Autor/a
Momo
Categoria
Relat lliure
El vampiro del metro
Érase una vez un vampiro que vivía en las profundidades del metro de Barcelona y solamente salía para alimentarse. Tenía una capa de invisibilidad que le permitía desplazarse sin ser visto, y en la hora punta le gustaba absorber la sangre de los distraídos viajeros. Hincaba sus poderosos dientes sobre las presas hasta dejarlas drenadas de energía. Sin embargo, ninguna de ellas notaba sus afilados colmillos porque estaban inmersas en alguna red social que robaba toda su atención.
Aina era una de esas jóvenes que se pasaba el día con la nariz pegada a la pantalla, pero una vez casi se le cayó el móvil a las vías mientras bajaba del tren y en aquel momento decidió recuperar el hábito de la lectura. Un día estaba tan atenta que no se percató de que había llegado a su parada, al final de la línea azul. La joven cerró precipitadamente el libro y salió del vagón, deseando no haberse dejado nada dentro.
Una vez fuera, se detuvo unos instantes para ponerse bien el abrigo y la bufanda. Mientras arreglaba su atuendo no se dio cuenta de que el andén rápidamente se iba vaciando. Contaba la leyenda urbana que si habías llegado a tu parada debías abandonar cuanto antes el recinto del metro, de lo contrario algo terrible podría sucederte.
Aina se sentía por fin lista para emerger de las entrañas de la tierra cuando se fijó en un pequeño bulto negro situado en uno de los bancos cercanos. Decidió acercarse para ver qué era; entonces el misterioso cuerpo oscuro empezó a crecer, las alas membranosas se abrieron y de su interior apareció un chico alto, pálido y delgado, que no aparentaba más de veinte años. Aunque había algo en su juventud que resultaba extraño, sobrenatural, como si llevara siendo joven demasiado tiempo y la máscara empezara a agrietarse.
–Hace mucho que anhelo beber tu sangre –le recriminó a la joven, sin más preámbulos–. ¿Por qué has dejado de usar el móvil? Ya no estás distraída el tiempo suficiente para que pueda morderte.
Sonrió mostrando sus afilados colmillos de color marfil. Los ojos brillaban con un azul deslucido y gastado por el paso del tiempo. El cabello largo le caía en mechones plateados sobre los hombros.
Aina estaba paralizada, sin saber si lo que estaba viendo era real o se trataba de una pesadilla. El vampiro se acercó de una sola zancada y alargó hacia ella una de sus grandes manos, con dedos huesudos y pálidos.
El aire se volvió frío a su alrededor. La joven temblaba a pesar del abrigo y la bufanda, y levantó las manos para protegerse el cuello.
Entonces él se detuvo, pero la muchacha no se dio cuenta hasta unos instantes después, cuando notó que nada sucedía y se atrevió a abrir los ojos y mirar a su alrededor. El vampiro la observaba con una mezcla de decepción y tristeza.
–Yo también fui humano una vez –susurró, prácticamente para sí mismo—. No me gusta hacer daño a otros, pero tengo que alimentarme. Entonces aprovecho que están distraídos, así no se asustan y yo no me siento tan mal.
Aina lo miró inmóvil, todavía no se atrevía a moverse; aunque una punzada de compasión por aquel extraño le atravesó el estómago.
–Cuando leéis o habláis, o simplemente estáis observando el entorno, la sangre del cerebro circula mejor y se vuelve más apetitosa –aseveró–. Pero entonces estáis muy alerta y no puedo atacaros.
El vampiro la miró de arriba abajo con expresión hambrienta. Acto seguido, se giró sacudiendo la capa y desapareció sin mirar atrás. A los pocos segundos llegó el siguiente tren.
Aina era una de esas jóvenes que se pasaba el día con la nariz pegada a la pantalla, pero una vez casi se le cayó el móvil a las vías mientras bajaba del tren y en aquel momento decidió recuperar el hábito de la lectura. Un día estaba tan atenta que no se percató de que había llegado a su parada, al final de la línea azul. La joven cerró precipitadamente el libro y salió del vagón, deseando no haberse dejado nada dentro.
Una vez fuera, se detuvo unos instantes para ponerse bien el abrigo y la bufanda. Mientras arreglaba su atuendo no se dio cuenta de que el andén rápidamente se iba vaciando. Contaba la leyenda urbana que si habías llegado a tu parada debías abandonar cuanto antes el recinto del metro, de lo contrario algo terrible podría sucederte.
Aina se sentía por fin lista para emerger de las entrañas de la tierra cuando se fijó en un pequeño bulto negro situado en uno de los bancos cercanos. Decidió acercarse para ver qué era; entonces el misterioso cuerpo oscuro empezó a crecer, las alas membranosas se abrieron y de su interior apareció un chico alto, pálido y delgado, que no aparentaba más de veinte años. Aunque había algo en su juventud que resultaba extraño, sobrenatural, como si llevara siendo joven demasiado tiempo y la máscara empezara a agrietarse.
–Hace mucho que anhelo beber tu sangre –le recriminó a la joven, sin más preámbulos–. ¿Por qué has dejado de usar el móvil? Ya no estás distraída el tiempo suficiente para que pueda morderte.
Sonrió mostrando sus afilados colmillos de color marfil. Los ojos brillaban con un azul deslucido y gastado por el paso del tiempo. El cabello largo le caía en mechones plateados sobre los hombros.
Aina estaba paralizada, sin saber si lo que estaba viendo era real o se trataba de una pesadilla. El vampiro se acercó de una sola zancada y alargó hacia ella una de sus grandes manos, con dedos huesudos y pálidos.
El aire se volvió frío a su alrededor. La joven temblaba a pesar del abrigo y la bufanda, y levantó las manos para protegerse el cuello.
Entonces él se detuvo, pero la muchacha no se dio cuenta hasta unos instantes después, cuando notó que nada sucedía y se atrevió a abrir los ojos y mirar a su alrededor. El vampiro la observaba con una mezcla de decepción y tristeza.
–Yo también fui humano una vez –susurró, prácticamente para sí mismo—. No me gusta hacer daño a otros, pero tengo que alimentarme. Entonces aprovecho que están distraídos, así no se asustan y yo no me siento tan mal.
Aina lo miró inmóvil, todavía no se atrevía a moverse; aunque una punzada de compasión por aquel extraño le atravesó el estómago.
–Cuando leéis o habláis, o simplemente estáis observando el entorno, la sangre del cerebro circula mejor y se vuelve más apetitosa –aseveró–. Pero entonces estáis muy alerta y no puedo atacaros.
El vampiro la miró de arriba abajo con expresión hambrienta. Acto seguido, se giró sacudiendo la capa y desapareció sin mirar atrás. A los pocos segundos llegó el siguiente tren.