la buena suerte), y llegar hasta Paral·lel.

Y todo eso por un trabajo de fotografía de la universidad… para eso no estaba nada preparada. Dudé si levantarme o escribirle al profesor diciendo que otra vez tenía mucha tos por culpa de la alergia. Porque, seamos sinceros, en pleno marzo es imposible pasear por Barcelona sin un pañuelo en la mano, y qué vergüenza estornudar frente a una señora con cara de pocos amigos.

En fin, me tocaba ir. Las fotos no se iban a hacer solas, cogí la cámara y me la colgué al cuello. Mientras me preparaba estuve pensando en por qué elegí exactamente Montjuïc; de todas las opciones que nos ofrecieron, fue la que más me interesaba… o, como dice mi madre, fue el destino quien eligió que yo eligiera fotografiar allí.

Hoy no era mi día. Me había dejado mis cascos favoritos en la mochila de ballet, así que durante las cuatro paradas iba observando: niños con mochilas, gente que venía o volvía del trabajo… y, lo más importante, buscando un sitio donde sentarme. Después de entrenar cuatro horas el día anterior, necesitaba un respiro.

Vi un hueco en el vagón de delante. Corrí esquivando un carrito de bebé y a un señor que cantaba increíblemente. Justo iba a sentarme cuando, en ese momento, un chico con pelo color café, sudadera azul y pecas que parecían dibujar estrellas se sentó. Ni siquiera se dio cuenta de que yo estaba allí.

Las puertas pitaban, salí rápido del vagón y él empezó a saludarme y a hacer gestos raros. No entendía nada, así que me giré y seguí caminando por el andén.

El camino a Montjuïc era largo, casi veinte minutos, pero sabía que valdría la pena. Por suerte, no había casi nadie, así que pude subir sola. Poder estar tranquila, con el aire fresco y las vistas de Barcelona… era uno de esos pequeños lujos que me hacían sentir única.

Cuando estaba a punto de dejar la plataforma, al mirar atrás, me pareció ver al mismo chico del metro. Estuve todo el trayecto de subida dándole vueltas; quizás estaba alucinando.

Desde el cristal del funicular veía el castillo y las vistas de la ciudad. Estaba tan distraída que, al bajar, choqué con alguien. Levanté la cabeza y me crucé con unos ojos color miel, una sonrisa de ensueño y unas pecas que dibujaban estrellas. No podía ser… era él.

Me puse muy nerviosa, no tuve el valor de decirle nada; él, de repente, extendió los brazos y me dio la cámara. ¿Cómo podía ser? Se me había caído en el metro y por eso me hacía esos gestos tan raros. “Ninguno de los dos sabía qué decir y, en cuanto cogí la cámara, él me miró y dijo: Hola.