Autor/a
Manuel Molano
Categoria
Relat lliure
El abismo
Mi cuerpo colapsa en las escaleras mecánicas. Me agarro al pasamanos negro e intento subir contra la voluntad de los escalones, que me llevan a las entrañas de la bestia como si fuera un tributo. A estas horas no hay nadie que me pueda ayudar. Me siento en el escalón metálico, me abrazo las piernas e intento respirar como nos han enseñado en la clase de gestión emocional.
Inhala, uno, dos, tres, cuatro… Me pregunto si las técnicas de respiración que usan las señoras de Pedralbes cuando la asistenta rompe una copa de cava ayudaron alguna vez a alguien del centro. A mí me ayudan a pensar en lo mucho que odio mi vida.
Mantiene, uno, dos, tres, cuatro… Lo que más me atormenta es el gesto de horror en las caras de los que estaban en el andén aquel día, mi vida resumida en esos ojos sin párpados, narices arrugadas, labios contraídos. Mi madre, de rodillas frente a mí, me había sonreído, me había abrazado y se había tirado a las vías del metro. Solo quedé yo, demasiado pequeño para darme cuenta de que lo mejor que podía hacer era tirarme a las ruedas del coche de los servicios sociales que vino a recogerme.
Exhala, uno, dos, tres, cuatro… Me aferro al recuerdo de ese abrazo, fuerte y lleno de explicaciones, y quiero olvidar todo lo que pasa después. Pero abro los ojos y veo las nubes que he dibujado con la uña en las láminas de madera de la litera de arriba, y la realidad me arrastra a la habitación de la tercera planta del centro de protección de menores de Sant Martí.
Cinco, seis, siete, ocho… Me obsesionan las familias que juegan en el parque de enfrente. No consigo aceptar el abismo que se abre entre mi vida y la suya. Nunca he culpado a mi madre por querer dejar de vivir. Pero ¿por qué tenía que ser mi madre? Yo quería una madre como las que observo desde la ventana del comedor. Llevan a su hijo de la mano para que no pierda el equilibrio mientras saluda a otros niños o acaricia un perro, y tiran de él con suavidad cuando se cruzan conmigo por la calle y ven el dragón rojo que trepa por mi cuello para clavarme los dientes en la yugular y responden con una mueca asustada a mis buenos días.
Inhala, uno, dos, tres, cuatro… El zumbido del sistema de ventilación y el chirriar de las escaleras mecánicas se vuelven atronadores. Levanto la cabeza y veo que me queda más de la mitad para llegar abajo. Entonces algo me golpea la espalda y me levanto bruscamente. La mujer se asusta, da un grito y tropieza con mi cuerpo, que intenta enderezarse. En el forcejeo ella cae escaleras abajo. Cuando llega al suelo, oigo un CLAC y su cuerpo queda boca arriba, en una postura rara, y mis ojos se clavan en el charco de sangre que asoma detrás de su nuca. Mi corazón late lento, pero con una fuerza demencial. PUM. PUM. PUM. Al llegar abajo me encuentro con su mirada, fija en todo lo que podría haber sido, y decido, en milésimas de segundo, pasar de largo. Nadie me dice nada. ¿Acaso hay alguien más? No lo sé. Solo sé que ahora estoy en un andén cualquiera y corro hacia el extremo opuesto. Un hombre pide ayuda a lo lejos, pero el estruendo del metro al entrar en el andén devora sus palabras. Grito con todas mis fuerzas, un alarido que me quema la garganta. El metro se para y una puerta se abre delante de mí, exculpatoria. Entro, me siento y me miro las manos, que tiemblan. Entonces levanto la mirada y me descubro en la ventana del vagón y me veo sonreír.
Arrancamos.
Inhala, uno, dos, tres, cuatro… Me pregunto si las técnicas de respiración que usan las señoras de Pedralbes cuando la asistenta rompe una copa de cava ayudaron alguna vez a alguien del centro. A mí me ayudan a pensar en lo mucho que odio mi vida.
Mantiene, uno, dos, tres, cuatro… Lo que más me atormenta es el gesto de horror en las caras de los que estaban en el andén aquel día, mi vida resumida en esos ojos sin párpados, narices arrugadas, labios contraídos. Mi madre, de rodillas frente a mí, me había sonreído, me había abrazado y se había tirado a las vías del metro. Solo quedé yo, demasiado pequeño para darme cuenta de que lo mejor que podía hacer era tirarme a las ruedas del coche de los servicios sociales que vino a recogerme.
Exhala, uno, dos, tres, cuatro… Me aferro al recuerdo de ese abrazo, fuerte y lleno de explicaciones, y quiero olvidar todo lo que pasa después. Pero abro los ojos y veo las nubes que he dibujado con la uña en las láminas de madera de la litera de arriba, y la realidad me arrastra a la habitación de la tercera planta del centro de protección de menores de Sant Martí.
Cinco, seis, siete, ocho… Me obsesionan las familias que juegan en el parque de enfrente. No consigo aceptar el abismo que se abre entre mi vida y la suya. Nunca he culpado a mi madre por querer dejar de vivir. Pero ¿por qué tenía que ser mi madre? Yo quería una madre como las que observo desde la ventana del comedor. Llevan a su hijo de la mano para que no pierda el equilibrio mientras saluda a otros niños o acaricia un perro, y tiran de él con suavidad cuando se cruzan conmigo por la calle y ven el dragón rojo que trepa por mi cuello para clavarme los dientes en la yugular y responden con una mueca asustada a mis buenos días.
Inhala, uno, dos, tres, cuatro… El zumbido del sistema de ventilación y el chirriar de las escaleras mecánicas se vuelven atronadores. Levanto la cabeza y veo que me queda más de la mitad para llegar abajo. Entonces algo me golpea la espalda y me levanto bruscamente. La mujer se asusta, da un grito y tropieza con mi cuerpo, que intenta enderezarse. En el forcejeo ella cae escaleras abajo. Cuando llega al suelo, oigo un CLAC y su cuerpo queda boca arriba, en una postura rara, y mis ojos se clavan en el charco de sangre que asoma detrás de su nuca. Mi corazón late lento, pero con una fuerza demencial. PUM. PUM. PUM. Al llegar abajo me encuentro con su mirada, fija en todo lo que podría haber sido, y decido, en milésimas de segundo, pasar de largo. Nadie me dice nada. ¿Acaso hay alguien más? No lo sé. Solo sé que ahora estoy en un andén cualquiera y corro hacia el extremo opuesto. Un hombre pide ayuda a lo lejos, pero el estruendo del metro al entrar en el andén devora sus palabras. Grito con todas mis fuerzas, un alarido que me quema la garganta. El metro se para y una puerta se abre delante de mí, exculpatoria. Entro, me siento y me miro las manos, que tiemblan. Entonces levanto la mirada y me descubro en la ventana del vagón y me veo sonreír.
Arrancamos.