Autor/a
Adrian Marcos
Categoria
Relat escolar
Subcategoria
De 13 a 17 anys
Centre escolar
La Salle Girona
Relat escolar

El diario del maquinista

12 d’octubre

Otra jornada en la L3. Hoy es un día muy especial. A mi lado, en el asiento del ayudante, duerme él. Mi hermano. No lo sabe aún, pero su último viaje acaba de comenzar. Le di un par de gotas de droga en su café está mañana. Lo suficiente para dormir como un tronco durante el trayecto.

El metro se desliza por el túnel oscuro. El martillo y los clavos los tengo en mi
maletín. Primero, la mano derecha. El sonido del metal perforando la carne y
clavándose en la pared es una sinfonía. Un gruñido se escapa de sus labios, pero
sigue inconsciente. Luego la izquierda. Los tobillos. Ya está. Crucificado, un adorno
para mi santuario móvil.

Sus ojos se abren de golpe. El pánico es una obra de arte. Primero la confusión,
luego el dolor agudo de las muñecas y los tobillos traspasados. Intenta gritar, pero
solo sale un gemido ahogado. Sonrío.

Sus súplicas son música para mis oídos. Saco mi navaja afilada. Con movimientos
precisos, corto su uniforme. Dejando al descubierto su piel pálida y temblorosa. La
humillación es solo el aperitivo.

Sujeto su cabeza. La punta de la navaja roza su párpado. Se retuerce, pero es inútil.
Un corte rápido y limpio. Luego el otro. Dos tiras de carne caen al suelo. Ahora no
puede cerrar los ojos. Está obligado a ser el espectador de su propio final. Sus
lágrimas se mezclan con la sangre, corriendo por sus mejillas.

Empieza el verdadero arte. El desollamiento. Mi navaja es un pincel y su cuerpo es
mi lienzo. Comienzo por su pecho. Deslizo la hoja bajo su piel, separando desde la
dermis con la delicadeza de un chef pelando una patata. La piel se levanta en una
tira larga. Él grita, un sonido glorioso que se pierde en el túnel. La sensación de ese
trozo de piel caliente y ensangrentado en mis manos es indescriptible. Me lo llevo a
la boca. Sabroso. Salado. Mastico lentamente, sintiendo como se deshace en mi
paladar. Dejando al descubierto el rojo vivo de sus músculos. Él ya no grita, solo emite un quejido constante, un sonido que acompaña perfectamente al chirrido del metro.

Saco el tubo de respiración que preparé. Es grueso y rígido. Con una mano le agarro
la mandíbula y la fuerzo hacia atrás. Con la otra, introduzco el tubo por su boca,
hasta que pasa más allá de su garganta. Ahora puede respirar, pero su boca está
forzada a permanecer abierta. Así el espectáculo puede continuar.

De mi bolsillo saco el tarro. Dentro, unas lagartijas vivas. Cojo una y la introduzco
directamente por el tubo. La empujo con un alambre fino hasta que cae en su
estómago. Una tras otra, son trece en total. Puedo imaginarlas, reptando por sus
entrañas. Su cuerpo se agita en convulsiones agitadas. Es hermoso.

Ha llegado la hora. El gran final. Cojo la botella de lejía. Con una sonrisa. La vierto
lentamente por el tubo. Primero su garganta arde. Un humo blanco sale de su boca
y su nariz, mezclado con un grito ahogado. El ácido desciende, quemando su
esófago y estómago. La reacción es inmediata y violenta. Vómito negro y sangre
salen por los lados del tubo, salpicándome la cara. Me lo lamo. Delicioso. Sus ojos,
ya sin párpados, se vuelven hacia atrás, mostrando solo un color blanco. Un
espasmo final, un temblor que recorre su cuerpo despellejado y luego... Silencio. El
chirrido del metro vuelve a oírse.

Paro el metro en la estación de Catalunya. La gente sube y baja, ajena al arte que se
ha engendrado en la cabina. Mi hermano sigue colgado, un monumento a mi creación. Ya tengo una entrada para mi diario. Hoy ha sido un buen día.